El rey que nunca llega y el consejo que nunca resiste

Hay mañanas en esta ciudad en que uno sale a la calle y tropieza con el mismo anhelo disfrazado de solución, un padre camina con sus hijos hacia la escuela y escucha, en la esquina de siempre, la conversación de dos vecinos que ya no discuten sobre el tráfico ni sobre el precio del gas, discuten sobre quién debería “tomar el control de una vez”, el tono es el de quien ha esperado demasiado y ya no confía en el reloj ordinario de las instituciones, ese anhelo tiene ahora un nombre más limpio y más erudito, dictador benevolente, rey filósofo, monarca templado por un consejo de sabios, se invoca a Platón, a Aristóteles y a Santo Tomás de Aquino como si bastara nombrarlos para convertir el deseo en doctrina y la impaciencia en legitimidad, y sin embargo, cuando se lee con lentitud a esos tres y se los pone frente a otro pensador que ellos no conocieron pero que sí los leyó y los rechazó, Nicolás Maquiavelo, la propuesta se revela no solo imposible, sino internamente contradictoria.

Platón no escribió un manual de gobierno práctico, escribió, en la República, una investigación sobre la justicia que termina por convertirse en una meditación sobre la imposibilidad de la justicia perfecta en la ciudad de los hombres, el rey filósofo aparece en el libro V y se desarrolla en el VI y el VII no como un caudillo con buenas intenciones, sino como el producto de una educación casi sobrehumana, de una selección rigurosísima entre los guardianes y de una ciudad que ha sido completamente reordenada desde sus cimientos, abolición de la propiedad privada entre los guardianes, comunidad de mujeres e hijos, educación musical y gimnástica prolongada durante décadas, y finalmente el estudio de la dialéctica que permite contemplar la Idea del Bien, solo quien ha visto el Bien puede regresar a la caverna y gobernar sin dejarse engañar por las sombras, el problema no es que Platón no haya soñado con un gobernante sabio, el problema es que ese gobernante solo puede existir en una ciudad que ya no es la ciudad real, la República es un ejercicio de pureza geométrica, cuando Sócrates describe el ciclo de las formas de gobierno en el libro VIII, no lo hace como una predicción optimista sino como una descripción de la corrupción inevitable, la aristocracia degenera en timocracia, la timocracia en oligarquía, la oligarquía en democracia y la democracia, precisamente por su exceso de libertad y su rechazo de toda autoridad que no sea la del deseo inmediato, engendra la tiranía, la frase que se cita con tanta facilidad, “la tiranía nace de la democracia”, no es una invitación a saltarse la democracia para llegar directamente al rey filósofo, es el reconocimiento de que el alma de la ciudad, cuando se entrega por completo a la libertad sin medida, termina por entregar su libertad a un solo hombre que promete restaurar el orden, Platón no ofrece una salida fácil, ofrece una advertencia, el tirano nace del demagogo y el demagogo nace del pueblo que ha dejado de distinguir entre el bien y el placer, quien toma esa advertencia y la convierte en un programa político contemporáneo, “necesitamos ya al rey filósofo”, está haciendo exactamente lo contrario de lo que Platón enseña, está usando el diagnóstico de la corrupción como pretexto para instalar, de una sola vez, la forma más peligrosa de poder.

Esa ciudad perfecta no existe, la que sí existe es la que camina cada mañana hacia la escuela con el mismo cansancio de siempre.

