Esta mañana, en la calle que unos llaman Madero y otros, si tienen memoria, Plateros, las persianas suben con el mismo gesto de todos los domingos. Un niño con suéter de colegio pasa frente a la Casa de los Azulejos sin levantar la vista. Más adelante, donde estuvo el convento de San Francisco, ya no hay arco. Hay locales, un semáforo y esa prisa que no pregunta por dónde vino el ejército.
El 27 de septiembre de 1821 la ciudad sí preguntó.
Entre las ocho y media y las nueve de la mañana empezó a entrar el Ejército de las Tres Garantías. Venía de Chapultepec y de Tacubaya, por el Paseo Nuevo, Bucareli, el Calvario, Corpus Christi —hoy Juárez—, un costado de la Alameda, Santa Isabel, el convento, los azulejos, Plateros, hasta la Plaza Mayor. No era una horda. Había orden de marcha, vanguardia, artillería, infantería, caballería. Unos dieciséis mil hombres. Las campanas de la capital se pusieron de acuerdo. En los pechos se veían listones verde, blanco y rojo: independencia, religión, unión.
Agustín de Iturbide iba de civil. Frac, botas, sombrero con tres plumas, banda tricolor. Bajo el arco de la esquina de San Francisco se apeó. Los regidores le entregaron las llaves de la ciudad. Él las devolvió y dijo que eran llaves de puertas que únicamente debían estar cerradas para la irreligión, la desunión y el despotismo, y abiertas a cuanto pudiera hacer la felicidad común.
No era un grito. Era un pacto puesto en una frase.
El calendario oficial prefirió otro día. El 16 de septiembre tiene cura, campana, pueblo en armas y un relato que se deja convertir en liturgia de Estado: el origen como ruptura, la nación como hijo que nace contra el padre. El 27 estorba. Ahí no hay solo insurgencia. Hay realistas que se pasan, insurgentes que aceptan, un criollo que había perseguido a los primeros y un abrazo en Acatempan que no cabe en la película de buenos y malos. Hay, sobre todo, tres garantías y la primera es la religión católica. Un Estado que ha aprendido a mirar la fe como al único sospechoso no sabe qué hacer con una independencia que empieza por no expulsarla.
Lucas Alamán llamó a ese jueves el día más feliz de la historia nacional. No porque Iturbide fuera un santo. No lo fue. Fue oficial realista, luego consumador, luego emperador, luego fusilado. La historia que no se deja santificar es la que más cuesta enseñar. Por eso la escuela memoriza el Grito y deja el 27 en una nota al pie, como si la guerra se hubiera acabado sola o como si la nación hubiera brotado entera del sermón de un pueblo.
La consumación no redime a nadie. Cierra once años de sangre con un arreglo imperfecto: España no desaparece del linaje, la fe no se aparca en la sacristía, la unión no es un eslogan étnico. Iturbide no completa a Hidalgo. Termina lo que Hidalgo no pudo terminar. Guerrero entra con él. O’Donojú había llegado el día anterior. El 28 se firma el acta. El país empieza a existir como hecho, no solo como promesa.
Hoy el Zócalo no recuerda el arco. Madero no recuerda las llaves. El niño del suéter sabrá, si le va bien, que México es independiente y que hay un grito en septiembre. No sabrá que un hombre bajó del caballo para devolver unas llaves y decir qué puertas no debían cerrarse. Tampoco sabrá que esa frase —irreligión, desunión, despotismo— sigue midiendo, con una exactitud incómoda, lo que se ha abierto y lo que se ha cerrado después.
La ciudad recibió un pacto y se quedó con una fiesta. Queda la calle. Queda el nombre viejo debajo del nombre nuevo. Y queda, si alguien se detiene un momento frente a los azulejos, la pregunta que no cabe en el calendario.
