Uno anda por la ciudad y sin buscarlo, se topa con la frase en cualquier parte: en la fila del súper mientras la señora de adelante regatea el cambio y le dice al cajero que “así es la vida, hay que saber negociar”, o en la plática de la banqueta cuando el vecino que regresa del trabajo suelta, entre sorbo y sorbo de refresco, que “a veces hay que comprar un poco de apoyo para que las cosas caminen”, suena a cosa práctica, de gente que conoce cómo funciona el mundo, uno se queda callado un momento, porque la frase se parece demasiado a cuando el niño pequeño se pone terco en el mercado y la mamá le ofrece un chicle para que se calme, funciona por un rato, después el niño pide otro, otro y la mamá termina cargando más de lo que planeaba.
Y de ahí, porque la ciudad no te deja quedarte quieto, uno pasa a pensar en cómo esa misma operación se hace más grande y más cara cuando se trata de llegar al poder, porque así como en la vida se intenta comprar el cariño con regalos que duran lo que duran —el juguete nuevo que calla al niño en la fila del banco, la salida al cine que la esposa acepta después de una discusión—, en la política se intenta comprar el apoyo de quien tiene capacidad de mover gente, de parar avenidas, de hacer que las cosas se sientan en la banqueta, se le da algo y se le promete mucho —un puesto, una tolerancia, una ley, un guiño que nadie ve pero todos entienden— y a cambio se recibe presencia, aplausos en el momento preciso, la sensación de que ya no estás solo, pero eso no es amor, eso es conveniencia bien arreglada, con moño y todo.
Uno camina un poco más, pasa por la tiendita de la esquina donde el dueño anota en un cuaderno los fiados de la semana y le dice al cliente habitual “no te preocupes, ya lo arreglamos después”, y se acuerda de cómo ciertos grupos que saben hacer ruido han sido cortejados no por lo que piensan de la escuela o de los niños que van a ella, sino por lo que pueden ofrecer cuando conviene que la calle esté tranquila o cuando conviene que no lo esté, quien los corteja no se lleva un aliado que se quede cuando las cosas se pongan feas o cuando ya no haya nada que dar, se lleva un socio que cobra cada vez que se le antoja, porque la fidelidad no se compra en ninguna mesa, la fidelidad se construye con el tiempo, con la constancia, con la coherencia que no se negocia según el día, cuando se intenta comprar, lo que se lleva uno a casa es solo satisfacción mientras dure el arreglo, después cuando el beneficio se acaba o aparece otro que ofrece más, la relación se enfría o se vuelve regateo, como cuando el vecino que te prestó el carro te cobra el favor con otro favor más grande y ya no sabes cómo salir del círculo.
En la vida de todos los días pasa lo mismo, aunque sin reflectores ni discursos, la tía que regala perfumes caros para que la inviten más seguido a la casa y después se queja de que “nadie la visita si no lleva algo”, el papá que promete una pizza si los hijos terminan la tarea y descubre que la tarea se vuelve pretexto para pedir más pizza, el chofer del camión que le hace un descuento al pasajero de siempre y espera que ese pasajero lo defienda cuando alguien se queja del retraso, funciona un rato, después cuando ya no hay descuento que hacer ni pizza que prometer, la relación se vuelve lo que siempre fue: un intercambio que se mantiene mientras convenga, lo mismo pasa arriba, solo que las consecuencias pesan más y duran más, se compran aliados que duran lo que dura el favor y se pierde la posibilidad de que alguien camine junto a uno porque cree en lo mismo, no porque le conviene en ese momento.
Y así se sigue andando, ve las mamás que cierran temprano porque ya no alcanza para la cuota de la semana, los changarros que abren igual aunque todo les cobre algo, el puesto de tacos donde el dueño da “la de hoy por la de mañana” a los clientes fijos y se da cuenta de que el conservadurismo que todavía vale la pena —el que no se hace desde el aire acondicionado ni desde las oficinas que huelen a café caro— entiende que la lealtad que de verdad importa no se adquiere en ninguna negociación, se gana caminando la colonia, defendiendo lo que no se puede transar —la familia que educa antes que el Estado, la escuela que realmente enseña, el orden que permite abrir sin pedir permiso a nadie—, sin vender lo esencial para llegar un poco antes.
Comprar amor, aunque sea el de un grupo que mueve multitudes, es reconocer que no se tiene la fuerza de las ideas ni la autoridad de quien no ha debido nada, es conformarse con la satisfacción del poder prestado, en lugar de la fidelidad que solo da quien camina sin deudas pendientes.
Y al final, cuando uno regresa a casa o se queda un rato más en la banqueta viendo cómo los niños juegan a “yo te doy esto y tú me das aquello”, se da cuenta de que la lección más sencilla —y también la más dura— es que el amor que se compra deja de ser amor en el mismo instante en que se paga, se convierte en un arreglo que se deshace cuando ya no conviene, la fidelidad, en cambio, no tiene precio porque no se vende, se construye, despacio, con la constancia de quien prefiere la verdad incómoda a la transacción cómoda, que al final, siempre cobra más de lo que promete.
