El genovés que ya no señala el horizonte

Ayer, cerca del mediodía, una señora con la bolsa del mandado se detuvo en la glorieta y le dijo al nieto, en voz baja, como quien nombra algo que ya no está: “aquí estaba el de los barcos”. El niño miró la figura nueva, alta y de piedra, y preguntó si aquella también había llegado en barco. La señora no contestó. El semáforo cambió, un taxista tocó el claxon y siguieron caminando entre el ruido de siempre y el olor a escape que ya forma parte del aire. Unos metros más allá, un vendedor de elotes acomodaba su carrito en la banqueta, exactamente donde el brazo de bronce solía apuntar hacia el centro de la ciudad. El niño volvió la cabeza un instante, pero la abuela ya lo llevaba de la mano hacia la siguiente cuadra. La pregunta quedó atrás, suspendida entre el claxon y el vapor del elote.

La estatua se retiró en octubre de 2020. Había llegado a México en 1875, fabricada en Francia por encargo de un empresario que quería celebrar el ferrocarril y el encuentro de los mundos. Se instaló en 1877 en la segunda glorieta de Reforma, en el sitio que años antes había elegido Maximiliano. Colón, de pie sobre el pedestal, señalaba el horizonte con el brazo extendido. Debajo de él, cuatro frailes: uno dispuesto a escribir, otro con la Biblia entre las manos, otro con la carta de navegación, otro más cerca de la tierra que pisaba. No eran figuras de pureza ni de triunfo absoluto. Eran signos de un encuentro que ya había ocurrido, con la mezcla concreta de violencia, lengua, enfermedad, asombro, defensa y cruz que todo encuentro real contiene. Otra estatua, la de Buenavista, se inauguró en 1892 bajo Porfirio Díaz, en el marco de los festejos del cuarto centenario. Durante décadas, el 12 de octubre se celebró el Día de la Raza. La ciudad aceptó, durante mucho tiempo, que su forma actual tenía un origen que no era solo indígena ni solo español, sino el resultado de ambos.

Esa aceptación no era ingenua. Quien camina la ciudad con un poco de atención descubre que el encuentro no se redujo a un monumento. En el siglo XVI, quienes trazaron la nueva capital lo hicieron con una geometría deliberada y con nombres tomados de Roma: San Juan, San Pablo, San Sebastián, Santa María la Redonda, colocadas alrededor de la plaza mayor como si la ciudad recién levantada sobre las ruinas quisiera recordar que pertenecía a un orden más amplio. La traza que todavía ordena el caos no nació de la nada; nació de la voluntad de hacer habitable, bajo otras reglas, el mismo suelo. Las iglesias que se llenan los domingos, el español que se habla en el taxi y en la fonda, el calendario que sigue marcando los mismos días aunque se les cambie el nombre oficial, todo eso es el sedimento de aquel cruce. Se puede retirar el bronce, dejar el pedestal vacío o llenarlo con otra figura. Lo que no se retira es el hecho de que la Ciudad de México, tal como la caminamos, es el producto de esa travesía y de lo que vino después.

La paradoja resulta más clara cuando se observa el gesto reciente. Quienes decidieron quitar la estatua hablan de descolonizar, de limpiar el centro de la ciudad de un símbolo que consideran ajeno o violento. Y sin embargo, la ciudad que gobiernan, que transitan y que pretenden reformar sigue siendo la ciudad que esa colonización convirtió en capital. La traza no se deshace porque se retire un monumento. La lengua no se apaga. Las familias que caminan Reforma el sábado no dejan de ser el fruto concreto de aquel encuentro, por más que se les diga que deben verlo solo como herida. El elotero que acomoda su carrito en la banqueta no está ocupando un espacio vacío de historia; está ocupando el espacio que esa historia hizo posible. El niño que pregunta por los barcos ya está, sin saberlo, dentro de la respuesta.

Colón no fundó la ciudad. Tampoco la evangelizó. Lo que hizo fue abrir el mar. Lo demás lo hicieron otros, con sus aciertos y sus sombras, y el resultado quedó inscrito en la piedra, en la lengua y en los rostros. Los frailes que estaban al pie del monumento —el que escribía, el que leía la Biblia, el que había llegado con el compás— no cancelaban las violencias; las acompañaban con otra lógica, la de quien intenta, dentro del encuentro, defender, enseñar, escribir o juzgar. Esa tensión interna nunca fue simple. Por eso el monumento, mientras estuvo, no celebraba una pureza que nunca existió. Celebraba, a su modo torpe y decimonónico, el hecho de que el encuentro había ocurrido y de que sus consecuencias seguían vivas. Quitarlo no borra esas consecuencias. Solo las deja sin un signo visible en esa glorieta particular.

El horizonte al que señalaba el brazo de bronce sigue ahí. Solo que ahora nadie lo señala desde esa glorieta. El tráfico continúa, el elotero sigue acomodando su carrito en la banqueta, y la ciudad sigue mezclando, como siempre lo ha hecho, lo que llegó con lo que ya estaba. La señora y el niño ya van más adelante. El niño, de vez en cuando, vuelve la cabeza. La pregunta que hizo no tiene, por ahora, respuesta oficial. Pero la ciudad, con su traza, sus templos y su lengua, sigue contestándola de otra manera, más lenta y más difícil de retirar.

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