Hace unas semanas, un empleado de mi empresa llegó tarde y con los ojos rojos. Me contó que había pasado la noche en urgencias de un hospital público porque su hijo de seis años ardía en fiebre. No se sentó en toda la noche. Cargó al niño contra el pecho, le cambiaba el trapo húmedo de la frente y miraba la pantalla que llamaba por número, nunca por nombre. A su lado, me dijo, una señora rezaba el rosario en voz baja por un esposo al que no la dejaban ver. Cerca de las tres de la mañana los atendió una doctora joven, cansada, que le habló primero al niño y después al expediente. La fiebre bajó. Antes de volver a su lugar, mi empleado me dijo algo que no he olvidado: que esa noche entendió lo que vale una persona cuando la ve cargando a otra.
Pensé en san Lucas, cuya fiesta celebramos este domingo 18 de octubre. San Pablo lo llama «el médico querido», y un médico sabe lo que es una sala de espera. Sabe que el dolor no llega en orden y que la primera medicina es que alguien te mire. Dante lo llamó el escriba de la mansedumbre de Cristo, y tenía razón. Lucas no escribió un tratado sobre la misericordia. La contó con nombres, con pueblos y con personas concretas.
Sólo él nos cuenta que Jesús se encontró en Naín con el entierro del único hijo de una viuda. Nadie le pidió nada. Lucas escribe que, al verla, «tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores». Primero la compasión y después el milagro. Dios no empieza por el trámite, empieza por la persona.
Sólo Lucas nos presenta a la pecadora que llora sobre los pies de Jesús en casa de un fariseo, y a Zaqueo, el recaudador que se sube a un árbol para verlo pasar y al que Jesús llama por su nombre. Y sólo él reúne en un mismo capítulo, el quince, las tres parábolas de lo perdido: la oveja, la moneda y el hijo que se fue de casa. Cuando el hijo vuelve, «estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió». Un hombre respetable de aquella época no corría por la calle. Este padre sí. No espera a que el hijo termine de disculparse. Lo abraza y le hace una fiesta.
También es de Lucas el buen samaritano. Un abogado le pregunta a Jesús quién es su prójimo, como quien pide un reglamento. Jesús le contesta con un herido en el camino, dos hombres religiosos que pasan de largo y un extranjero que se detiene, lo cura, lo lleva a una posada y paga por él. Al final la pregunta cambia: ya no es quién es mi prójimo, sino quién se hizo prójimo. El prójimo no se define, se ejerce.
Hoy vivimos rodeados de ventanillas, padrones y programas que prometen atendernos. No desprecio el orden; una ciudad tan grande necesita oficinas, y hay funcionarios que hacen más de lo que les pagan. Pero el Estado administra, no abraza. Puede abrir un expediente, pero no puede correr al encuentro de un hijo. Cuando un gobierno o un partido pide la confianza que sólo se le debe a Dios, acaba pareciéndose a los que pasaron de largo en el camino.
La ternura sucede en lo pequeño. En la familia, en la fonda que fía hasta el viernes, en la parroquia que da de comer sin pedir credencial, en el trabajo donde se le dice a un padre que se vaya tranquilo con su hijo. Eso no sale en las estadísticas, pero es lo que sostiene a una ciudad.
Lucas también nos dejó la infancia de Jesús: la Anunciación, el Magníficat y aquel pesebre, «porque no tenían sitio en el alojamiento». La primera escena de la vida de Cristo es una familia a la que nadie le abrió la puerta. Y en la cruz, sólo Lucas recoge el «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» y la promesa al buen ladrón: «hoy estarás conmigo en el Paraíso». Hasta el final, Dios sale a buscar lo que estaba perdido.
Propongo algo sencillo para este domingo: que en cada casa alguien lea en voz alta el capítulo quince de san Lucas, y que cada uno diga con quién se identifica, si con la oveja, con el hijo que se fue, con el hermano que no quiere entrar a la fiesta o con el padre que corre. Y que el lunes, en el trabajo o en la calle, cada quien llame por su nombre a alguien que suele ser sólo un número.
No cambiaremos el país con eso, dirá alguien. Tal vez. Pero los discursos tampoco lo han cambiado, y un abrazo a tiempo sí cambia una vida. La ternura de Dios no llega por decreto. Llega corriendo.
