En San Miguel el empedrado brilla como si la historia fuera una lacquer. Pasa el extranjero con la cámara. La fachada rosa se deja fotografiar. En una esquina, una placa dice Allende con la serenidad de quien ya no tiene que explicar nada. El pueblo tomó el apellido y lo volvió destino. El capitán, entretanto, cabe menos en la postal que en el expediente.
Ignacio José de Allende y Unzaga no fue el complemento ornamental del cura de Dolores. Fue, de entrada, el profesional. Criollo de casa acomodada, teniente de granaderos, hombre de regimiento. Había conspirado en Valladolid sin pagar del todo el precio, y en Querétaro se sentó a la mesa de los Domínguez con la idea —más militar que mesiánica— de un movimiento que defendiera derechos criollos y, en un primer momento, la legitimidad borbónica frente al naufragio de España. No soñaba una procesión. Soñaba un golpe con disciplina.
¿Era conservador? No en el sentido en que México aprendió después la palabra. No era un hombre de Alamán, ni un defensor del virreinato tal como estaba, ni un fiel de altar y fueros que quisiera congelar 1808. Se sublevó. Eso ya lo saca del casillero fácil. Lo que sí era: un moderado de su clase. Quería independizar sin deshacer. Quería tropa, no masa; plaza en orden, no plaza tomada por el número. El anacronismo empieza cuando le colgamos la camiseta del siglo XIX. El Partido Conservador, la defensa sistemática de la Iglesia como poder y el duelo contra la Reforma vienen después, y con otros nombres. Allende muere en 1811. No alcanzó a elegir ese bando. Tampoco era el liberal de libro de texto: no hay en él un programa de derechos universales, ni laico, ni igualitario. Hay honor de uniforme, privilegio criollo y una idea del orden que no sobrevive al incendio. Fue rebelde contra la autoridad virreinal y conservador de su mundo: la casa, el rango, la disciplina de la plaza mientras la plaza no ardiera.
El calendario no le hizo el favor. La denuncia adelantó la hora. Allende y Aldama cabalgaron a Dolores a avisar. Lo que debía ser un alzamiento concertado se convirtió, en unas horas, en el Grito de un párroco. El plan original reservaba el mando a los militares. La prisa se lo entregó al hombre de sotana, que sabía convocar y no sabía contener. Desde entonces Allende vive a la sombra de una campana que no tocó.
La desavenencia no es anécdota de manual. Hidalgo quiso masa, saqueo, el incendio como lenguaje. Allende quiso retaguardia y el privilegio de no convertir cada villa en botín. El soldado miró Guanajuato y vio lo que un oficial no puede bendecir. Hay constancia de que llegó a llamarlo “el bribón del cura” y de que, en la amargura de las derrotas, se habló incluso de envenenarlo. No hace falta convertir esa frase en título. Basta con oírla: es el chasquido de quien planeó una campaña y despertó en una romería armada.
Tampoco Allende era mármol. Tuvo matrimonio breve con María de la Luz Agustina de las Fuentes y una vida afectiva que no cabe en el busto. Dejó hijos, algunos fuera de la casa conyugal. Indalecio, el primogénito, murió en la emboscada de Acatita de Baján, en el mismo lance que entregó al padre. El capitán no fue el santo de la disciplina doméstica. Fue un criollo de su siglo: honor de casaca, debilidades de carne, claridad táctica y una soberbia que no soportó ver el mando en manos de quien no había estudiado la guerra.
Lo fusilaron en Chihuahua el 26 de junio de 1811. La cabeza viajó a la Alhóndiga, junto a las de Hidalgo y Aldama, como lección de hierro. El pueblo natal, más tarde, tomó el apellido y lo volvió marca. Hoy San Miguel de Allende vende luz, cantera y fin de semana. El extranjero fotografía la placa. El niño del lugar aprende un nombre. Casi nadie se detiene a preguntar qué quiso el capitán cuando todavía creía que la independencia cabía en un regimiento.
La lección no es que Allende fuera el héroe correcto y Hidalgo el equivocado. Esa es otra liturgia, solo que invertida. Tampoco es que uno fuera conservador y el otro progresista: esas camisetas aún no existían. 1810 juntó a un cura que amaba demasiado este mundo y a un oficial que amaba demasiado el orden, y los dos perdieron: el primero la tropa, el segundo el plan. El uno no pudo administrar lo que encendió. El otro no pudo imponer el oficio que sabía. El Estado posterior los colgó juntos en el mismo friso para no tener que explicar la costura.
En la plaza de San Miguel el empedrado sigue brillando. La cámara hace clic. El apellido ya es paisaje. Debajo de la placa queda el hombre que quiso un ejército y obtuvo una procesión, que despreció al cura y acabó muerto a su lado, que le prestó el nombre a un pueblo y no logró prestárselo a una campaña.
¿Qué independencia festejamos cuando el pueblo conserva el apellido y olvida el oficio?
