La sirena que llega a tiempo y el muro que no

En muchas casas de esta ciudad, el 19 de septiembre no empieza con un discurso. Empieza con un gesto casi doméstico, tan pequeño que podría pasar por manía: alguien deja el radio encendido aunque no esté oyendo las noticias, revisa que el perro no quede encerrado en la azotea, pone junto a la puerta esa mochila que el resto del año estorba y que contiene, con una fe un poco avergonzada, una botella de agua, un silbato y una lista de teléfonos que ya nadie memoriza. El niño pregunta si hoy “sí va a sonar”. La abuela no pregunta. Ella ya sabe que el calendario, en México, no solo marca fiestas: a veces se pone a temblar.

No es geología. Los sismólogos lo han dicho hasta el cansancio: la tierra no consulta el almanaque. El 19 de septiembre de 1985, a las 7:17, un movimiento de magnitud 8.1 nació frente a las costas de Michoacán y llegó a la capital como si la ciudad hubiera sido construida para amplificarlo. El 19 de septiembre de 2017, a las 13:14 —dos horas después del simulacro conmemorativo—, un 7.1 con epicentro entre Puebla y Morelos encontró edificios que llevaban décadas fingiendo solidez. El 19 de septiembre de 2022, otra vez cerca de la una de la tarde, un 7.7 frente a Coalcomán volvió a hacer de la fecha un mal presagio. Tres coincidencias no hacen un destino. Hacen, eso sí, una superstición colectiva, y las supersticiones, cuando se heredan con cuidado, son a veces la única forma popular de la memoria.

Lo paradójico no es que la tierra se mueva el mismo día. Lo paradójico es que hayamos convertido el aniversario en un rito puntual —la sirena de las once, el desalojo ordenado, la foto del funcionario con chaleco— mientras el muro, ese objeto tosco y poco fotogénico, sigue esperando. El signo llega a tiempo. La estructura, no.

En 1985 la ciudad descubrió, con una crueldad que todavía no hemos acabado de leer, que el Estado puede quedar mudo cuando más se le necesita. No fue una tesis política. Fue una evidencia de escombros: hospitales que se vinieron abajo, edificios que habían pasado inspecciones como se pasa una procesión, cifras oficiales que nunca coincidieron del todo con lo que las familias contaban en voz baja. Lo que emergió entonces no fue un mesías. Fueron vecinos con cubetas, jóvenes que no esperaron permiso, parroquias que abrieron el atrio, manos que buscaban entre el polvo sin saber todavía si lo que encontraban era un cuerpo o una esperanza. Esa escena —tan mexicana, tan poco administrable— se volvió leyenda, y las leyendas tienen el defecto de consolar demasiado: nos hacen creer que la virtud improvisada basta para sustituir el deber cotidiano de revisar una trabe.

En 2017 el rito ya existía. Habíamos ensayado el miedo a las once y el miedo verdadero llegó a las trece catorce, como si la tierra se negara a respetar el programa. Murieron cerca de trescientas setenta personas; más de doscientas en la capital. El Colegio Rébsamen quedó grabado en la conciencia nacional con esa precisión atroz que solo tienen los desastres que alcanzan a los niños. Otra vez salió la gente. Otra vez se alzó la voz contra la corrupción de los permisos, contra el concreto que no era concreto, contra la reconstrucción que se anuncia más rápido de lo que se cubre un techo. Y otra vez, con el paso de los meses, el signo —la conmemoración, el minuto de silencio, el hashtag— empezó a pesar más que el muro.

Hay una tentación muy de nuestra época: convertir la tragedia en liturgia de poder. El gobernante se planta frente a lo que ya no está, promete que “nunca más”, y el “nunca más” se vuelve frase de temporada, tan previsible como el chaleco naranja. El pueblo, que no es tonto, aplaude el gesto y desconfía del cimiento. Nombrar el peligro no es vencerlo. Y el signo, cuando se reitera sin referente, acaba por tapar la cosa. El 19 de septiembre mexicano corre ese riesgo. Sonamos la sirena con admirable puntualidad. El edificio de la esquina, el que ya tenía dictamen, el que la familia de abajo señala cada vez que pasa, sigue ahí, esperando un inspector que no llega o un dueño que calcula que el papel es más barato que la varilla.

No se trata de despreciar el simulacro. El simulacro es un acto de sentido común, y el sentido común, en un país aficionado a las redenciones instantáneas, ya es casi una herejía. Saber apagar el gas, no usar el elevador, reunirse en el punto señalado, no atorar la escalera con el heroísmo de quien filma mientras los demás bajan: eso no es ideología. Es oficio de vivir en una ciudad que se construyó sobre un lago y se empeña en olvidarlo. Lo que no basta es confundir el ensayo con la obra. La prevención que solo dura un minuto al año es una piedad de calendario. La que importa es la que no se ve: el refuerzo aburrido, el predio que sí se demuele, la escuela que no se inaugura dos veces, el presupuesto que se gasta en lo invisible.

Queda, debajo de todo eso, algo que ningún boletín logra administrar. En ciertas casas todavía se pronuncian nombres el 19. No como consigna. Como se pronuncian los de los muertos en noviembre: con esa mezcla de pudor y fidelidad que no pide cámara. Hay quien todavía guarda la foto del edificio antes. Hay quien, al oír la alerta, no piensa en la magnitud sino en la tía que ya no está, o en el compañero de trabajo que aquel mediodía de 2017 no volvió a su escritorio. Esa memoria menuda —familiar, parroquial, de vecindad— es más antigua que el Estado y más resistente que el discurso. No redime a nadie. Solo impide que los ausentes se vuelvan estadística.

La tierra, insistamos, no lee el 19 de septiembre. Nosotros sí. Y en esa lectura hay vanidad y hay piedad. La vanidad consiste en creer que el rito nos pone a salvo. La piedad consiste en no soltar la mano del que está a nuestro lado cuando el piso, de pronto, deja de ser una promesa. Entre una y otra se juega lo único que esta ciudad ha sabido hacer bien cuando todo lo demás falla: no esperar a que alguien baje del balcón para empezar a recoger.

Hoy sábado, a las once, sonará otra vez la sirena. Cumplirá su horario con una exactitud que envidiarían muchos ministerios. Después, si el día es clemente, volveremos a la comida, al tráfico, a la conversación que no menciona los escombros. Quedará la mochila junto a la puerta, un poco ridícula, un poco santa. Y quedará la pregunta que el calendario no responde, porque no le toca: no si volverá a temblar un 19 —eso, tarde o temprano, es asunto de placas y no de fechas—, sino si el muro, esa cosa tan poco elocuente, habrá encontrado por fin a alguien que lo mire de verdad.

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