Mientras el agua caía con fuerza sobre el Zócalo y el granizo repiqueteaba en los parabrisas de Reforma, no pude evitar detenerme un momento en la ventana, amo esta ciudad como se ama a una familia grande y complicada: con orgullo, con exigencia y con la certeza de que sus defectos no la hacen menos nuestra, pero hoy, la lluvia no es solo clima; es un espejo, nos muestra lo que funciona y sobre todo, lo que sigue fallando y en lugar de culpar al cielo, como hace a veces la narrativa oficial, conviene mirar hacia abajo, a la tierra que pisamos y a las decisiones que tomamos como sociedad.
Las alertas de Protección Civil eran claras desde anoche: lluvias intensas, posible granizo, riesgo de encharcamientos y llegaron. El Operativo Tlaloc se activó, los bomberos y policías salieron a las calles y miles de capitalinos ajustamos nuestros planes: escuelas que cerraron temprano, negocios que perdieron horas de venta, familias que recogieron agua con cubetas en colonias enteras, nada nuevo dirán algunos, pero precisamente esa normalización es el problema, porque detrás de cada inundación hay una historia de orden roto: drenajes que no se mantienen, vialidades que se diseñan sin pensar en el largo plazo y una cultura de la improvisación que termina cobrando factura en tiempo, dinero y sobre todo, en tranquilidad de las familias.
Aquí está la contradicción que vale la pena señalar con respeto pero con claridad, se nos habla constantemente de una “transformación” que supuestamente ha modernizado la capital, se publicitan obras, se anuncian programas sociales y se presume control, sin embargo, cada temporada de lluvias revela lo mismo: la misma vulnerabilidad de siempre, el mismo caos vial que paraliza la economía, la misma sensación de que lo urgente (un bache, un desazolve, una pipa de agua) compite con lo mediático. ¿Dónde está la planificación responsable que promete el discurso dominante? ¿Por qué, en una ciudad que presume de ser vanguardia, seguimos dependiendo de la buena voluntad de los vecinos y de la improvisación de las autoridades locales para sacar el agua de las calles?
No se trata de minimizar la fuerza de la naturaleza, sería necio, pero tampoco es honesto usar el clima como excusa universal para evadir responsabilidades que sí dependen de nosotros, la CDMX no es víctima pasiva del cielo; es una metrópoli que genera el 17% del PIB nacional, que recibe millones de turistas al año y que alberga a más de nueve millones de habitantes, su vitalidad económica y cultural no es un accidente: es el resultado de generaciones que trabajaron, invirtieron y crearon riqueza. Pero esa vitalidad se erosiona cuando el orden público se debilita, cuando la infraestructura se descuida y cuando la libertad responsable —la que exige cumplir reglas básicas de convivencia— se sustituye por discursos que priorizan la imagen sobre la gestión.
Como empresario que ha creado empleo en esta ciudad durante muchos años, lo veo todos los días, un restaurante en la Roma que cierra tres horas por inundación pierde no solo ventas, sino la confianza de sus trabajadores y clientes, una familia en Iztapalapa que pasa la noche sacando agua de su sala ve truncada su rutina de esfuerzo diario, un taxista que se queda varado en Periférico pierde el sustento de ese día, no son números en un informe; son vidas concretas que merecen un gobierno que piense en el bien común antes que en la narrativa.
Por eso propongo, con humildad pero con convicción, tres líneas de acción prácticas que respeten la dignidad de cada persona y fortalezcan el tejido social:
Primero, un pacto por la infraestructura real, más allá de colores partidistas, Alcaldes, Congreso local y sociedad civil deben sentarse a revisar, de una vez por todas, el mantenimiento preventivo de drenajes y vialidades, no se trata de más presupuesto tirado a la improvisación, sino de rendición de cuentas clara: auditorías trimestrales públicas y sanciones reales a quien no cumpla, la libertad responsable exige que quien administra recursos públicos rinda cuentas como cualquier ciudadano.
Segundo, poner a la familia en el centro de las políticas de protección civil, no como slogan, sino como prioridad, programas de apoyo inmediato a hogares vulnerables, incentivos fiscales para quienes instalen sistemas de captación de agua en comercios, en viviendas y una red vecinal organizada que no dependa solo del gobierno, porque la verdadera resiliencia nace del sentido de comunidad, no del asistencialismo que despersonaliza.
Tercero, recuperar el principio de autoridad con rostro humano. Orden no es represión; es el marco que permite que cada quien pueda vivir su vida sin que la negligencia ajena la interrumpa, eso implica reforzar la coordinación entre SSC, Protección Civil y Alcaldías, pero también educar en la corresponsabilidad: desde no tirar basura en las coladeras hasta exigir que las obras se terminen a tiempo y sin corrupción.
Sé que estas propuestas suenan sencillas, lo son, precisamente porque el sentido común no necesita de grandes ideologías; necesita de voluntad y de honestidad intelectual y aquí radica otra contradicción de la narrativa dominante: se nos vende un discurso de “progreso inclusivo” mientras se tolera el desorden cotidiano que más afecta a los que menos tienen, la izquierda que tanto critica el “neoliberalismo” termina practicando un neoliberalismo de la negligencia: dejar que el mercado informal y la improvisación resuelvan lo que el Estado prometió resolver.
No pretendo tener todas las respuestas, por eso invito al diálogo plural: a los que piensan distinto, a los que gobiernan hoy y a los que aspiran a gobernar mañana, la CDMX no es propiedad de un partido ni de una tribu; es patrimonio de todos los mexicanos que la habitamos, la visitamos y la soñamos, su grandeza histórica —de Tenochtitlán a la metrópoli moderna— siempre ha radicado en su capacidad de integrar, de ordenar el caos y de construir sobre lo sólido.
Hoy, mientras escampa y la ciudad vuelve a su pulso, miro las calles mojadas y pienso en las madres que mañana llevarán a sus hijos a la escuela sorteando charcos, en los empresarios que perderán ventas pero seguirán pagando nómina, en los jóvenes que merecen una capital donde el esfuerzo valga la pena, esa es la CDMX que amo: imperfecta, pero capaz de grandeza cuando prioriza la vida, la familia y el orden que hace posible la libertad verdadera.
No es momento de odio ni de polarización estéril, es momento de actuar con la cabeza fría y el corazón puesto en el bien común, porque México no se construye desde arriba con slogans; se construye desde abajo, con responsabilidad compartida y con el orgullo sereno de quien sabe que esta ciudad, a pesar de todo, sigue siendo el corazón palpitante de nuestra nación.
Que la lluvia de hoy nos deje, al menos, esa lección clara y que mañana, con el sol o sin él, sigamos trabajando para que la CDMX sea el ejemplo que México merece.
