¿Qué demonios está pasando en mi querido México?
Me pregunto con una indignación que me quema las entrañas y una tristeza que me ahoga hasta dejarme sin aliento: ¿qué carajos le está pasando a este país que amo con cada gota de sangre que corre por mis venas, con cada recuerdo de infancia, con cada sueño que alguna vez tuve de un México mejor?, hoy las pirámides de Teotihuacán —el corazón mismo de nuestra grandeza ancestral, el símbolo de lo que fuimos como civilización y de lo que todavía podríamos ser como nación— se convirtieron en un circo grotesco, repugnante y humillante de odio irracional, de terror barato, de violencia salvaje y de un rencor que ya no tiene nada de humano, un desquiciado, envenenado hasta la médula por un resentimiento tóxico que alguien se encargó de cultivar con saña durante años, gritaba a turistas europeos con voz de mal actor de serie barata de tercera: “¡Vosotros que habéis venido de la puta Europa no vais a regresar, si os movéis os sacrifico!”.
Y seguía vomitando su bilis más baja, más patética y más enfermiza: “tú, estúpida… no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda… A la muerte no se la mira directamente, cabrón… rápido…”, espectáculo repugnante de rencor fabricado, de teatro macabro y de odio puro mientras familias enteras —padres, madres, niños pequeños que apenas entendían lo que estaba pasando— quedaban paralizadas de puro pánico, convertidas en rehenes de un odio que ya no distingue entre historia y barbarie, entre orgullo legítimo y locura destructiva.
Pero lo que realmente nos humilla como nación, lo que desgarra el alma hasta dejarla hecha trizas y sangrando, son las voces de los propios rehenes, no era el agresor, eran ellos: turistas inocentes que solo buscaban un recuerdo, madres aterrorizadas protegiendo a sus hijos, niños que solo querían una foto. “Libéranos, señor, libéranos…” y el desgarrador, el infantil, el absolutamente devastador “no te muevas, mamá”, suplicas desnudas, desesperadas, que resuenan como una acusación directa, implacable y dolorosísima contra todos nosotros, ahí quedó expuesta, en carne viva y sin filtros, la tragedia que ya no podemos seguir ocultando bajo el tapete cómodo de “fue un loco aislado” o “cosas que pasan”.
¿Cómo hemos caído tan bajo? ¿Cómo permitimos que este odio cancerígeno se instalara en el centro mismo de nuestra identidad nacional? Este ataque no brotó de la nada, se ha cultivado durante años, con deliberada maldad, gota a gota, en mentes frágiles, en corazones envenenados y en almas perdidas, la culpa eterna por la conquista, la victimización histórica que nunca termina ni se agota, la obsesión enfermiza de pintar todo lo extranjero como imposición colonial, como enemigo mortal, como mancha que hay que borrar con sangre si es necesario, todo ese discurso tóxico, venenoso y manipulador que muchos seguimos minimizando con una vergüenza que ya no deberíamos permitirnos —“es exagerado”, “son solo cuatro locos en redes”, “no pasa nada, es cosa de redes”— pero que sí permea, sí infecta, sí pudre y termina produciendo monstruos de carne y hueso, un ataque directo, sistemático y sin piedad a los valores que nos hicieron grandes como pueblo: el respeto sagrado a la vida, la hospitalidad legendaria, la gratitud profunda por nuestra historia sin convertirla jamás en arma de odio ciego, es la destrucción deliberada y continua de todo aquello que nos unía como mexicanos y es sobre todo, un ataque brutal, cobarde y calculado al núcleo familiar, ese último refugio sagrado que ahora se desmorona día con día bajo el peso asfixiante del resentimiento, la pobreza emocional, el veneno ideológico que se infiltra en las casas, en las cenas familiares, en las conversaciones de sobremesa y en las pantallas que ya no dejan espacio para el amor, la unidad y la paz.
A esto se suman, con una crueldad calculada, cínica y criminal que raya en la traición a la patria, las divisiones artificiales que los políticos han sembrado y azuzado durante años con una saña que no tiene perdón, enfrentando a hermanos contra hermanos cuando todos somos mexicanos de la misma sangre, del mismo suelo y de la misma historia, dividiendo al país entre “nosotros y ellos”, entre “buenos y malos”, entre “progresistas iluminados y retrógrados oscurantistas”, como si la sangre que corre por nuestras venas no fuera exactamente la misma, como si el dolor de un mexicano no doliera igual que el de otro, sinsentido absoluto, repugnante y suicida de esta discordia fratricida que nos está matando por dentro más rápido que cualquier enemigo externo, ya no discutimos ideas: nos odiamos con saña, ya no debatimos: nos cancelamos, nos linchamos en redes y en la calle, ya no construimos país: lo despedazamos entre todos con una alegría perversa mientras los políticos se reparten el botín, las canonjías y las cámaras de televisión, una división que destruye familias, que rompe amistades, que envenena generaciones enteras y que nos deja más débiles, más solos y más expuestos a la barbarie que hoy vimos en Teotihuacán.
