A la salida de la escuela el padre se detiene en la banqueta. El niño deja la mochila en el suelo y se agacha a atarse el zapato que se le aflojó. El padre no saca el teléfono de inmediato. Primero mete la mano en el bolsillo de la chamarra, saca el recibo del predial, lo desdobla lo justo para ver la cifra y lo vuelve a guardar. Solo entonces abre el aparato. En la pantalla aparece el anuncio de otra presentación. No lo lee. Lo cierra. El niño se incorpora y pregunta si ya se van. El padre asiente. Echan a andar. El recibo sigue en el bolsillo. El anuncio queda atrás, en el teléfono de alguien más.
En estos días se consulta el Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana del Valle de México. El documento abarca la Ciudad de México, el Estado de México, Hidalgo y Morelos. En ese territorio vive cerca del diecisiete por ciento de la población del país y se genera alrededor del veintiocho por ciento del producto interno bruto nacional. Más de la cuarta parte de la riqueza que sostiene a México se produce donde este texto se discute y, eventualmente, se aplicará. En sus páginas aparecen, entre otras disposiciones, el gravamen a lo que el documento llama “desperdicio urbano” sobre baldíos y predios subutilizados, plazos de dos o cuatro años para construir so pena de enajenación forzosa en subasta pública, la asimilación del valor catastral al valor de mercado y la posibilidad de que recursos del predial alimenten un fideicomiso metropolitano. Se habla también de coordinación que, en la práctica, puede reducir la autonomía de municipios y alcaldías. El gobierno sostiene que se trata de un instrumento orientativo. El texto, sin embargo, ya fijó los términos. Vecinos de distintas colonias han tenido que bloquear vialidades porque en los foros de consulta no se les dejó hablar. El papel no se ha desvanecido porque después se niegue lo que está escrito.
Mientras eso ocurre, buena parte de la oposición organiza presentaciones. Se reúne, se fotografía, proclama renovación y habla de unidad, de ciclos y de espacios que hay que cuidar. Administra los cotos que todavía controla y reserva posiciones para el próximo turno. Sobre el documento que toca el patrimonio de las familias que viven y trabajan en la zona que sostiene más de la cuarta parte de la riqueza nacional, el silencio es casi completo. Unos pocos diputados locales han señalado páginas concretas. El resto ha preferido el micrófono. No parece que desconozcan el texto. Parece que el set rinde más que el folio, y que el coto de poder pesa más que el predio del vecino que sale de la escuela con el recibo en el bolsillo.
La pregunta que se impone no es de campaña. Es la que el padre de la banqueta puede hacerse sin levantar la voz mientras camina con el niño a su lado: ¿qué clase de derecha es esta que guarda la palabra para cuando hay cámara y la calla cuando hay que leer lo que ya está escrito? ¿La que habla de familia y de libertad solo cuando no estorba sus acuerdos internos? ¿La que se presenta como alternativa y deja que el ataque más concreto al patrimonio y a la autonomía municipal se lea solo? ¿La que prioriza administrar la derrota en sus propios espacios y permanece al margen cuando millones de personas ven amenazada la casa, el negocio o el predio que sostienen con su trabajo?
No se trata de un silencio accidental. Es un silencio que elige. Elige el escenario sobre el documento, la fotografía sobre la página, el coto sobre el predio. Quienes viven en esas cuatro entidades no necesitan que se les explique en un auditorio qué está en juego. Tienen el recibo, el plazo, la posibilidad de que el valor de su casa se asimile al mercado y de que un fideicomiso metropolitano capte lo que pagan. Ven que quienes aspiran a representarlos no alzan la voz donde el texto ya está escrito. Ven que prefieren presentarse.
En 2027 habrá elecciones. El voto no será un acto de fe en un lema ni una adhesión a una fotografía. Será la decisión de quién alza la voz cuando el documento ya está escrito y quién prefiere el set. Quién lee el folio que afecta la vida cotidiana de las familias y quién administra el silencio para no molestar el coto. El padre de la banqueta no necesita que se lo digan en un escenario. Tiene el recibo en el bolsillo y el niño caminando a su lado. Sabe, sin discurso, qué se está dejando de defender y quién no está defendiéndolo. La presentación continúa en otro lugar. El documento no se ha movido. El recibo sigue ahí. El niño pregunta si van a llegar a tiempo. El padre no responde de inmediato. Mira hacia adelante y sigue caminando.
