Brasil y México: cuando el árbitro juega para el poder

Lula ganó en Brasil con la ayuda de un juez que fue su abogado, y su rival no reconoce el resultado. En México, la presidenta del INE renuncia en medio de un escándalo de corrupción. Ambos casos dejan la misma lección.

Este domingo, Brasil reeligió a Luiz Inácio Lula da Silva. Con el conteo terminado, el Tribunal Superior Electoral le da 51.78% de los votos válidos, unos 64.25 millones, contra 48.22% de Flávio Bolsonaro, unos 59.8 millones. La diferencia es de 4.4 millones de votos en un país de casi 159 millones de electores.

La izquierda latinoamericana ya celebra. Habla de la «victoria de la democracia» y de la «derrota del fascismo». Conviene recordarle lo que calla.

Un presidente que perdió primero

Hace tres semanas, en la primera vuelta del 4 de octubre, Lula perdió. Quedó en segundo lugar con 45.16%, frente al 47.03% de su rival.

Lula tenía el presupuesto, los programas sociales, la maquinaria del gobierno y el aplauso de casi toda la prensa internacional, y aun así no pudo ganar en la primera ronda. Más brasileños votaron contra él que a su favor. Ese es el verdadero estado de ánimo de Brasil, y ninguna fiesta en la Avenida Paulista lo va a borrar.

El reloj y el juez amigo

La segunda vuelta trajo un episodio sin precedentes.

Ante reportes de falta de transporte público en Salvador y otras ciudades de Bahía, la campaña de Lula pidió al Supremo Tribunal Federal ampliar la votación hasta las siete de la noche en todo el país. El caso le tocó al ministro Cristiano Zanin, que concedió la ampliación nacional poco después de las cinco de la tarde, cuando muchas casillas ya habían cerrado. Después tuvo que acotar su propia decisión para que solo aplicara en las casillas que seguían abiertas.

¿Quién es Cristiano Zanin? Fue el abogado personal de Lula durante la Lava Jato, el mayor escándalo de corrupción de la historia brasileña. En 2023, ya como presidente, Lula lo nombró ministro del Supremo. Es decir, el abogado del candidato terminó resolviendo, el día de la elección, una petición de la campaña de su antiguo cliente.

El propio presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, lo reconoció: «Nunca en la historia del TSE hubo una prórroga» del horario de votación.

Puede ser que todo resulte legal, pero la legalidad no basta. Una elección también necesita parecer imparcial, y cuando un juez decide a favor de quien lo nombró y a quien defendió por años, la sospecha no es paranoia. Es sentido común.

El método

Ese es el método de la izquierda en el poder. No necesita robar urnas cuando controla a quienes las cuentan, a quienes las vigilan y a quienes resuelven las impugnaciones. La democracia queda como fachada. Hay votos, hay casillas y hay conteo, pero el árbitro ya eligió equipo.

Es el mismo camino que ya vimos en Venezuela, en Nicaragua y en Bolivia. Primero se capturan los tribunales, luego se ajustan las reglas y al final se gana «democráticamente».

Una elección que no termina en las urnas

Al cierre del conteo, Flávio Bolsonaro dijo que no reconoce el resultado y que pedirá la anulación de la elección.

«Es imposible reconocer el resultado de las elecciones en el contexto en que ocurrieron estas cosas», declaró. «No voy a aceptar que la regla del juego se haya cambiado en pleno juego, una vez más, por los amigos de Lula en el Supremo Tribunal Federal.»

Según Bolsonaro, Zanin pasó por encima de la justicia electoral y rompió la igualdad entre los votantes de distintos estados. Además, dejó una pregunta sin respuesta: cuántos votos se perdieron en las casillas que ya habían cerrado cuando llegó la orden.

Hay que ser justos con los hechos. Horas antes, la campaña de Bolsonaro también había pedido ampliar el horario en 17 ciudades del sur por las lluvias. Los presidentes del Supremo, del Tribunal Electoral, del Senado y de la Cámara ya reconocieron el triunfo de Lula. Pero una cosa es pedir más tiempo para una zona inundada, y otra muy distinta que el exabogado del presidente candidato amplíe la votación en todo el país, después de las cinco de la tarde, a petición de su antiguo cliente.

El resultado es el peor posible para cualquier democracia. Casi 60 millones de brasileños votaron por un candidato que hoy dice que la elección no fue limpia. Lula gobernará con la mitad del país convencida de que el árbitro le ayudó a ganar, y ninguna victoria vale ese costo.

Mientras tanto, en México

Aquí sabemos de qué hablamos. El mismo domingo de la elección brasileña, Guadalupe Taddei anunció que este lunes 26 de octubre presentará su renuncia como consejera presidenta del INE ante la Cámara de Diputados.

Se va tras una semana de revelaciones sobre sus vínculos con empresas proveedoras del instituto, y con una investigación de oficio abierta por la Auditoría Superior de la Federación. Un día antes había dicho que se quedaba. El propio INE publicó su renuncia, la borró y la volvió a subir. Así de sólido está el árbitro que debe organizar las elecciones federales de 2027, cuyo proceso arrancó el 10 de septiembre.

En su mensaje, Taddei llama «montajes» y «filtraciones» a los señalamientos en su contra, y se despide diciendo que «las personas cumplimos ciclos, las instituciones permanecen». Pero las instituciones no permanecen solas. Permanecen si las cuidan personas íntegras e independientes, y dejan de servir cuando se llenan de lealtades.

La pregunta que importa ahora no es por qué se va, sino quién llega en su lugar y a quién le va a deber el puesto.

Los demócratas de ocasión

Mañana veremos a las celebridades de siempre, desde sus casas en Madrid y Los Ángeles, decir que en Brasil «venció la democracia». Llamarán «fascistas» a los casi 60 millones de brasileños que votaron distinto, como si medio país fuera un enemigo.

Para ellos, la democracia solo existe cuando gana su candidato. Si pierde, es fraude. Si gana con un juez amigo moviendo el reloj, es fiesta.

Lo que queda

Brasil queda partido a la mitad, con un candidato derrotado que no acepta el resultado y un presidente de 80 años que estará en el poder hasta 2030. Más de 30 millones de brasileños, el 19% del padrón, ni siquiera fueron a votar, y otros 4 millones anularon su voto o lo dejaron en blanco.

México tiene un árbitro electoral descabezado por un escándalo de corrupción, a meses de una elección federal.

La lección es la misma en los dos países. Sin árbitros independientes, el voto deja de ser una decisión y se vuelve una ceremonia. Y cuando los ciudadanos dejan de creer en quien cuenta los votos, la democracia ya empezó a morir, aunque las urnas sigan abiertas.

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