Y no contentos con nuestro propio veneno casero, hemos importado los peores trastornos de otras latitudes: las masacres estilo Columbine, esa violencia fría, sin alma, sin propósito y sin humanidad que antes veíamos horrorizados como cosa de “otros países lejanos”, ahora se mezclan con nuestro propio resentimiento histórico manipulado y producen esta barbarie absurda, grotesca y sin sentido, en pleno día, frente a niños y familias, en uno de los lugares más representativo de nuestra milenaria historia.
Y todo esto no ocurre escondido en la oscuridad, sucede a plena luz del día y a la vista del mundo entero, como un espectáculo bochornoso, vergonzoso y transmitido en vivo que mancha para siempre el nombre de México ante el planeta, pero ese mismo sinsentido se replica, silencioso, mucho más letal y mil veces más frecuente, en los caminos perdidos y olvidados del país donde se mata, se desaparece y nadie investiga, nadie recuerda, nadie hace absolutamente nada, se replica en las calles de nuestras ciudades grandes y pequeñas, donde la vida humana ya no vale absolutamente nada porque nadie la respeta, porque la muerte se ha vuelto rutina diaria, espectáculo mediático y estadística fría y la indiferencia se ha convertido en el escudo más cómodo y cobarde, la pérdida total, absoluta y posiblemente irreversible de la cohesión social, la destrucción sistemática, continua, premeditada y sin tregua de los valores que nos hicieron pueblo noble y grande, es el ataque frontal, descarado y sin piedad al núcleo familiar, ese último bastión que ahora se desmorona bajo el peso del rencor cultivado, de la ideología divisiva, de la ausencia absoluta de autoridad moral y de un Estado que parece más interesado en mantener el control que en sanar las heridas.
Mientras tanto, la respuesta oficial ofrece un espectáculo lamentable, surreal y casi insultante, y a la par elementos de la Guardia Nacional jugándose la vida moviéndose entre los hallazgos arqueológicos como si fueran extras de una película, disparando hacia lo más alto de la pirámide en una secuencia que parece sacada de una producción barata de bajo presupuesto, pero que es la cruda, costosa, sangrienta y dolorosísima realidad que cobra vidas inocentes y se paga con sangre mexicana y extranjera por igual, el resentimiento histórico, torcido hasta el delirio más enfermizo y autodestructivo, mancha ahora las mismas piedras milenarias que deberían ser faro de civilización, de orgullo y de esperanza.
Esto ya no es tolerable, ya no es “un incidente aislado”, ya no es algo que podamos seguir justificando o minimizando, es la prueba irrefutable, dolorosa y humillante de que México se está descomponiendo por dentro, de que estamos perdiendo el alma como nación, de que estamos dejando que nos arrebaten todo lo que nos hacía únicos y grandes, México no es esto, México es calidez que abraza sin pedir nada a cambio, es “pásele compadre” dicho con el corazón, es hospitalidad legendaria que se hereda de generación en generación, es el país que siempre ha recibido al mundo con los brazos abiertos, no con amenazas de muerte, no con súplicas de terror y no con esta vergüenza que hoy nos expone ante el planeta.
¿Cuántos “libéranos, señor” más tendremos que escuchar con el corazón encogido? ¿Cuántos hijos rogando “no te muevas, mamá” con la voz rota por el miedo? ¿Cuántas vidas inocentes más se perderán —a la vista del mundo o en la sombra de los caminos olvidados— antes de que reaccionemos con la seriedad, la firmeza, la urgencia y la honestidad que este colapso nacional exige? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que se siga atacando a los valores que nos hicieron grandes? ¿Hasta cuándo vamos a ver cómo se destruye la familia mexicana sin levantar un dedo? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que los políticos nos dividan como si fuéramos ganado electoral y no hermanos de una misma patria herida?
No podemos seguir permitiendo que un pasado manipulado, retorcido y usado como arma sirva de pretexto para sacrificar el presente y el futuro, no podemos seguir viendo cómo se erosiona nuestra unidad, nuestra hospitalidad y nuestro sentido de comunidad sin que nos duela en el alma, es hora —ya es urgentísimo, ya es cuestión de supervivencia nacional— de recuperar a mi querido México: el que une en lugar de dividir, el que honra su historia sin convertirla jamás en arma de odio, el que protege a sus visitantes y, sobre todo, protege a sus propios hijos con uñas y dientes, el México que defiende la vida, la familia y los valores compartidos como lo más sagrado que tenemos.
Porque si seguimos por este camino de destrucción, de odio y de descomposición, no quedará nada digno de ser llamado patria, solo ruinas, rencor, silencio vergonzoso y un vacío que nadie podrá llenar. Yo como mexicano que lleva este país en la sangre, en el alma y en cada latido, me niego rotundamente a aceptar este rumbo de autodestrucción, me niego a callar mientras se ataca todo lo que nos hace mexicanos, me niego a ver cómo se desmorona la familia, se pisotean los valores y se divide al pueblo sin hacer nada. ¿Y tú? ¿Hasta cuándo vamos a seguir callando? ¿Hasta cuándo? Es hora de despertar, es hora de gritar, es hora de recuperar México.
