La traición de mentira

En el taller de la avenida el radio no se apaga. El desarmador golpea, huele a thinner, y una voz de domingo anuncia que quien traicione a la patria se queda en la cárcel para siempre. El mecánico no levanta la cabeza. Hace una hora oyó la misma amenaza en otra estación, dicha por otro partido, contra otro nombre. La palabra sale al patio, se queda junto al bote de grasa y no obliga a nadie a ponerse de pie. Un delito que debería helar la sangre ya no heló ni la sobremesa.

Eso es lo grave. No que se discuta el crimen. Que la palabra más seria del derecho mexicano se haya vuelto de un solo uso: se pronuncia, se tira y se busca otra. Gobierne quien gobierne y se oponga quien se oponga, el mismo adjetivo viaja de tribuna en tribuna con una ligereza que no revela patriotismo. Revela pereza. Cuando un partido resume su postura en esa acusación, no está defendiendo a México. Está eludiendo la obligación de explicar cómo pretende gobernarlo.

Ayer el Partido Acción Nacional difundió un boletín de Jorge Romero Herrera. El titular es una sentencia previa al juicio: para poner fin al “narcopacto”, “quien traicione a la Patria se queda en la cárcel para siempre”. El texto urge al gobierno a “abrir los ojos”, habla de un país vulnerado en su soberanía y su libertad, reitera la cadena perpetua para los “narcopolíticos” que habrían entregado el territorio al crimen, y afirma que, ante los ojos del mundo, el régimen actual convirtió a México en un “Narcoestado”. Pide que las instituciones actúen “sin distinción ni blindajes”. Y luego, cuando la frase debería valer para cualquiera, se estrecha: “No hay peor traición que la de aquél que prometió cuidarte y terminó aliándose con los criminales. El que contrataste para brindarte seguridad es el mismo que te entrega para ser víctima del delito. Eso es Morena”. Cierra con el estribillo de feria: cadena perpetua a los narcopolíticos; te quedas en la cárcel para siempre.

No hace falta defender al gobierno para ver el truco. Si hay pacto con el crimen, hay que probarlo, juzgarlo y castigarlo. El problema es otro, más viejo y más compartido: tomar la palabra más grave del código, llenarla con el adversario de esta semana y pedirle a la ley que diga lo que el mitin ya decidió. Romero anuncia que la cárcel no distinguirá partidos. Distingue en el párrafo de al lado. La vara se predica universal. Se aplica con color.

El oficialismo no puede hacerse el ofendido. Usa la misma navaja roma. Llama traidores a quienes plantean cooperación internacional en seguridad, a quienes señalan que el crimen manda en un territorio, a quienes votan en contra o simplemente no cierran filas. “Soberanía” deja de nombrar al Estado y pasa a nombrar al grupo que ese mes lo administra. Quien pide expediente se vuelve agente extranjero. Quien no aplaude se vuelve antipatriota.

Y no es vicio de dos. Lo usan, con distinta voz y el mismo alivio, Morena, Acción Nacional, PRI, Partido Verde, Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano y los que juran no deberle nada a nadie. Lo usa el que gobierna en Palacio y el que gobierna un estado. Lo usa el aliado de esta semana contra el aliado de la semana pasada. Cambia el membrete. No cambia la pereza.

La ley, que no asiste a la conferencia, sigue siendo otra cosa.