Aristóteles, que había sido discípulo de Platón y que no compartía su idealismo político, es aún más claro y más sobrio, en la Política no busca la ciudad perfecta sino la mejor ciudad posible entre hombres que no son dioses ni bestias, distingue con precisión las formas correctas, monarquía, aristocracia, politeia, de sus desviaciones, tiranía, oligarquía, democracia, la democracia, en su sentido estricto, no es para él el gobierno del pueblo en general, sino el gobierno de los pobres en beneficio de los pobres, una forma de régimen en la que la mayoría ejerce el poder no según la ley ni según el bien común, sino según su propio interés de clase, por eso prefiere la politeia, esa mezcla de oligarquía y democracia que equilibra el número con la calidad, la libertad con la propiedad y que se mantiene en el término medio, Aristóteles no es un enemigo de la participación popular, es un enemigo de la pureza, toda forma de gobierno que pretenda ser pura, pura monarquía, pura aristocracia, pura democracia, tiende a corromperse porque ignora la complejidad del cuerpo político, cuando se invoca a Aristóteles para justificar un dictador benevolente se comete un doble error, se olvida que para él la monarquía solo es preferible cuando existe un hombre de virtud excepcional que supera a todos los demás, algo que él considera extremadamente raro y se olvida que incluso en ese caso el mejor régimen a largo plazo no es la monarquía absoluta sino el régimen mixto, donde el poder está distribuido y limitado por la ley, Aristóteles sabía que el poder concentrado en un solo hombre, por virtuoso que parezca al principio, no tiene mecanismo interno de corrección, la virtud no es hereditaria ni permanente, el hijo del rey filósofo puede ser un mediocre o un déspota, el consejo de sabios puede volverse un coro de aduladores, la historia, que Aristóteles estudiaba con más atención empírica que Platón, le había enseñado que los tiranos casi siempre empiezan como protectores del pueblo.

Santo Tomás de Aquino, que lee a Aristóteles con ojos cristianos y que escribe De Regno ad regem Cypri en un momento en que la monarquía cristiana todavía era una posibilidad viva, es quizá el autor más mal citado en esta conversación, Santo Tomás sí defiende la monarquía como la forma de gobierno más semejante al gobierno divino y a la unidad del cuerpo, un solo principio que ordena al bien común produce más unidad y más paz que muchos principios en conflicto, pero esa defensa está rodeada de advertencias que no son notas a pie de página, son el corazón del argumento, el poder del rey, dice Santo Tomás, se corrompe fácilmente en tiranía cuando el gobernante busca su propio bien en lugar del bien común, por eso recomienda no la monarquía pura sino la monarquía templada o mixta, un rey rodeado de un consejo de hombres virtuosos y de instituciones que limiten su arbitrio, más aún, Santo Tomás afirma explícitamente que si el rey se convierte en tirano, el pueblo tiene derecho a resistirlo e incluso, en casos extremos, a deponerlo, siempre que esa deposición no produzca un mal mayor, esta no es la doctrina del caudillo benevolente, es la doctrina del poder limitado por la ley natural, por la ley divina, por la costumbre y por los cuerpos intermedios, el rey no es dueño del reino, es su primer servidor, la corona no le pertenece en propiedad, le es confiada, cuando se toma el lenguaje de Santo Tomás y se le arranca todo lo que lo limitaba, la Iglesia como poder distinto, los fueros, la tradición que no pertenecía al monarca, la posibilidad real de resistencia, lo que queda no es monarquía católica, es poder absoluto con barniz religioso y el poder absoluto, aunque se invoque el nombre de Dios antes de ejercerlo, termina por ocupar el lugar de Dios.

Es aquí donde Maquiavelo entra como el pensador que corta el hilo, porque mientras Platón, Aristóteles y Santo Tomás todavía operan dentro de una tradición en la que la política debe orientarse, aunque sea de forma imperfecta y limitada, hacia un bien que la trasciende, Maquiavelo escribe El Príncipe desde la ruptura deliberada con esa tradición, no niega que existan hombres virtuosos según la moral cristiana o clásica, simplemente afirma que esa virtud es un lujo que el príncipe no puede permitirse cuando la conservación del Estado está en juego, la virtù maquiavélica no es la virtud moral, es la capacidad de adaptarse a la fortuna, de usar la fuerza del león y la astucia del zorro, de parecer misericordioso, fiel, humano, íntegro y religioso y de saber dejar de serlo cuando la necesidad lo exige, “un príncipe”, escribe, “no puede observar todas aquellas cosas por las que los hombres son tenidos por buenos, porque a menudo se ve obligado, para mantener el Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión”, la frase no es un desliz cínico, es el núcleo de su realismo, el príncipe que se empeña en ser siempre benevolente termina por perder el poder y con él, la posibilidad misma de hacer el bien que decía buscar, por eso Maquiavelo prefiere, si hay que elegir, ser temido antes que amado, el amor es una cadena que los hombres rompen cuando les conviene, el miedo es un vínculo que mantiene mientras dura la amenaza del castigo.

