El gigante que se desmorona y los pedazos que nadie reclama

En una fonda de barrio donde el arroz con leche todavía conserva el punto exacto de canela y la loza de las tazas ha perdido ya varios esmaltes, el televisor pequeño permanece encendido sin que nadie lo mire de verdad, alguien suelta, entre cucharada y cucharada, la frase que estos días circula como rumor de mercado: “Morena se está cayendo”, el parrillero asiente mientras pica cebolla morada, la mujer de la mesa del centro revisa por enésima vez si el mensaje del colegio ya llegó, y el señor de la esquina sigue contando —para quien quiera oírlo— que la pensión otra vez llegó tarde, la frase no levanta cabezas. Flota un instante, como el vapor de los frijoles y se disuelve en el rumor más antiguo de la calle: el de quien tiene que seguir abriendo el changarro aunque el partido de enfrente o el de junto se resquebraje.

Esa indiferencia no es apatía, es el signo más claro de que la posible descomposición de un poder que se presentó como total no abre, por sí sola, ningún espacio nuevo, cuando un gigante se construye sobre la promesa de que todo —la seguridad, la dignidad, el futuro de los hijos— depende de una sola voluntad centralizada y carismática, su eventual agrietamiento no libera automáticamente las energías contenidas. Libera, más bien, un vacío que ya estaba allí antes de que el gigante se inclinara: el vacío de una sociedad a la que se le enseñó a esperar soluciones verticales y a desconfiar de sus propias costuras pequeñas.

El problema no es únicamente que Morena muestre fisuras —internas, económicas, de sucesión o de credibilidad—. El problema es que la caída de un mito no genera, por arte de magia, el tejido que ese mito nunca cultivó. Durante años se insistió en que la redención vendría de arriba, de un programa, de una figura, de una transferencia masiva de recursos o de una consigna repetida hasta el cansancio. Mientras tanto, las costuras reales —la familia que decide qué hacer con el hijo que no encuentra trabajo digno, el vecino que organiza una vigilancia informal porque la patrulla no pasa, el tendero que sube o baja el precio según lo que la calle puede pagar— fueron tratadas como residuos del pasado o como obstáculos a la modernidad decretada. Cuando ese centro se agrieta, lo que queda expuesto no es un pueblo maduro y listo para otra cosa, sino un paisaje de lealtades pequeñas que fueron debilitadas precisamente por la misma lógica que ahora se desmorona.

Por eso la ausencia de oposición real vuelve la eventual caída irrelevante. No se trata de que falten partidos, candidatos o consignas. Falta algo más antiguo y más humilde: una fuerza que no prometa redimir desde el poder central, sino que se dedique a recomponer, con paciencia y sin reflectores, lo que solo se puede recomponer desde abajo y desde dentro. Una oposición que no traduzca modelos ajenos ni importe urgencias de otros calendarios, sino que huela a las banquetas donde se decide, cada tarde, si se abre o se cierra el negocio, si se manda al niño a la escuela de la esquina o se busca otra más lejos, si se presta el dinero al vecino o se guarda para la medicina de la madre.

El poder que se construye como espectáculo —incluso el que se disfraza de justicia histórica— tiene una fragilidad característica: cuando empieza a perder brillo, descubre que nunca penetró del todo en el tejido vivo. Quedan los programas sociales convertidos en costumbre, quedan los discursos convertidos en ruido de fondo, quedan las estructuras clientelares convertidas en inercia. Pero no queda, necesariamente, la capacidad colectiva de leer la propia realidad sin intermediarios que prometan resolverla de un plumazo. Y sin esa capacidad, cualquier relevo —por muy distinto que se presente— termina ocupando el mismo lugar vacío con otra retórica.

Quizá la pregunta que importa no sea cuánto falta para que el gigante termine de desmoronarse, sino si estamos dispuestos a recoger, uno a uno, los pedazos que sí importan: la responsabilidad cotidiana que no se delega, la familia que no se disuelve en consignas, la calle que no espera permiso para organizarse, el trabajo que no se mide solo por lo que el Estado transfiere. Esos pedazos nunca fueron materia de espectáculo. Por eso, cuando el espectáculo se agrieta, ellos siguen ahí, esperando —o no— que alguien se acuerde de que fueron, todo este tiempo, la única sustancia real sobre la que cualquier orden duradero podría levantarse de nuevo.

¿Y si el verdadero desmoronamiento no fuera el del partido que ahora flaquea, sino el de la costumbre de creer que la política grande puede sustituir, sin resto, a la política chiquita de cada casa y cada esquina? Esa costumbre, sí, lleva décadas resquebrajándose en silencio y su reconstrucción no cabe en una sola elección ni en un solo líder, requiere algo más lento, más terco y por eso mismo, más difícil de ver en las pantallas que ahora murmuran, en la fonda, que “ya se está cayendo”.

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