Se pusieron el alias del delito

En una sala cualquiera de esta ciudad la película termina y alguien, para no irse a dormir en silencio, suelta el chiste: que aquellos panistas del sur se pusieron igual. Hay una risa corta. No es una risa de admiración. Es la risa de quien oye un apodo que ya no debería repetirse en voz alta y aun así se repite, porque el absurdo, cuando dura veinte años, se vuelve costumbre.

Se llamaron Los Ocean por Clooney y por Pitt. Por la banda que entra al casino, sonríe, vacía la caja y se marcha con el aire de quien ha restaurado una justicia privada. Tomaron el nombre de unos ladrones de ficción para hacer política de verdad. Eso no es ingenio. Es una confusión de género: creyeron que el cartel de la película era un programa de gobierno.

La incoherencia es tan tosca que casi da vergüenza explicarla. Danny Ocean roba a un dueño de casinos. No pide el voto. No sella un permiso. No habla de la familia ni de la patria al día siguiente. El espectador lo perdona porque nadie en la butaca pierde el predio. Ellos copiaron el alias y se sentaron en la casa. Gobernaron Benito Juárez. Administraron Miguel Hidalgo. Repartieron candidaturas. Después quisieron la ciudad y, al no alcanzarla, se quedaron con el partido. El que roba la casa no puede, sin caer en el ridículo, presidirla y seguir usando el mote de la cuadrilla.

Había algo peor que la vanidad: la estupidez del signo. Quien se nombra ladrón para parecer listo ya dijo lo que piensa del oficio público. No hizo falta un reportaje. El apodo era la pieza de cargo. Un grupo que aspira a la ley no se bautiza con una franquicia de atracos. Un grupo que denuncia narcopolíticos no arrastra, como reliquia internamente cariñosa, el nombre de once rateros que “caen bien”. Un grupo que pide confianza no elige como mito de origen la escena en la que el plan consiste en no ser vistos.

Jorge Romero Herrera (@JorgeRoHe) quiso ser Danny: el que convoca, el que sonríe, el que no se mancha las manos en el encuadre. Santiago Taboada (@STaboadaMx) prestó el perfil que la cámara local podía amar: el alcalde de la calle limpia, el muchacho que “sí sabe”. Mauricio Tabe (@mauriciotabe) y Luis Mendoza Acevedo (@LuisMendozaBJ) hicieron de especialistas de barrio. Christian Von Roehrich pagó el único precio que la película nunca cobra del todo: la celda. La cuadrilla, fiel a su guion de pacotilla, no se disolvió. Siguió. Eso también es incoherente, y de la especie más triste. En la producción de Soderbergh la lealtad es coreografía. En el Reclusorio Norte es abandono con comunicado.

Sobre los que quedaron afuera aún pesa lo que la Fiscalía no cierra ni concluye. Carpetas del llamado cártel inmobiliario, señalamientos públicos, un testigo, un video, la reconstrucción del sismo convertida en sospecha, las patrullas que no cuadran. No hace falta inventar un pacto en un cajón. Basta ver el gesto: uno preso, los otros libres, el expediente que no avanza y tampoco se archiva. Un archivo detenido tiene oficio. Les recuerda que la tibieza no es carácter. Es la condición de la pausa. Si dejan de ser tibios, el trámite puede continuar. Y eso no es cine. No hay corte a créditos. No hay banda sonora que cubra la carpeta.

Lo lírico, si queda algo, no está en ellos. Está en lo pequeño que resultó el sueño. Querían el brillo de Las Vegas y consiguieron el rumor de una alcaldía. Querían el golpe perfecto y consiguieron un expediente que alguien más guarda. Querían parecer invulnerables y terminaron necesitando coro cada vez que a Romero lo dejan solo. El cine les prestó una máscara cara. Debajo había operadores de predio, de padrón y de asamblea. El traje era de Hollywood. El trabajo era de mesa.

Hay una ley no escrita en esta ciudad: el apodo verdadero no se elige; se pega. Ellos eligieron el suyo y eligieron mal. Se compararon con ladrones encantadores y no advirtieron el resto de la frase: encantadores porque no existen. Existen, en cambio, los permisos, las densidades, los militantes usados como ficha, el partido vuelto vehículo de cinco hombres que se creyeron once. La comparación no los agranda. Los reduce a lo que son: un grupo de listillos sinvergüenzas sobre los que todavía pende una investigación detenida, lista para recordarles que si se plantan de veras el asunto sigue, y que esta ciudad no es un set.

La película puede seguir gustando. El alias, no. Un país no se administra con la moral del casino vacío. Y una oposición que se nombra banda de rateros, y se porta tibia para que no le reanuden el expediente, no tiene derecho a pedir que la tomemos por otra cosa cuando la pantalla se apaga.

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