A la báscula no le importa el socialismo

En la panadería de la esquina el lunes empieza antes que el discurso. El dueño corta el hilo del saco, vierte la harina y mira la báscula como se mira un reloj que no admite prórroga. En la pizarra el precio del bolillo no se ha movido. El bolillo, sí. Nadie en la fila discute la teoría del valor. Preguntan si aún hay concha. Una señora anota en una libreta de forro de hule lo que esta semana entra al morral y lo que se queda del otro lado del mostrador.

La economía no es una opinión. Es esa libreta.

Dos cuadras más allá hay un módulo con toldo, sillas de plástico y una fila que no se mueve. Ahí no se amasa. No se cose. No se suelda. Se entregan papeles, se toman fotos, se promete un depósito. La gente espera con razón: el mes está corto. Quien atiende la ventanilla no es villano. Cumple un oficio de oficina. El problema no es la silla. Es la fe que se instala detrás de la silla: la creencia de que el Estado es fuente de lo que solo pasa por sus manos.

El gobierno, en lo que toca al pan, no produce nada. Recolecta. Clasifica. Transfiere. Corta listones sobre lo que otros hornearon. Puede —y a veces debe— cuidar el camino, el juez, el policía, el contrato que se cumple. Eso no es menor. Tampoco es harina. Cuando pretende ser el horno de la nación, vive del trabajo ajeno y llama generosidad al trayecto del dinero entre una factura y una tarjeta.

Hay un hábito político que consiste en declarar abolida la escasez. Se confunde el deseo con la gratuidad y se espera que el anaquel aplauda. El anaquel no aplaude. El anaquel se vacía o se encoge. Cuando el poder fija un precio para que todos puedan comprar, suele ocurrir que, al cabo de unas semanas, ya no hay qué comprar, o lo hay más chico, más lejos, más tarde, adulterado o robado. No es milagro ni conspiración. Es la respuesta muda de quien produce: si el esfuerzo no cubre el costo, el horno se apaga un día antes.

Castigar al que produce y exigir más producción es una de las paradojas más antiguas del poder. Se le llama justicia cuando se le quita al taller la certeza de que mañana podrá vender lo que hoy amasa. Se le llama sensibilidad cuando se le dice al inversionista que el contrato es un adorno y la regla, un humor de temporada. Luego se extraña que el capital camine con recato, o que se vaya. El capital no tiene ideología. Tiene memoria. Recuerda dónde lo desnudaron en público y le pidieron, además, que volviera sonriendo.

Imprimir dinero no crea panes. Crea la ilusión de que el papel puede sustituir al trigo. Durante un rato la fiesta se oye más alta. Los aplausos se compran con lo que todavía no se ha hecho. La cuenta no se borra: se aplaza. Y lo aplazado, en las casas, no llega como comunicado. Llega como aceite más caro, como el zapato del niño que debe durar otro ciclo escolar, como el empleo que ya no se ofrece porque contratar se volvió un acto de fe.

La tentación más piadosa en la boca —y más dura en la mesa— es querer repartir la riqueza antes de haberla creado. Suena generoso. En la práctica consiste en destruir el capital —máquinas, oficios, ahorros, reputaciones— y esperar prosperidad del hueco. Se piden salarios altos sin productividad, consumo sin ahorro, empleo mientras se hostiga a la empresa que podría darlo. Es como exigir más leche y, al mismo tiempo, adelgazar a la vaca por decreto. La vaca no discute. Produce menos. O se la comen.

Ese gesto tiene una raíz moral, no solo contable. Quien no ha firmado una nómina suele creer que el esfuerzo es un prejuicio. Ve la ganancia y no ve la noche anterior. Ve el precio y no ve el riesgo. Entonces convierte la política en un teatro de la dádiva: el mérito está en asignar, no en hacer. El héroe ya no es el que abre la cortina a las cinco. Es el que anuncia que, gracias a su voluntad, una parte de lo ajeno cambiará de bolsillo. Repartir sin haber producido es el lujo de quien maneja la llave y no el saco.

Nada de esto es misterio. Lo sabe el panadero. Lo sabe quien lleva la cuenta de la semana. Lo sabe, con otra letra, el muchacho al que le enseñan un oficio en vez de un eslogan. La economía no perdona que se gaste más de lo que se produce, que se ignoren los costos porque resultan incómodos en tribuna, que se confunda la seguridad jurídica con un trámite menor. No es crueldad. Es la misma obstinación de la báscula: lo que no pesa, no está.

El siglo prefiere otra fe. Una fe que llama redención al gasto y mezquindad a la aritmética. Promete abundancia controlando lo que no controla y llama pueblo a la fila que se forma cuando el letrero miente. Hay una izquierda que ha hecho de esa fe su oficio: empobrece con gesto de dar. No siempre por maldad. A menudo por una vanidad más grave: creer que la realidad es un prejuicio de contadores, y que el Estado, por el solo hecho de no sudar la harina, tiene derecho a disponer de ella como si la hubiera inventado.

Lo extraordinario del sentido común es que sobrevive a quienes lo declaran superado. Aquí sobrevive en gestos chicos. En no firmar lo que no se puede pagar. En no destruir el taller y pedir, al día siguiente, que contrate. En distinguir el gobierno que ordena la calle del gobierno que pretende ser dueño del trigo. En no llamar gratuidad a lo que alguien —el vecino, el hijo, el que aún no nace— terminará cubriendo.

El lunes, en esa panadería, la libreta se cierra sin mitin. En el módulo, la fila sigue. Entre una y otra cosa queda la pregunta que no cabe en un decreto: si quien no produce quiere repartirlo todo, y el discurso del domingo no cabe en la harina de esta semana, ¿quién, exactamente, está siendo generoso con el trabajo de quién?

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