La comparación es demoledora para la propuesta del dictador benevolente, quienes la defienden quieren conservar el lenguaje moral de Platón y de Santo Tomás, el gobernante virtuoso, orientado al bien común, rodeado de sabios independientes y al mismo tiempo la concentración de poder que solo Maquiavelo describe con lucidez, pero esa combinación es imposible, si el dictador es verdaderamente benevolente en el sentido clásico y cristiano, entonces no podrá hacer lo que Maquiavelo considera necesario para mantener el poder frente a la fortuna y a los enemigos internos y externos, si, por el contrario, está dispuesto a hacer lo necesario, entonces su benevolencia es solo una máscara, exactamente la que Maquiavelo recomienda llevar, el “consejo de sabios e independientes” se convierte, bajo la lógica maquiavélica, en un instrumento de apariencia, útil mientras refuerza la imagen de prudencia, descartable en cuanto contradice la necessità y el mecanismo de remoción inmediata si pierde las virtudes es, desde esta perspectiva, una ingenuidad, el príncipe que ha concentrado el poder no se deja remover por instituciones que él mismo ha subordinado, solo la fuerza o la muerte lo desplazan.

Quien rechaza a Maquiavelo como cínico y al mismo tiempo, quiere concentrar el poder absoluto en un solo hombre, está obligándose a demostrar que ese hombre será capaz de sostener la virtud moral precisamente en las circunstancias en las que Maquiavelo afirma que la virtud moral se vuelve un lujo suicida, hasta ahora nadie ha ofrecido esa demostración, solo la ha postulado.

Maquiavelo no ofrece, por cierto, una apología de la tiranía por la tiranía, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio muestra preferencia por la república romana y por las instituciones que canalizan el conflicto entre nobles y pueblo, pero incluso allí su realismo es implacable, las instituciones duran mientras hay virtù colectiva y mientras se renuevan periódicamente, cuando la corrupción avanza, solo un príncipe fuerte o un retorno violento a los orígenes, puede restaurar el orden, la lección no es que el dictador benevolente sea la solución, la lección es que quien concentra el poder en un solo hombre y pretende al mismo tiempo que ese hombre permanezca moralmente benevolente está pidiendo algo que la naturaleza de la política, tal como Maquiavelo la describe, no concede.

La propuesta contemporánea tropieza, por tanto, con tres imposibilidades que los antiguos ya habían señalado y que Maquiavelo hace explícitas con una crudeza que no admite consuelo, conviene detenerse en cada una de ellas no como eslóganes, sino como nudos que no se desatan con buenas intenciones.

La primera imposibilidad es la de la selección, ¿quién elige al hombre virtuoso, quién certifica, antes de entregarle el poder concentrado, que su virtud es real y no una simulación hábil, Platón resolvía el problema inventando una ciudad entera al servicio de esa selección, una educación que duraba hasta los cincuenta años, un proceso de depuración constante entre los guardianes, una separación radical entre la clase que gobierna y la que produce y sobre todo, la contemplación de la Idea del Bien como criterio último e inapelable, sin esa ciudad ya transformada, el rey filósofo no puede aparecer, Aristóteles, más sobrio, admitía que tales hombres de virtud excepcional son rarísimos y que, cuando aparecen, la monarquía puede ser preferible, pero solo de manera provisional y siempre subordinada a la ley, Santo Tomás, por su parte, no confiaba la selección a un acto de reconocimiento popular ni a una élite autoproclamada, el rey cristiano recibía su autoridad dentro de un orden que lo precedía, la ley natural, la ley divina, la costumbre, los cuerpos intermedios y que podía juzgarlo, Maquiavelo, en cambio, desplaza por completo el problema, la virtud moral no es el criterio principal de selección, lo que importa es la virtù efectiva, la capacidad de imponer orden y de adaptarse a la fortuna, quien pretende en el México de hoy, encontrar al dictador benevolente mediante algún proceso de aclamación o de reconocimiento de virtudes está pidiendo algo que ninguno de estos pensadores consideró posible sin condiciones que ya no existen, la partidocracia ha corroído la confianza hasta el punto de que cualquier pretensión de pureza moral es inmediatamente leída como otra máscara, el hombre que llega proclamándose virtuoso ya ha tenido que vencer a otros pretendientes, esa victoria rara vez se obtiene solo con la pureza del alma y una vez en el poder, la misma lógica que lo elevó empieza a corroer la posibilidad de que otros puedan juzgar su virtud con independencia, la selección del benevolente se convierte, en la práctica, en la selección del más hábil para parecerlo y la apariencia, como Maquiavelo sabía mejor que nadie, es precisamente lo que el poder necesita cultivar mientras prepara lo que la necesidad exigirá después.