El artículo 123 del Código Penal Federal no castiga el mal humor político. Castiga actos precisos. Traición a la patria es, en México, un delito federal de los más graves, con pena de cinco a cuarenta años de prisión. Lo comete el mexicano que realiza actos contra la independencia, la soberanía o la integridad de la Nación con el fin de someterla a una persona, a un grupo o a un gobierno extranjero. Lo comete quien toma parte en hostilidades contra la Nación a las órdenes de otro Estado, o coopera con ese Estado de un modo que perjudique a México. Quien forma parte de grupos armados dirigidos o asesorados por extranjeros para atentar contra la República, su libertad o su integridad territorial. Quien recluta gente para hacerle la guerra a México con ayuda o protección de un gobierno de afuera. Quien tiene, en paz o en guerra, relación o inteligencia con extranjeros para guiar una invasión o alterar la paz interior. Quien pide que otro país intervenga o declare la guerra. Quien priva de la libertad a una persona en territorio nacional para entregarla a autoridades extranjeras. Hay más fracciones. Todas giran en torno a lo mismo: no al desacuerdo, sino a la entrega del país a una voluntad extranjera o a una hostilidad armada.

La Constitución, en el artículo 108, admite que hasta el presidente puede ser juzgado por ese delito mientras está en el cargo. Es uno de los pocos supuestos en los que el titular del Ejecutivo no queda envuelto en la inmunidad de costumbre. Eso debería bastar para tratar la palabra con miedo y con precisión. Se trata, al revés, con alivio: como comodín.

El derecho penal no se estira por analogía ni por titular. Si el código no lo describe, no es ese delito. Podrá haber peculado, cohecho, encubrimiento, delincuencia organizada, omisión. Crímenes terribles, concretos, perseguibles. Llamarlos “traición” no los agranda: los disuelve. Cuando todo es traición, nada lo es. Queda el adjetivo. Se acaba la prueba.

Por eso la trivialidad no es un exceso de retórica. Es una forma de impunidad. El que de verdad pacta con quien cobra piso se esconde detrás de una palabra tan gasta que ya no corta. El que solo disiente queda marcado como si hubiera entregado el mapa. Las dos cosas le convienen al que no quiere trabajar: el criminal se vuelve humo y el crítico se vuelve hereje.

Hay que hacer las preguntas que el micrófono no quiere hacer.

¿Qué es, de verdad, traicionar a la patria?

¿Pensar distinto? Entonces la patria sería un coro, no un país, y sobrarían el Congreso, los tribunales y el voto. Un diputado que vota en contra de una reforma no está sometiendo a México a un gobierno extranjero. Está haciendo, para bien o para mal, el trabajo que se le pagó. Se le puede refutar. No se le puede convertir en agente del enemigo porque estorba.

¿Criticar al gobierno? La crítica puede ser injusta, grosera o ciega. Sigue sin ser invasión. Quien señala un puerto tomado, una aduana podrida o un pacto local con el crimen no está pidiendo que otro país se quede con el mapa. A veces está pidiendo, torpemente, que este país vuelva a ser dueño de su calle. Confundir esa molestia con traición es una forma elegante de no contestar.

¿Robar el erario? El saqueo duele como una herida al común. Vacía hospitales, escuelas, patrullas. Tiene, sin embargo, otros nombres más exactos: peculado, desvío, enriquecimiento ilícito, concierto. Cabe en el código sin necesidad de himno. Llamar traición a todo robo público no agranda el delito: lo desfigura. Y cuando todo es traición, el robo de verdad se esconde detrás de la palabra grande.

¿Dejar de hacer lo que moralmente se debe cuando se tiene el cargo? A veces se parece. Un funcionario que ve el cobro de piso y mira a otro lado no está cantando el himno de otro país. Está dejando de cumplir el suyo. Eso puede ser omisión, encubrimiento, cohecho, incluso inteligencia con quien ejerce la violencia donde debería ejercerla el Estado. Si hay pacto con quien sustituye a la ley en un territorio, el asunto ya no es de adjetivos: es de prueba. La prueba no se improvisa en la mañanera ni en el boletín del domingo. Se integra en una carpeta. Mientras no exista esa carpeta, la palabra “traidor” no investiga. Solo apunta.

