Las luces que iluminan la calle y no el camino

El lunes temprano, en la esquina de mi oficina, una cuadrilla terminaba de pintar las rayas amarillas sobre el asfalto nuevo. El chapopote todavía olía. La señora de los tamales había movido su olla dos metros para no estorbar y vigilaba a los trabajadores con la cara de quien ha visto llegar muchas obras y pocas despedidas. Arriba, en el poste, una lámpara blanca recién puesta seguía encendida aunque ya era de día. Un repartidor frenó, miró la calle lisa, sonrió y aceleró. Diez metros después cayó en el bache de siempre, el que quedó fuera del tramo.

Me quedé un rato con el café en la mano. Pensé que esa esquina era un buen resumen de dos años.

Clara Brugada cumplió el 5 de octubre dos años como Jefa de Gobierno. El día 4 rindió cuentas en el Auditorio Nacional y hoy, 14, acude al Congreso capitalino. Las cifras que presentó no son menores, y sería mezquino negarlo. Habla de 450 kilómetros reencarpetados, «no bacheados», como subrayó, y de 586 kilómetros iluminados con más de 200 mil luminarias. Reporta 24% menos delitos de alto impacto desde que inició su gestión y 40% menos robo de vehículos. Dice que invirtió 48 mil millones de pesos en el Metro, que la Línea 1 quedó renovada y que la Línea 3 empezó su renovación con 45 trenes nuevos. Quien ha subido al Metro de Pantitlán a Observatorio en los últimos meses sabe que algo cambió. Quien camina de noche por calles que antes eran boca de lobo también lo nota. Esas luces existen. Yo las veo.

Hace un tiempo recorrí la ciudad como aspirante a candidato independiente. Pedía firmas en mercados, en salidas de misa, en banquetas donde nadie me conocía. Aprendí entonces que el vecino no discute cifras: las mide con los pies. Me hablaban de la fuga que nadie venía a tapar, del camión que no pasaba, de la renta que había subido otra vez. Ninguno me preguntó por porcentajes. Todos me preguntaron cuándo. Por eso leo este informe dos veces: una con los ojos del empresario y otra con los de quien tocó puertas. Tengo un negocio desde hace años y he aprendido algo que no enseñan en ninguna escuela de gobierno: la obra que se ve no siempre es la que sostiene. Un local recién pintado atrae clientes la primera semana. Lo que los hace volver es que la tubería no truene, que el contador cuadre las cuentas y que el empleado de la mañana sepa lo mismo que el de la tarde. La pintura se presume y la tubería se calla. Un gobierno, como un negocio, tiene la tentación de gastar en lo que se presume.

Por eso me detuve en un dato que pasó casi sin aplausos: los ingresos propios de la ciudad, como el predial, crecieron 21% en 2025. El gobierno lo presenta como fortaleza, porque somos la entidad con más ingresos locales que federales, y lo es. También es una advertencia. Ese dinero sale de las familias que pagan su casa, de los pequeños comercios que pagan su local, del vecino que tardó treinta años en terminar el segundo piso. Cuando se discute un plan de ordenamiento metropolitano que propone revisar cómo se calcula el predial, conviene recordar que la recaudación ya subió una quinta parte en un año. Pedir más a quien ya paga más no se llama redistribución. Se llama costumbre.

La vivienda es el otro gran capítulo. El gobierno informa que el presupuesto anual para vivienda pasó de 4 mil a 9 mil millones de pesos, que entregó 6 mil viviendas sociales y que otras 7 mil están en construcción. Anunció además que enviará al Congreso una Ley de Rentas Justas, Razonables y Asequibles para que las rentas no suban por encima de la inflación. La intención se entiende. Cualquiera que tenga hijos de veintitantos sabe lo que cuesta hoy un departamento de dos recámaras en una colonia céntrica. Pero quien ha rentado un local sabe también qué ocurre cuando el precio se congela por decreto. El dueño deja de arreglar, el inquilino deja de reportar y el edificio envejece a dos voces. Al final, la oferta se retira a donde no la alcanza la ley. El control de rentas suele proteger al que ya está adentro y le cierra la puerta al que viene llegando, que es precisamente el joven al que se quería ayudar.

Hay en el discurso del Auditorio una frase que me hizo levantar la vista: «la ciudad para todas, todos y todes; la ciudad solo para los de arriba o la ciudad también para los de abajo». No me molesta la gramática. Me inquieta la geometría. Gobernar una ciudad de nueve millones de personas como si fuera un pleito entre dos pisos deja fuera a casi todos los que vivimos en medio: el que tiene una tienda y tres empleados, la familia que sostiene a la abuela, la parroquia que da de comer los jueves sin pedir credencial. A esa ciudad intermedia no la nombra nadie, y es la que sostiene lo demás.

Las Utopías son el ejemplo más claro. El gobierno cuenta 32 construidas o en obra y promete llegar a cien al final del sexenio. Algunas son espacios dignos donde antes había baldíos, y en varios puntos de la CDMX los vecinos las usan y las agradecen. Pero el nombre dice mucho. Una utopía es, por definición, un lugar que no existe, diseñado desde un escritorio para corregir a la gente que sí existe. A la ciudad no le faltan utopías. Le faltan lugares, y los lugares los hacen las personas que se quedan: la familia que lleva cuarenta años en la misma calle, el mercado donde te fían, la capilla del barrio. Un gobierno sensato no los sustituye con edificios nuevos. Les quita estorbos.

Brugada anunció también un Código de Ética, Austeridad y Honestidad que su gabinete firmó el día del aniversario. Ojalá sirva. Pero la honestidad no se firma, se audita. Y la manera más sencilla de auditar un informe es la que tiene cualquier vecino: caminar su propia cuadra con el informe en la mano.

Eso propongo, sin más ceremonia. En estas semanas, mientras los secretarios comparecen en la glosa ante el Congreso, cada uno puede revisar lo que le toca. ¿Su calle está entre los 450 kilómetros? ¿La luminaria de su esquina enciende de noche y no de día? ¿Llegó el agua esta semana? ¿El delito que sufrió su vecino aparece en alguna estadística? Lo que no cuadre se puede preguntar al diputado del distrito, cuyo correo está en la página del Congreso, o pedir por la Plataforma Nacional de Transparencia el desglose por colonia. No hace falta militar en nada. Basta con ser el que vive ahí.

Al mediodía regresé a la esquina. La cuadrilla ya se había ido. La señora de los tamales había vuelto a poner su olla en su lugar de siempre, justo sobre la raya amarilla nueva. El repartidor pasó otra vez, ahora más despacio, y esquivó el bache sin mirarlo, como quien ya se lo sabe de memoria. La lámpara del poste, por fin, estaba apagada.

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