Llegó a la Nueva España para morir en México

En la cocina de esta ciudad, a las siete, la sopa ya no humea como al principio. El niño tiene la tarea abierta sobre el hule floreado. Hay un grabado chico, un uniforme y un nombre que se le atravesó al copiarlo. Levanta la cara y pregunta si era mexicano. La madre sirve y dice que no sabe. El padre, desde el otro lado, dice que era de España. El niño anota eso y sigue comiendo. En la mesa nadie se pone solemne. Tampoco hace falta: hay nombres que el país guarda en la Columna y olvida en la sopa.

Francisco Javier Mina nació el 1 de julio de 1789 en Otano, Navarra, el mismo año en que otras calles, más lejos, aprendían a derribar puertas. Estaba estudiando leyes en Zaragoza cuando el francés cruzó España como quien entra en casa ajena. Dejó los libros. Se fue al monte. Empezó con diez hombres y el monte le fue obedeciendo. Lo agarraron. Lo mandaron a Francia. Lo soltaron en 1814, cuando Fernando VII volvió a Madrid y guardó la Constitución en un cajón. El muchacho que había peleado por España descubrió entonces que el rey también sabía apretar. Se fue a Londres, donde la lluvia enseña otra clase de destierro. Allí Fray Servando Teresa de Mier le habló de esta tierra con la paciencia de quien ya ha perdido varias patrias y todavía le queda voz.

En abril de 1817 el mar de Tamaulipas le entregó una costa baja. Desembarcó en Soto la Marina con pocos barcos y mucha prisa. Uno se llamaba Cleopatra. Otro, Neptuno. Había un tercero, un bergantín de guerra, con un nombre que todavía no terminaba de existir: Congreso Mexicano. También traía una imprenta. Eso casi no sale en la tarea. Mina no llegó solo con fusiles. Llegó con papel y con la idea —tan de su siglo, tan de Cádiz— de que si uno nombra bien la tiranía, la tiranía se afloja.

El nombre del barco no era un capricho de muelle. Morelos había armado un Congreso en Chilpancingo en 1813. Para 1817 ese Congreso ya casi no tenía dónde sentarse, pero seguía siendo el único paraguas con el que un español podía decir, sin mentir del todo: no vengo a conquistar, vengo a ayudar. Mina se puso general de la División Auxiliar de la República Mexicana. Hasta armó una Guardia de honor del Congreso Mexicano. Ponerle ese nombre al bergantín era lo mismo que imprimir la proclama: hacer que una cosa se oiga antes de que esté. En Galveston eso se usaba. Louis-Michel Aury andaba con banderas de congresos americanos para que el corso pareciera causa. Después del desembarco, Aury se separó y le compró a Mina el Congreso Mexicano. El barco cambió de dueño. El nombre se quedó un rato flotando, como esas palabras que se dicen primero y se habitan después, si acaso.

Mina imprimió su manifiesto bajo el sol de la desembocadura. Decía que no venía contra España. Venía contra Fernando. Quería quitarle a la Corona el dinero de América y dejar gobiernos más libres. Tenía veintisiete años y el siglo le cabía en la maleta.

Ganó en el Valle del Maíz. El polvo del altiplano se le pegó al uniforme. Se juntó con Pedro Moreno en el Fuerte del Sombrero, esa piedra que todavía creía poder guardar una causa. Anduvo el Bajío cuando Hidalgo ya era campana y Morelos ya era silencio. Duró siete meses. El país lo recibió como se recibe a un huésped que llega de noche: con necesidad y con desconfianza. El 27 de octubre lo hallaron en el rancho El Venadito. Moreno murió. A Mina lo encadenaron. Dicen que las cadenas le dolieron más a la vista que a las muñecas. El 11 de noviembre lo subieron a un cerro cerca de Pénjamo, frente al Fuerte de los Remedios, y lo fusilaron de espaldas, como se fusilaba al que había nacido en la casa y había elegido la otra orilla. Pidió que apuntaran bien. Tenía veintiocho años. No llegó al invierno.

En 1823 el Congreso —este sí, ya con sillas y actas— lo declaró héroe en grado heroico. Más tarde sus restos fueron a dar a la Columna de la Independencia, esa aguja de Reforma donde el país guarda a sus muertos para no tener que conversar con ellos. El grabado del cuaderno mide lo que mide un pulgar. El niño lo pinta de azul porque es el color que le queda en el estuche.

Mina no era el cura de Dolores ni el capitán de San Miguel. Era el extranjero que llegó con la tinta todavía fresca y se fue antes de aprender de veras el país. Trajo un barco llamado como un poder que aún no gobernaba. Trajo una proclama. No trajo casa. No trajo el trabajo lento de quedarse. Los realistas tuvieron que mover tropas para cazarlo; eso cuenta. También cuenta que su campaña cupo en un almanaque y que el hombre de la imprenta no vio cómo se administra lo que queda cuando el papel ya se secó al sol.

Hay otro barco llamado Congreso Mexicano, de 1825: el navío español Asia, rebautizado cuando México ya era República y quería verse con flota. Ese no es el de Mina. El de Mina era más chico y más honesto. En 1817 el Congreso existía, sobre todo, pintado en el costado de un bergantín.

En la cocina ya no hay luz de tarde. El niño cierra el cuaderno como quien terminó lo suyo. La sopa está tibia. El nombre quedó un poco chueco en la página que mañana se va en la mochila. Afuera la ciudad hace el ruido de siempre. La Columna, lejos, no se oye desde aquí.

Sobre la mesa queda la pregunta, ahora sin que nadie la haga. Llegó de España para morir en México. El país le dio una columna y un grabado. Lo que no le dio —lo que casi nunca da a tiempo— fue alguien que se quedara a hacer el trabajo que no cabe en una proclama.

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