Uno se sienta a revisar el teléfono después de caminar unas cuadras por la colonia y de pronto, el aire digital se llena de un grito que no viene de ninguna esquina real: “salta muros”.
No es un argumento, es un gesto, el mismo gesto con el que, en otra época, se le ponía un apodo al vecino para no tener que mirarlo de frente, para ahorrarse el trabajo de reconocer que aquel hombre tenía una historia más larga y más enredada que el apodo, el término llega con la puntualidad de quien necesita reducir rápido, reduce a un pueblo entero a un acto de supervivencia económica, como si cruzar una frontera por necesidad anulara cinco siglos de mezcla, de lengua, de cocina, de devoción y de humor, como si el orgullo de llamarse mexicano fuera un privilegio que solo se concede a quien nunca tuvo que buscar trabajo del otro lado.
Lo curioso es la prisa, el que grita “salta muros” no se detiene a preguntar por qué un mexicano puede mirarse al espejo, ver la suma de tlaxcaltecas y españoles, de libaneses y chinos, de mayas y africanos, de ojos claros y de ojos rasgados y decir con naturalidad: esto me basta. No necesita colgarse la etiqueta europea para sentirse más valioso, esa tranquilidad molesta, molesta a quienes construyeron parte de su identidad sobre la idea de que son “más blancos”, “más europeos”, “menos indígenas” y cuando no tienen cómo rebatir la idea, recurren al estereotipo más barato: el del que salta.
Hay una paradoja elegante en el insulto, una de esas paradojas que Chesterton habría disfrutado señalar con una sonrisa lenta, quien lo lanza con más furia suele ser el mismo que más necesita un muro imaginario para ordenar su propio lugar en el mapa, el muro no está en la frontera, está en la mirada que no soporta una identidad que no pide permiso, el “salta muros” pretende ser una acusación de hipocresía, pero en realidad es una confesión, confiesa que para algunos, la dignidad de un pueblo todavía se mide por la distancia que guarda respecto del estereotipo más fácil, confiesa que el mestizaje mexicano —ese que no se avergüenza ni de lo chaparro ni de lo güero, ni de lo prieto ni de lo de ojos rasgados— sigue siendo, para ciertos oídos, una insolencia.
Nosotros los mexicanos no inventamos purezas, tomamos lo que llegó —de Europa, de Asia, de África, de América— y lo cocinamos a fuego lento hasta que dejó de ser ajeno, cocina que no es disfraz, es casa, se nota en la manera en que una madre le habla a su hijo en el andén del Metro, en el olor de la cocina que sale de las ventanas a la hora de la comida, en la forma en que un joven se quita la gorra al entrar a una iglesia aunque solo vaya a pedir por un examen, se nota en la mezcla visible de los rostros que se cruzan en cualquier esquina, sin que nadie se sienta obligado a explicar de dónde viene cada rasgo, esa naturalidad es lo que irrita, porque no necesita justificarse, porque no pide prestado el brillo a nadie.
El que usa el insulto como arma suele creer que está señalando una debilidad cuando en realidad está revelando la propia, está confesando que su sentido de valía todavía depende, en alguna medida, de una jerarquía racial o cultural que él mismo no se atreve a nombrar del todo, está diciendo sin quererlo, que le resulta más cómodo reducir al otro a un acto de supervivencia que aceptar la evidencia de una identidad que se sostiene sola, el verdadero salto no es el de quien cruza una frontera por hambre, oportunidad o incluso por amor, es el de quien, desde la comodidad de su pantalla, salta por encima de la evidencia para no tener que mirar de frente una identidad que no le pide aprobación.
Uno puede caminar por esta ciudad y ver a todos juntos: el changarro que abre temprano, la madre que espera el camión con el niño de la mano, el joven que estudia de noche, el abuelo que todavía se quita el sombrero al saludar, la mujer que vende flores en la esquina con la misma dignidad con que otros venden ideas, ninguno de ellos necesita saltar un muro para justificar su nombre ya lo tienen y lo tienen sin pedirle prestado el brillo a nadie, esa evidencia cotidiana es más poderosa que cualquier etiqueta, es más profunda que cualquier insulto y por eso mismo, resulta insoportable para quien necesita que el otro sea menos para sentirse más.
El “salta muros” seguirá llegando, es más cómodo que el pensamiento, más rápido que la observación, pero cada vez que alguien lo lanza, revela más de sí mismo que del mexicano al que pretende reducir, porque el muro que realmente importa no es el de concreto ni el de alambre, es el que se construye con palabras cuando alguien prefiere el estereotipo a la persona, la caricatura a la historia, la prisa a la mirada lenta y esa mirada lenta, la que se detiene en lo concreto, en lo mezclado, en lo que no necesita disfraz, sigue siendo una de las pocas formas honestas de entender lo que somos.
Por ahora, esa identidad sigue caminando por las mismas calles de siempre, sin prisa y sin disfraz, abriendo changarros, esperando camiones, cocinando, rezando, riendo y cada vez que alguien intenta reducirla a un salto, solo consigue que se note con más claridad lo que realmente es: algo que no necesita saltar para existir.
Y si de símbolos se trata, seguiremos poniéndonos la playera de Egipto, de Inglaterra, de España o de quien nos dé nuestra regalada gana,porque la identidad que no pide permiso y tampoco pide permiso para elegir sus afectos. Porque el que se siente seguro de lo que es no necesita demostrar pureza cada vez que se pone una playera, porque el mexicano que camina estas calles sabe, sin necesidad de discursos, que su nombre no se presta ni se reduce: se lleva, se vive y cuando quiere se viste de lo que le da su chingada gana.
