El triunfo de la izquierda

Lo que América Latina ha visto no es el fracaso de la izquierda. Es su triunfo. Y es por ese triunfo, no a pesar de él, que la derecha gana elecciones. Esa es la paradoja máxima del continente, y conviene decirla sin eufemismo.

El triunfo no está en el cartel. El cartel prometía redimir al pueblo, acabar con la pobreza y repartir justicia. El triunfo está en el manual, y el manual se cumplió. Conviene decir qué es esa palabra, porque no nombra un folleto que alguien entregue al tomar posesión. Nombra la gramática que queda cuando se deja de creer el anuncio. Es el índice de operaciones que se repite, con varia ortografía, cada vez que una izquierda radical gobierna de verdad y dura. Populismo, socialismo, reflejo marxista: no son insultos. Son el índice. El cartel dice cuidar. El manual dice otra cosa, y la dice con actos.

El primer capítulo es económico. La riqueza se reparte antes de crearse. El excedente es sospechoso. El precio debe obedecer a la voluntad. La escasez se administra como clientela, y el pobre no sale de la lista: se vuelve inventario. No es un error de ejecución. Es la consecuencia de tratar la producción como un depósito ya lleno y la política como el cuchillo que lo parte. Una izquierda radical, distributiva, populista, llegó al poder y hizo eso. El pobre no fue redimido. Fue contado. Eso no es un accidente de gestión. Es la obra terminada.

El segundo capítulo es institucional, y es el que convierte el reparto en régimen. El hito no fue una ley suelta. Fue la libertad de expresión puesta bajo tutela: el periodista incómodo como enemigo, la crítica como sabotaje, la palabra pública como concesión. Con eso vinieron los medios a modo. No hizo falta comprarlos todos. Bastó con regular, asfixiar, premiar al dócil y dejar al díscolo sin papel, sin pauta o sin frecuencia, hasta que el relato oficial ocupara el centro del día. Se quitaron los balances. El juez, el órgano electoral, el legislador que todavía contaba dejaron de estar entre el ciudadano y quien manda, y pasaron a estar detrás. Se ocultó la transparencia. El dato que estorbaba se reescribió, se atrasó o se declaró secreto, y la cifra oficial empezó a describir el deseo y no la calle. Todo eso se hizo en nombre del pueblo, sin el pueblo. El pueblo aparecía en el discurso, en la plaza convocada y en la boleta ya inclinada. No aparecía en la decisión. Quien gobernaba hablaba por él, y llamaba traición a quien pedía la palabra.

Por eso la palabra fracaso es el último favor que se le hace. Fracaso habría sido no poder listar, no poder callar al medio, no poder vaciar el contrapeso, no poder gobernar a oscuras y seguir diciendo pueblo. Nada de eso falló. La izquierda triunfó en lo suyo. Dejó países parecidos a la doctrina: más dependencia, menos margen para quien produce, menos institución, menos voz y menos luz entre el ciudadano y quien reparte.

Quien midió ese triunfo contra lo que esos países habrían sido sin él encontró empobrecimiento donde el manual duró, y una democracia liberal más delgada que no se recompone cuando el gobernante ya se fue. Venezuela, Nicaragua, Bolivia, el ciclo Kirchner, Correa, Chávez y Maduro no pagaron un peaje imprevisto. Cumplieron. Empobrecer, callar y cortar la institución no fueron el precio de un proyecto que no alcanzó. Fueron el proyecto. El manual no actúa igual en todas partes: donde quedó un freno, el costo fue menor. Donde se le dejó tiempo, el país se pareció a la doctrina.

El concepto tiene un límite, y conviene no esconderlo. No toda izquierda lee ese manual. Hay una de balanza, de prensa libre y de alternancia, que reparte sin capturar el dato ni el juez. Uruguay ha ido y vuelto del Frente Amplio sin apagar la urna. Llamar manual a cualquier gobierno que se diga de izquierda convierte la palabra en insulto, y el insulto ya no distingue. Sirve donde hay duración, concentración y el índice completo: reparto sin creación, expresión tutelada, medios a modo, balances quitados, transparencia ocultada, pueblo invocado y no consultado. Donde falta la mitad, hay otra cosa. Tampoco es un destino. Cada acto del índice puede no hacerse. El manual es triunfo solo cuando la serie se cierra.

Y es precisamente porque la izquierda triunfó así que la derecha gana la boleta.

Colombia ya cobró la factura. Petro, el primer presidente de esa izquierda, no podía repetir. En la segunda vuelta de junio su heredero, Iván Cepeda, perdió frente a Abelardo de la Espriella por un margen estrecho. El Pacto Histórico había gobernado en nombre del cambio y de la vida. El elector le pasó la cuenta de la calle, de la inseguridad y de un poder que hablaba pueblo más de lo que lo consultaba. Petro, antes de soltar el palacio, dijo que el presidente era Cepeda y habló de fraude. El manual, incluso al irse, seguía hablando por el pueblo contra el pueblo que acababa de votar. En agosto entregó. La paradoja no necesitó una paliza. Necesitó que el triunfo se volviera inhabitable.

Ayer Brasil puso la misma escena en la mesa grande. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro —el hijo, porque el padre cumple condena y no puede ser candidato— quedó por delante de Lula. Las encuestas daban al presidente la delantera. Lula había cerrado la campaña seguro de ganar en la primera, y había definido el domingo como la elección entre la democracia y la barbarie. El elector no le compró el marco. Le pasó la factura: deuda, impuesto, empresa cerrada, calle insegura, otro mandato pedido en nombre de un pueblo que ya no se reconoció en el relato. No hay todavía presidente nuevo. Hay segunda vuelta el 25 de octubre. Pero el país más grande del continente ya hizo lo que el manual no prevé: cobrarle al triunfador en la urna que el triunfador no había logrado cerrar.

No son dos casos sueltos. Argentina eligió a Milei después de dos décadas en que el peronismo de izquierda administró inflación, control, cifra opaca y clientela. Bolivia cerró casi veinte años de Movimiento al Socialismo —Morales, luego Arce— votando a Rodrigo Paz. Ecuador reeligió a Noboa frente a la heredera del correísmo. Chile dio la presidencia a Kast después del gobierno de Boric. En cada sitio el elector no se volvió teórico. Quería que el precio volviera a informar, que el medio no fuera sucursal, que el juez no fuera empleado y que nadie volviera a hablar en su nombre sin dejarlo hablar.

La derecha, en esa hora, no convence. Factura el triunfo ajeno. Factura el empobrecimiento, el corte de la libertad de expresión, los medios a modo, los balances quitados, la transparencia ocultada, el pueblo invocado y no consultado. Si la izquierda no hubiera cumplido el manual, esa derecha seguiría siendo un rumor de café. Su hora electoral es la hora en que el triunfo contrario ya no se puede habitar. El péndulo, donde la boleta todavía cuenta, no es un misterio moral. Es la consecuencia de una izquierda que sí llegó a donde el manual iba, aunque el cartel dijera otra cosa.

La paradoja tiene un borde, y también ese borde es triunfo. Donde la izquierda cumplió la última instrucción, la factura no llega. Venezuela y Nicaragua cortaron el voto junto con la palabra, el dato y el contrapeso. Ahí la derecha no gana, porque ya no hay elección que pueda cobrar la obra. El manual, llevado hasta apagar la urna, no se va. Se queda. Ese silencio no es el fin de la izquierda. Es su forma de volverse perpetua.

Por eso hoy, en México, el deseo suena al revés de como suena un deseo. No se desea que la izquierda fracase a medias, que administre con mejor modales el mismo manual, que deje una luz encendida para poder decir que no era eso. Se desea que triunfe del todo en lo suyo: que el reparto sin creación, la lista, el medio a modo, el balance quitado, la transparencia ocultada y el pueblo hablado sin el pueblo terminen de verse. Es la única forma de deshacerse de ella en la boleta, y de deshacerse para no volver a confundir el cartel con la obra. A medias, se recicla. Completa, y con la urna todavía abierta, se cobra. Apagada la luz del voto, no se cobra nunca.

México sigue del lado en que ese triunfo aún gobierna. Colombia ya pasó la página. Brasil, ayer, empezó a pasarla. La página mexicana no la va a escribir un folleto. La va a escribir el manual, si se le deja llegar al punto en que la semana ya no se puede habitar y el voto todavía puede decirlo. El manual sigue abierto sobre la mesa. La derecha, si algún día gana, no habrá redactado el capítulo. Habrá cobrado el que este lado llevó, con éxito, hasta el final.

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