La boleta que llega lisa

Hay un domingo, cada cierto número de años, en que el salón de tercer año deja de oler a gises. Queda el termo, la cartulina y esa tinta morada que uno se lleva en el dedo como un recordatorio tosco. Alguien llega antes de las siete con una bolsa de plástico y un gafete que no le queda del todo. Abre el paquete. Revisa el sello. Dobla la primera boleta para mostrar cómo entra por la ranura. En un rincón, otra persona acomoda un cuaderno y un gafete distinto: no cuenta, mira. Ese pliegue —tan humilde, tan físico— era hasta hace poco un signo: la boleta pasó por una mano. No nació planchada. Y esa mirada, si era de verdad una mirada, era el otro signo: que el recuento no se hacía a solas.

El lunes @SergioSarmiento puso nombre a lo que ocurre más arriba. En “Árbitro capturado” no hace falta inventar un @ManuelBartlett nuevo. Basta con habitar al que ya estaba. El @INEMexico cierra los ojos ante los “recorridos” que no son campañas, según el partido que gobierna: presencia territorial, información ciudadana, cualquier palabra menos la que obliga. El Consejo General, ya con mayoría afín después de los nombramientos de abril, acepta que las boletas sin doblez —esas que no pudieron cruzar la ranura— no se anulen de oficio y viajen a otra instancia, donde los criterios todavía se escriben. Por seis votos contra cinco descarta también cruzar las listas de Servidores de la Nación con las de observadores electorales. En 2024 el Tribunal había obligado a esa compulsa precisamente porque el operador del programa se sentaba a “observar” la casilla que él mismo había recorrido entre semana. Ahora bastará la declaración. El que reparte puede jurar que no reparte. El signo se vuelve trámite.

Arturo Castillo, consejero del @INEMexico que no manda en ese Consejo pero aún habla en él, lo dijo la semana pasada sin adorno: el árbitro parece haber claudicado en vigilar tiempos, en impedir que gobiernos y partidos se metan a organizar y a observar, en garantizar que solo se cuenten votos válidos. No por ignorancia de la norma. Por renuncia a hacerla valer. Observar, en ese vocabulario, ya no es un oficio ciudadano: es una credencial. El @TEPJF_informa, que debía corregir, ya no corrige como antes. En 2024 faltaron magistrados y sobró una mayoría calificada que las urnas no dieron solas. José Woldenberg advirtió en 2022 que el país no podía volver a un árbitro alineado con el Gobierno. El aviso envejeció más rápido que el ritual de las sesiones.

La comparación con 1988 no pide teatro. Entonces el secretario de Gobernación presidía la comisión y el sistema se “cayó” con una puntualidad pedagógica. Ahora el truco es más limpio: no se nombra al operador; se coloniza la institución. Chihuahua en 1986 y la elección federal de 1988 no necesitan réplica espectacular. Les basta el silencio ante la precampaña, la boleta lisa y el observador que se declara inocente.

Y sin embargo hay algo que casi nadie dice, ni quien celebra la captura ni quien solo denuncia al Consejo. La ley todavía pone el recuento, primero, en órganos formados por ciudadanos. Presidente, secretario, escrutadores. Gente sorteada por el mes de nacimiento y por la letra del apellido. Junto a ellos, si el oficio no se falsea, está el observador: no sorteado para mandar, sino admitido para ver. El país, en su forma menos televisada, se cuenta sobre una mesa de primaria, a la vista de representantes que bostezan, de un cuaderno abierto en la última fila y de un niño que pregunta por qué tardan tanto.

¿Por qué dejamos de creer en ellos?

Porque nos educaron a mirar hacia arriba. Convertimos la democracia en un pleito sobre once consejeros y olvidamos al que abre el paquete y al que se sienta a mirar cómo se abre. Porque la polarización nos enseñó a sospechar del de enfrente: si vota distinto, ya no es ciudadano, es agente. Porque es más fácil gritar captura o gritar victoria que formar a mil personas para que el domingo no se dejen intimidar, y a otras mil para que observen sin cobrar militancia. Porque servir en casilla u observar una casilla es trabajo cívico sin sueldo, y en un país que mide la dignidad por el cargo, lo que no sale en la pantalla se vuelve opcional. El Consejo se ve. La casilla no da clip. El observador honesto, menos.

Hay una ironía lenta. El viejo régimen amañaba desde el centro porque desconfiaba del pueblo en la mesa. El régimen nuevo coloniza el centro y al mismo tiempo, nos invita a desconfiar también de esa mesa: del pliegue, del escrutinio en voz alta, del vecino que suma, del extraño que anota. Así se cierra el círculo. Si el árbitro está tomado, el ciudadano de casilla es un extra y el observador puede ser el mismo aparato con otro gafete, solo queda el relato. Y el relato, como se sabe, no necesita doblarse para entrar en una urna.

Nada de esto absuelve al Instituto ni al Tribunal. Sin imparcialidad arriba, el piso se ladea. Las campañas anticipadas no son folklore. Las boletas planchadas no son anécdota: son la cancelación de un signo. Entregar la observación a la palabra de honor del operador no es confianza republicana: es fe administrativa. Pero un país no se sostiene solo reconquistando sillas en un pleno. Se sostiene, si acaso, cuando volvemos a mirar al que llega a las siete y no pide que lo llamen héroe, y al que se sienta aparte, sin programa que ofrecer, a ver si el recuento es recuento.

Quizá por eso el pliegue importaba y por eso importaba la mirada. Eran la prueba mínima de que alguien, no una oficina, había tocado el voto y de que alguien, no el mismo oficio, lo había visto pasar. Si la boleta puede llegar lisa y el observador puede ser el recadero de la semana, no solo se ha capturado un árbitro. Se ha empezado a borrar el gesto con el que una nación todavía se contaba a sí misma, salón por salón.

Abierta como esa ranura por la que ya no hace falta doblar nada: ¿seguiremos discutiendo únicamente el silbato de arriba o volveremos a preguntarnos quién cuenta, quién mira y quién, de verdad, tiene la mesa?

Descubre más desde Valor Conservador

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo