Ambystoma mexicanum

La Ciudad de México atraviesa en estas semanas una operación de imagen de una intensidad poco vista, en la que avenidas, puentes, muros y unidades de transporte público han sido pintados de morado y cubiertos de figuras de ajolotes, bajo la etiqueta de una nueva identidad visual que el gobierno de Clara Brugada impulsa de cara al Mundial 2026. Lo que las autoridades presentan como una estrategia de renovación urbana y apropiación simbólica del territorio, una parte creciente de la ciudadanía ha empezado a nombrar, con fastidio, como ajolotización.

El ajolote es un símbolo cargado de sentido, tanto por su extraordinaria biología como por su profundidad cultural, se trata de una especie neoténica que conserva rasgos larvales durante toda su vida adulta y que posee una capacidad de regeneración única entre los vertebrados, pues puede reconstruir extremidades completas, médula espinal, tejido cardíaco e incluso partes del cerebro, su nombre náhuatl, āxōlōtl, lo vincula directamente con Xolotl, deidad asociada a la dualidad, la transformación y el tránsito entre mundos, lo que lo convierte en una figura que encarna resistencia, cambio y la posibilidad de renacer desde la adversidad, al mismo tiempo, su condición actual lo vuelve un testigo incómodo: endémico de los lagos del Valle de México, sobrevive hoy en los últimos canales de Xochimilco al borde de la extinción, afectado por la contaminación, la introducción de especies invasoras y la pérdida prolongada de su hábitat.

Convertirlo en un motivo decorativo repetido hasta el cansancio, aplicado de forma masiva sobre infraestructura pública, no lo eleva ni lo resignifica: lo reduce a elemento de campaña visual, lo mismo ocurre con el color morado, que pierde densidad cuando se convierte en fondo uniforme de una operación de branding más que en expresión coherente de políticas orientadas al cuidado y a la justicia.

Lo más relevante, sin embargo, no es solo el exceso estético, sino la manera en que esta estrategia revela una distorsión de prioridades, la Ciudad de México enfrenta problemas estructurales graves que no se resuelven con pintura ni con figuras simbólicas: un sistema de drenaje que se vuelve inoperante por el hundimiento diferencial del suelo, una crisis de abastecimiento y calidad del agua que se arrastra desde hace décadas, una movilidad que colapsa cotidianamente, niveles de inseguridad que afectan de forma desigual a las zonas más vulnerables y una profunda brecha territorial que deja a muchas colonias y pueblos originarios sin acceso digno a servicios básicos, preparar la ciudad para recibir un evento global como el Mundial es una tarea legítima, pero esa preparación requiere obras de fondo, mantenimiento real de la infraestructura existente y políticas que mejoren las condiciones de vida de quienes habitan la ciudad todos los días, no una capa de color que puede durar lo que dure el torneo o la próxima temporada de lluvias.

Cuando la energía visible del gobierno se concentra más en construir una imagen de transformación que en atender las urgencias que afectan directamente a millones de personas, el mensaje que termina por transmitirse es que la apariencia importa más que los resultados tangibles, el ajolote, en su sentido más profundo, representa precisamente lo contrario: una forma de regeneración que exige condiciones adecuadas, tiempo y transformaciones que van mucho más allá de la superficie, utilizar su figura como recurso decorativo mientras se postergan las intervenciones estructurales que la ciudad necesita no lo honra, sino que lo reduce a un adorno que contradice lo que ese mismo símbolo representa.

La CDMX requiere una transformación que esté a la altura de su complejidad y de sus urgencias reales, hasta que esa transformación deje de ser principalmente visual y se convierta en cambios concretos en el drenaje, el agua, la movilidad y la seguridad, seguiremos teniendo una ciudad llena de ajolotes pintados y muy poca de la regeneración profunda que sus habitantes necesitan.

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