En una casa cualquiera de la ciudad, dos adultos pueden discutir con fuerza por el dinero que no alcanza o por el hijo que llegó tarde. La voz sube y el tono se endurece, pero algo queda: un «con todo respeto», un «déjame terminar», la conciencia de que al otro lado de la mesa hay una persona y no un obstáculo. A veces ni siquiera se dice; se nota en lo que se calla. La educación no se quita como el saco al entrar. Se lleva puesta incluso cuando la puerta se cierra y nadie más escucha.
Por eso resulta tan elocuente lo ocurrido el 19 de septiembre en un salón pequeño del aeropuerto de Ciudad Juárez. Allí, a solas, la presidenta de la República y la gobernadora de Chihuahua pasaron entre ocho y diez minutos reclamándose a gritos. No es una filtración anónima ni la interpretación de un tercero: ambas lo han reconocido. «Levantamos la voz en algún momento, sí, las dos», dijo la presidenta en su mañanera. «Nos levantamos la voz», contó la gobernadora. El fondo era grave: la entrada de agentes extranjeros sin autorización federal, la responsabilidad de un exfiscal, la seguridad de un estado y acusaciones cruzadas de traición a la patria. Nada de eso justifica el tono. El cargo no convierte el desacuerdo en derecho a gritar. La gravedad del asunto exige más contención, no menos.
Cada una tiene su versión de quién empezó y de qué se dijo. No hace falta resolverlo. Lo confirmado es el grito mutuo en un recinto cerrado, entre dos mujeres que representan instituciones, no a sí mismas. Y eso basta. La educación y el trato no son escenografía para las cámaras ni un protocolo que se activa solo en público. Si se pierden cuando no hay testigos, es que nunca estuvieron. El carácter no se reserva para el podio. Se manifiesta precisamente cuando nadie graba, cuando el otro es solo el otro, cuando el poder no necesita lucir bien.
Hay una paradoja vieja en esto. A quien más autoridad ostenta, más se le pide que la sostenga con formas. No por vanidad, sino porque la autoridad sin mesura se vuelve simple fuerza, y la fuerza sin forma acaba pareciéndose demasiado a lo que pretende ordenar. En las colonias se entiende sin necesidad de tratados: el tendero que discute con el proveedor no lo insulta delante del empleado; la vecina que reclama el ruido baja la voz cuando sale el niño. No son actos de debilidad. Son el reconocimiento de que la civilidad es el hilo que mantiene unidos los espacios pequeños y, por extensión, los grandes. Cuando ese hilo se rompe en la intimidad del poder, la sociedad no recibe un ejemplo de firmeza. Recibe la confirmación de que las reglas cambian según quién las aplique.
Se dirá que la política es áspera, que los tiempos no dan para cortesías, que hay asuntos de Estado más urgentes que el tono de una conversación. Es cierto que hay urgencias. Precisamente por eso revela tanto que, en el momento privado en que se discuten, el recurso sea el grito y el reproche personal. La civilidad no es un adorno que se añade después de resolver los problemas. Es una de las condiciones para discutirlos sin que el interlocutor deje de serlo. Perderla en la sala cerrada no es un desliz menor. Es señal de que el comportamiento público y el privado ya no coinciden, y de que la educación se ha vuelto, para algunos, una estrategia y no una disposición permanente.
Al final no queda la versión exacta de cada frase. Queda la imagen de una puerta que se cierra y de lo que ocurre detrás. En las casas de la ciudad, esa puerta todavía guarda, casi siempre, un resto de forma. En el poder, a veces ya no. Y cuando la educación se deja en el perchero incluso en la intimidad, no solo se pierde el trato. Se pierde la posibilidad de que el poder se ejerza como algo distinto de la mera voluntad.