Ahí está el nervio que todos tocan y nadie sostiene. Pactar con quien cobra piso sí puede ser gravísimo. No es un desacuerdo. Es una posible entrega del monopolio que hace posible cualquier patria. Romero tiene derecho a exigir que las fiscalías actúen sin blindaje. Ese derecho se vuelve sospechoso cuando la sentencia —“Eso es Morena”— llega antes que la sentencia del juez. El oficialismo incurre en el mismo vicio cuando la sentencia —“Eso es la oposición”— también llega primero. Unos amenazan con la prisión eterna. Otros amenazan con la historia. Ninguno se toma el trabajo de definir.

La cadena perpetua no rescata una palabra vaciada. Un castigo enorme sobre un concepto flojo no produce justicia: produce letrero. “Cárcel para siempre” suena fuerte porque evita lo difícil: quién, cuándo, con qué prueba, bajo qué tipo penal. El anuncio del castigo no captura instituciones. El himno de ocasión no limpia una aduana.

Por eso la pregunta que sigue no es “¿quién es el traidor de hoy?”. Es otra, menos televisiva: ¿dónde está la propuesta?

No el adjetivo. El oficio. Cómo se reconstruye una fiscalía que no sea sucursal del calendario. Cómo se profesionaliza una policía civil que no sea apéndice ni botín. Cómo se corta la infiltración en aduanas, puertos y ayuntamientos. Qué incentivo real existe para que un funcionario prefiera la ley al pacto. Qué se ofrece, en números y en plazos, para que un joven de uniforme no tenga que elegir entre el sueldo y la plaza. Esas cosas exigen datos, costos y sobornos. La acusación de traición no exige nada de eso. Cabe en un titular. Sirve a Morena. Sirve al PAN. Sirve al PRI, al Verde, al PT, a Movimiento Ciudadano y a quien mañana estrene siglas. Por eso todos la repiten.

Mientras tanto, lo que debería discutirse —cómo se gobierna una frontera, una carpeta de investigación, una plaza de policía— queda debajo del ruido moral. Primero se señala al hereje. Después, si alcanza el tiempo, se habla de las aduanas. Un país no se discute así. Se insulta así.

Hay una ironía pobre, casi de mostrador. La patria debería ser lo que queda cuando cambia el inquilino. Se volvió lo primero que se gasta cuando no se quiere explicar. Hoy la gasta el PAN con membrete y cadena perpetua. Mañana la gasta Palacio con dedo y mañanera. Pasado, un aliado ofendido. Cada facción la toma prestada, la agita, la usa y la devuelve más delgada, como una herramienta que ya no sirve para el tornillo y solo sirve para golpear. El que más grita “traidor” suele ser el que menos tiempo dedica a decir qué haría con el oficio. Antes, el delito se medía por actos precisos contra la integridad del Estado. Hoy se mide por la hora del noticiero.

En el patio del taller la amenaza ya se enfrió. Queda el radio, el bote de grasa y una evidencia poco heroica. Pensar distinto no es traición. Robar el erario es un crimen, y tiene nombre propio. Entregar el territorio a quien cobra piso puede ser algo más grave que un error, pero eso se prueba, no se declama. Lo demás —el himno de ocasión, la frase que cabe en un titular, la cárcel para siempre dicha el domingo— es ruido. Un ruido que Morena, PAN, PRI, Verde, PT, Movimiento Ciudadano y los independientes de ocasión han aprendido a producir.

Un país no se construye con sentencias históricas pronunciadas en conferencia de prensa. Se construye con instituciones que funcionen más allá del ciclo electoral y con un electorado al que se le ofrezcan alternativas verificables, no solo enemigos. La ciudadanía no necesita más patriotas de tribuna. Necesita gobernantes que dejen de tratar la soberanía como un privilegio de facción.

Si esto no es solución, ¿cuál es? Y si aquello no cabe en el artículo 123, ¿por qué se dice como si cupiera y de una vez para siempre? Porque es más fácil. Porque cabe en un titular. Porque todos —los de ahora, los de antes, los que se dicen distintos— ya aprendieron que la patria, usada así, no juzga a nadie. Solo tapa.

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