En una plaza de esta ciudad el bronce sigue señalando el cielo con el índice rígido. Debajo, el de los elotes acomoda las mazorcas como cada tarde. Pasa una pareja. Un niño lleva una banderita que ya se dobló. Nadie se detiene a leer las fechas del pedestal. El monumento no pide lectura: pide asentimiento. Y el asentimiento, en septiembre, se concede barato.
Miguel Hidalgo y Costilla cabe en ese gesto. Cabe en el retrato de la oficina pública, en la página del libro de texto, en el viva que no admite paréntesis. Cabe peor, en cambio, en la biografía. El hombre que precedió al grabado fue un sacerdote secular de amplia cultura y de disciplina laxa, lector de lo que el Santo Oficio prefería no ver sobre la mesa, organizador de tertulias, comedias y noches que duraban más de lo que un curato discreto suele soportar. Le gustaban la baraja, los gallos, el vino y la conversación hasta tarde. Desde 1798 el Tribunal recogió denuncias por libros vedados, relajación de costumbres y trato deshonesto con mujeres. No hace falta el folletín. Basta con lo que ya entonces era escándalo: un cura cuya casa olía más a salón ilustrado que a sacristía.
Las cuentas tampoco cierran con la limpidez del pedestal. Como tesorero y rector del Colegio de San Nicolás, Hidalgo administró fondos que una primera revisión le dejaba a favor y una segunda, en 1799, convertía en deuda de más de siete mil pesos, de los que él reconoció mil. Había gastado con generosidad —o con descuido— en cocina, condonaciones y capitales del colegio aplicados al gasto corriente. Tuvo haciendas, fiadorías y un rastro de acreedores que lo persiguió hasta Dolores. “Corrupto”, en el sentido estrecho de quien se embolsa lo ajeno con método, es palabra demasiado limpia para esa desordenada abundancia. Laxo, endeudado, demasiado de este mundo: eso se acerca más. El beneficio eclesiástico le dio renta; la administración le pareció asunto secundario frente a la vida social.
Sobre los hijos, la historiografía no ha firmado paz. Unas biografías dan por sentadas liaisons con varias mujeres y una descendencia ilegítima. En Dolores la tradición local insiste en Vicenta y Micaela, hijas de Josefa Quintana. Javier Sanchiz Ruiz y Juan Gómez Gallardo, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, demostraron que buena parte de las paternidades posteriores se sostuvo en documentos fabricados para cobrar pensiones. Hidalgo, ante sus jueces, no confesó ni negó con la claridad que el derecho canónico habría exigido. El silencio de un sacerdote ante la paternidad no es romanticismo: es la imposibilidad de admitir, sin destruirse, que el voto no lo ató. Lo que queda, más allá del litigio de actas, es un hecho moral más simple. El cura no vivió como si la sotana le pesara.
Llamarlo farsante es tentador y un poco flojo. No inventó el Grito como un actor que recita un libreto ajeno. Sí habitó una distancia entre lo que predicaba el estado clerical y lo que su mesa, su biblioteca y su casa practicaban. Cuestionó certezas que la Iglesia de su siglo tenía por firmes. Leyó a los enciclopedistas y organizó la vida parroquial como un pequeño teatro de la Ilustración. El mito posterior lo volvió estandarte inmaculado; el hombre, mientras tanto, había sido ya denunciado por relajación. El farsante no es tanto Hidalgo como el relato que necesita un sacerdote sin cuerpo para legitimar el incendio de 1810.
El hedonista, en cambio, encaja sin esfuerzo. No el libertino de novela barata, sino el hombre de inteligencia viva que no consintió que el dogma le robara el gusto. Tertulia, vino, naipes, teatro en el propio curato. Una ortodoxia alegre no se escandaliza de que un hombre ame este mundo. Se escandaliza de que un sacerdote trate el voto como disfraz reversible, y de que la nación, dos siglos después, prefiera no mirar esa costura.
Nada de esto borra la madrugada de Dolores ni convierte el bronce en basura. Hidalgo encendió algo que ya no pudo administrar. El movimiento se le escapó de las manos con la rapidez con que se le habían escapado las cuentas. Celebrar solo el estallido y colgar al hombre en el frontispicio es la operación habitual del mesianismo cívico: se necesita un padre sin hijos, un cura sin carne, un héroe cuyas deudas cierren en el himno.
La paradoja es vieja y mexicana. Preferimos el signo limpio al hombre que lo pronunció. El niño seguirá copiando el nombre. El de los elotes seguirá acomodando las mazorcas al pie del índice de bronce. Y el cura de Dolores, si se le deja ser lo que fue —culto, desordenado, mundano, sacerdote a medias y conspirador entero—, nos devuelve una lección más útil que el mármol: las patrias no las fundan los santos de calendario. Las fundan hombres que pecan, se endeudan, aman mal y, de vez en cuando, aciertan a gritar a deshora.
El trabajo, después, es otro. No canonizar el grito. Aprender a gobernar lo que el grito dejó hecho pedazos. El monumento seguirá señalando el cielo. La pregunta, más baja, sigue en la plaza: qué clase de padre necesita todavía el país, el que cabe en el pedestal o el que no cabía en la sotana.