Tampoco basta invocar una aristocracia natural o un reconocimiento espontáneo de la virtud, ese reconocimiento solo es posible dentro de una comunidad que todavía distingue con claridad entre el bien y el éxito, entre la excelencia y la eficacia, cuando esa distinción se ha perdido y en la partidocracia mexicana se ha perdido casi por completo, lo que se reconoce no es la virtud, sino la capacidad de aparentarla con más habilidad que los demás.

La segunda imposibilidad es la del consejo de sabios independientes, se nos dice que el dictador estará rodeado de personas sabias e independientes que actuarán como contrapeso y asesoren las grandes decisiones, pero la independencia de un consejo solo es real mientras el poder al que asesora no sea absoluto, Platón ya había visto el peligro en la corrupción de los guardianes, cuando el poder se concentra, la educación que debía preservar la virtud se convierte en un instrumento de lealtad, Aristóteles documentó una y otra vez cómo los consejos de las tiranías griegas dejaban de ser deliberativos para volverse ecos del tirano, Santo Tomás insistía en que el consejo debía estar respaldado por instituciones y costumbres que limitaran al rey desde fuera, no solo desde la buena voluntad de los consejeros, Maquiavelo es aún más directo, el príncipe necesita hombres que le digan la verdad, pero solo hasta el punto en que esa verdad no amenace su posición, más allá de ese punto, la verdad se vuelve peligrosa y el consejero, prescindible, en la práctica, el consejo independiente bajo un poder concentrado atraviesa tres fases predecibles, primero, la fase de la utilidad, los sabios son escuchados porque refuerzan la imagen de prudencia y moderación, segundo, la fase de la lealtad, aquellos que persisten en contradecir son desplazados por otros más dúctiles, la independencia se convierte en una virtud retrospectiva que se celebra en los que ya no están, tercero, la fase del coro, el consejo se transforma en un instrumento de legitimación, los dictámenes que coinciden con la voluntad del gobernante se publicitan como fruto de la sabiduría colectiva, los que discrepan se archivan o se reinterpretan, no hace falta invocar ejemplos contemporáneos lejanos, basta observar cómo, en cualquier concentración de poder, el lenguaje de la independencia se vacía de contenido a medida que el centro se fortalece, el sabio que permanece independiente bajo un dictador benevolente es, por definición, un hombre que aún no ha tenido que elegir entre su independencia y su seguridad, cuando llegue el momento de la elección, la independencia rara vez gana.

