Una sociedad se conoce por lo que pone en la lista. A las siete, la señora del tercer banco lee la de siempre. Los enfermos. Los ancianos que viven solos. Los niños. Las mujeres, los que sufren violencia. Cada nombre recibe su amén, corto, de los que no estorban el canto. Está bien que estén. Una comunidad que no ruega por sus heridos ya empezó a dejar de serlo.
Lo que esa lista no alcanza a decir es el resto del día. Atrás, el de la camioneta salió de la central antes de que abriera la ciudad. En la colonia, el muchacho cerró la taquería y el carpintero dejó a medias una puerta. Mañana alguien va a contar con la carga, con la esquina y con esa puerta. También con el mensajero, el mesero, el oficinista, el campesino, el arriero, el que enseña y el que cuida. No faltan porque sean poca cosa. Faltan porque siguen de pie, y lo que sigue de pie se da por seguro.
Ahí se decide, sin que nadie lo anuncie, qué considera una sociedad digno de ser encomendado. Durante mucho tiempo bastó con rezar por el afligido, y era justo. El enfermo no se levanta, el anciano ya entregó el día, el niño no puede defenderse, la mujer herida carga una herida que la calle suele mirar de lado. Esa petición no sobra. Lo que ya no alcanza es que sea la única. El día común no lo sostienen solo los que ya no pueden. Lo sostienen los que todavía tienen que seguir, edificar, cuidar, instruir y cumplir.
El soldado y el marino aparecen cuando se pide por la paz, casi nunca por la guardia de esa noche. El sacerdote entra en la misa junto con el Papa y los obispos, aunque como estado, no como el hombre que se llevó a casa una culpa que no puede contar. Con el que ocupa un cargo la cuenta es distinta: una cosa es pedir que no cambie un no por un aplauso, y otra pedir que el de la camioneta llegue. Integridad y perseverancia no son la misma gracia. Sin las dos, la ciudad se vuelve un tránsito donde cada quien cumple mientras le alcanza, y nadie pregunta de dónde salía esa reserva.
No es un reclamo. Es una propuesta modesta para volver a ser una sociedad grande. Grande no por el volumen de sus discursos ni por la ternura que declara hacia los frágiles, sino porque no deja fuera de la oración lo que la mantiene en pie. La fortaleza no es un depósito inagotable. Se gasta en el turno, en el aula, en la parroquia, en el mostrador, en el campo, en la carretera y en el cargo. Pedir por ella es reconocer que el orden cotidiano se recibe antes de poder darlo. Una comunidad que solo encomienda la herida visible termina tratando el cumplimiento como una función anónima. Y las funciones anónimas se abandonan, se endurecen o se venden el día en que ya nadie las mira.
Volver a rezar por todos no compone el mundo el lunes. Cambia el modo de mirar el lunes. El puesto vuelve a ser un hombre del que otros dependen. El que construye, el que enseña, el que guarda y el que cumple dejan de darse por hechos. De ese cambio pequeño sale lo demás: una casa que sabe a quién le debe el día, y un día que todavía tiene a quién encomendar.
Por los afligidos, sí. Y también por los que aún pueden. Por el que guarda y por el que zarpa, para que la fuerza no se les vuelva ciega. Por el sacerdote, para que no se canse de lo que oye y no puede repetir. Por el que enseña, para que instruya de verdad. Por el que tiene un cargo, para que decir que no le cueste menos que el aplauso. Por el carpintero, el mesero, el oficinista, el mensajero, el taquero, el arriero, el campesino y el camionero, para que mañana estén donde dijeron, y les alcance para cumplir.
A la salida, el de la camioneta ya cruzó. La lista puede seguir como está. También puede crecer. Hay que rezar también por los hombres.
