La soberanía que se mide en lo que ya no sale

En una cocina de cualquier colonia de la ciudad, donde la loza ya muestra el cansancio de los años y el radio sigue puesto en la misma estación de siempre, alguien escucha las cifras como quien recibe una cuenta que no pidió, ciento cincuenta y un mil barriles diarios de crudo mexicano cruzaron hacia el norte en la primera semana de junio. En el mismo lapso de 2024 fueron casi un millón, el número no es un error de contabilidad ni una tormenta pasajera. Es el signo de una decisión que se tomó hace años y que ahora se puede leer en los tanques que ya no se llenan igual.

El proyecto se llamó soberanía energética, en esencia consistía en retener el crudo dentro de las fronteras para procesarlo aquí y depender menos de la gasolina y el diésel que llegaban de fuera, la intención tenía una lógica que cualquiera entiende: ¿por qué vender la materia prima barata y comprar el producto terminado caro? El problema nunca estuvo en la pregunta, estuvo en la forma de responderla.

Porque retener el crudo sin haber resuelto antes la declinación de los campos, sin haber logrado que las refinerías funcionen con la regularidad y la rentabilidad que exige la competencia real y sin haber medido con honestidad cuánto cuesta cada barril procesado en casa, convierte la soberanía en una palabra que se repite mientras los ingresos se adelgazan, el Estado que prometía ser dueño de su energía terminó administrando una menor capacidad de generar los recursos que esa misma energía solía proveer y los que pagan impuestos —los changarros que abren temprano, las familias que sostienen el día a día sin subsidios clientelares— son quienes sienten, aunque sea de manera indirecta, que la cuenta no cierra como prometía.

Hay una paradoja antigua en esto, el poder que se concentra en grandes decisiones desde el centro suele justificar su tamaño con la protección de lo pequeño, sin embargo, cuando la gran decisión reduce los flujos que alimentan el erario, lo pequeño se queda con menos margen para resistir, la familia que educa a sus hijos, el negocio que genera empleos sin pedir favores, el barrio que mantiene su orden cotidiano, todo eso depende también de que el país no renuncie a los ingresos que antes obtenía de su principal recurso de exportación, no se trata de nostalgia por un modelo agotado. Se trata de notar que la sustitución de un ingreso real por una promesa de autosuficiencia futura tiene un costo que se paga en el presente y que recae, como siempre, sobre quienes no viven de la retórica, ideotas tomadas sobre las rodillas por quienes no entienden nada de economía

Los números de la EIA no mienten porque no tienen ideología que defender, muestran que la estrategia de priorizar el procesamiento doméstico —con la refinería de Dos Bocas ya operando y las rehabilitaciones en marcha— ha dejado menos crudo disponible para vender, al mismo tiempo, la producción total de hidrocarburos líquidos sigue rondando niveles que cualquier observador serio calificaría de estancados en lo bajo, el resultado es previsible: se exporta menos, se sigue importando combustible refinado y el balance fiscal pierde uno de sus soportes históricos, las refinerías del Golfo de Estados Unidos, que durante décadas estuvieron configuradas para el crudo pesado mexicano, comienzan a buscar otros proveedores, el mercado que no espera discursos, ya está ajustando sus cadenas de suministro.

Lo más delicado no es el dato en sí, lo más delicado es la distancia entre el lenguaje que se usa para describir la política y la realidad que esa política produce, soberanía suena a independencia y a control sobre el propio destino, cuando se traduce en menor capacidad de generar recursos propios y en la necesidad de seguir comprando fuera lo que no se logra producir con eficiencia dentro, la palabra se vuelve un signo que ya nadie lee con la misma confianza, el signo de los 151 mil barriles es, entre otras cosas, la constatación de que retener el crudo no equivale automáticamente a fortalecer la posición del país, a veces equivale a administrar una menor renta mientras se espera que la nueva infraestructura compense lo que se dejó de percibir.

Hay una forma de conservar que no consiste en aferrarse a lo que ya no rinde, sino en distinguir entre lo que merece ser defendido y lo que debe ser reformado con seriedad, el petróleo mexicano sigue siendo un activo, la capacidad de extraerlo con costos razonables, de refinarlo con eficiencia y de decidir con libertad a quién venderlo y a qué precio, también lo es, capacidad que no se construye solo con decretos ni con la voluntad de un gobierno que se declara dueño del subsuelo, se construye con inversión sostenida, con reglas claras que atraigan el capital, el conocimiento necesarios y con la honestidad de reconocer que los campos maduros declinan y que los nuevos proyectos tardan años en madurar.

Mientras tanto, en las cocinas y en los comercios de las colonias, la vida sigue midiendo la realidad con unidades más pequeñas: el precio del transporte, el costo de la despensa, la posibilidad de que el trabajo de cada día deje algo más que la mera supervivencia, esos son los lugares donde cualquier política energética termina por rendir cuentas, no en los anuncios, sino en lo que ya no llega porque se decidió que no saliera.

La pregunta que como un papel de estraza que el viento no se lleva del todo, es si ¿estamos dispuestos a seguir midiendo la soberanía por lo que retenemos o por lo que somos capaces de generar y defender con resultados concretos?, el crudo que ya no viaja nos está recordando, con la rudeza de los números, que las banderas no llenan los tanques ni sostienen los presupuestos familiares, solo lo hace al final, la capacidad de producir riqueza de verdad y de administrarla con la prudencia que exige quien tiene que responder ante los suyos.

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