La tercera imposibilidad es la de la remoción inmediata y pacífica si el gobernante pierde las virtudes, se afirma que habrá instituciones capaces de removerlo en cuanto deje de ser virtuoso, pero esa afirmación contiene una contradicción lógica que no se resuelve con buena voluntad, si las instituciones tienen el poder real de remover al dictador de manera inmediata y sin violencia, entonces el poder no estaba verdaderamente concentrado, había ya un contrapoder efectivo y lo que se proponía no era una dictadura sino otra forma de régimen limitado, si por el contrario, las instituciones no tienen ese poder, entonces la remoción solo puede ocurrir por la fuerza, por la muerte o por una crisis que desborde al propio régimen, Platón no contemplaba un mecanismo pacífico de deposición del rey filósofo porque, en su esquema, ese rey no debía perder la virtud, si la perdía, la ciudad ya estaba perdida, Aristóteles reconocía que la tiranía se mantiene por la fuerza y se termina por la fuerza, Santo Tomás admitía el derecho de resistencia, pero lo trataba como último recurso, no como procedimiento ordinario, y siempre bajo la condición de que no produjera un mal mayor, Maquiavelo, por su parte, no se hace ilusiones, el príncipe que ha concentrado el poder no se deja remover por papeles ni por consejos, solo la fortuna adversa, la traición o la violencia lo desplazan, pretender que un dictador benevolente acepte de antemano un mecanismo de remoción inmediata es pedir que renuncie, en el momento de mayor poder, a la lógica misma del poder concentrado, es pedir que el león acepte de buen grado que le arranquen los dientes cuando alguien decida que ya no es virtuoso y la decisión de quién juzga la pérdida de la virtud vuelve a abrir el círculo, si el juicio corresponde al consejo, el consejo ya no es independiente, si corresponde a otras instituciones, esas instituciones debieron haber retenido un poder que la propuesta dice querer concentrar, si corresponde al pueblo en la calle, entonces se ha regresado a la misma democracia que se declaraba insuficiente, solo que ahora armada de una legitimidad más peligrosa porque se siente traicionada por el salvador que ella misma aclamó.

Estas tres imposibilidades no son defectos de detalle que puedan corregirse con un mejor diseño institucional, son nudos estructurales que aparecen cada vez que se intenta combinar la concentración absoluta del poder con la pretensión de virtud moral permanente y de control externo efectivo, Platón los resolvía inventando una ciudad imposible, Aristóteles los resolvía diluyendo la monarquía en el régimen mixto, Santo Tomás los resolvía subordinando al rey a un orden que lo trascendía, Maquiavelo los resolvía abandonando la pretensión de benevolencia moral como criterio rector de la política, la propuesta contemporánea no resuelve ninguno, quiere el lenguaje de los tres primeros y la eficacia del cuarto y al hacerlo se queda sin el realismo de ninguno.

Se citará a Porfirio, a Franco, a Pinochet, ninguno de ellos cumplió las tres condiciones que aquí se exigen, tuvieron poder concentrado y en momentos, resultados, no tuvieron virtud moral permanente, ni consejo independiente real, ni mecanismo de remoción pacífica, cuando el poder se concentró de verdad, la independencia del consejo desapareció y la remoción solo llegó por la muerte, la derrota o la crisis, el ejemplo histórico no prueba la posibilidad del dictador benevolente, prueba, una vez más, que el poder concentrado sobrevive sin la benevolencia o la abandona.

La partidocracia mexicana es imperfecta, sí, las selecciones disfrazadas de elecciones son reales, la oposición que a veces parece solo “opoficción” también es real, pero el remedio no puede ser otro mesianismo, el conservadurismo que se toma en serio a Platón, a Aristóteles, a Santo Tomás y también a Maquiavelo, no para imitarlo, sino para no ser ingenuo ante él, no busca el rey que nunca llega, busca algo más lento y más difícil, cuerpos intermedios vivos, instituciones que no dependan de un solo hombre virtuoso, vecinos que no esperen al salvador para organizar lo próximo y una libertad que no sea la del individuo sin raíces ni la del pueblo que se proclama dios, sino la libertad de vivir según la recta razón dentro de un orden que no se inventa cada mañana.

El dictador benevolente es la última versión del mismo sueño que ya nos ha costado demasiado, el sueño de que alguien, por fin, nos ahorre el trabajo de ser libres dentro de un orden imperfecto, y ese sueño, por más que cite a los antiguos, a los doctores y por más que ignore o edulcore a Maquiavelo, sigue siendo incapaz de producir otra cosa que no sea la espera infinita del hombre que nunca llega… o el hombre que llega y con el tiempo, deja de ser el que prometió ser.

El conservadurismo que se toma en serio a estos pensadores no espera al hombre que nunca llega, espera menos y exige más, vecinos que no renuncien a organizar lo próximo, parroquias y asociaciones que no se limiten a lamentar, instituciones intermedias que no entreguen su autonomía a cambio de prebendas y una oposición que deje de ser solo “opoficción”, eso no es espectacular, no cabe en un eslogan, pero es lo único que no termina pidiendo, una vez más, que alguien nos ahorre el trabajo de ser libres dentro de un orden imperfecto.

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