El Grito es de la noche del 15. El 16 es el día en que el país camina con la resaca del cohete y la bandera ya un poco vencida en la reja. Por eso este texto aparece hoy: no para coincidir con el balcón, sino con la hora en que la fiesta deja de ser espectáculo y vuelve a ser costumbre. En el Zócalo y a lo largo del Paseo marchan los soldados; arriba cruzan los aviones. El desfile es el signo más visible del Estado. La pregunta sigue siendo la misma: si el signo es del que lo ordena, o de lo que lo antecede.
En las rejas de las colonias ya cuelgan las banderitas de plástico que se deshilachan al tercer día. Un niño elige la más grande. Su padre, que acaba de murmurar que este año no hay nada que celebrar, le paga igual. En la esquina, el mismo vendedor acomoda águilas de unicel junto a los elotes. No pregunta quién ocupará el balcón. Vende el signo desde que el padre de este gobierno era oposición, y desde antes.
Esa escena pequeña contiene la pregunta que circula estos días con más prisa que pensamiento: si el gobierno que tenemos no merece fiesta, ¿qué sentido tiene el dieciséis? La pregunta suena lúcida. Es, en realidad, una confusión de signos.
Hay quien cree que el gobierno es lo que nos permite celebrar, como si la fecha fuera una concesión administrativa, un permiso renovable según el saldo de la gestión. Quien así piensa le otorga al ocupante del balcón un poder que no tiene: el de decidir si la patria existe o no esta noche. El otro extremo —el que quiere llenar la arenga de nombres nuevos, el concierto y la coreografía— comete el mismo error con otra indumentaria. Ambos tratan la independencia como cuenta corriente del presente.
Lo que celebramos no es el gobierno que tenemos. Es anterior. Es el hecho tosco, incompleto y sangriento de que un pueblo dejó de ser colonia de otra corona y todavía no termina de nacer del todo. Esa anterioridad es lo que hace posible que exista un gobierno, este o cualquier otro, y que podamos discutirlo en nuestra lengua, bajo nuestro cielo, sin pedirle autorización a Madrid ni a quien hoy pronuncie el grito.
Cancelar la fiesta para castigar al régimen es entregarle una victoria que no ha ganado. Es aceptar que la nación coincide con la administración. El niño que grita en el patio de la escuela no ha leído el periódico. La abuela que saca la bandera no consulta la encuesta. El cohete que asusta al perro no pregunta por la calidad institucional. Ellos sostienen un signo cuyo significado no se agota en la voz que lo pronuncia.
El desfile de hoy no desmiente esa anterioridad: la pone a prueba. Los soldados marchan porque hay un Estado que puede ordenar el paso. Los aviones cruzan porque hay un cielo que todavía se llama mexicano. Pero ni la formación ni la escuadrilla inventan la fecha. La recorren.
La independencia que conmemoramos incluye, si somos honestos, una independencia más incómoda: la de no reducir la historia a la última elección. Los países no se salvan ni se condenan en un solo balcón. Se arrastran, se contradicen, sobreviven a sus inquilinos. Quien ama de verdad una patria difícil —como se ama a un hermano difícil— no la confunde con el inquilino de turno ni la abandona cuando el inquilino le disgusta.
Por eso la pregunta inicial se invierte con más exactitud de la que parece. No es el gobierno lo que nos permite celebrar. Es lo que celebramos —esa memoria anterior, esa costumbre de reunirnos aunque no estemos de acuerdo— lo que todavía nos permite tener gobierno, soportarlo, exigirle y, cuando llegue el caso, cambiarlo. Sin esa prioridad, no habría ni fiesta que cancelar ni régimen que reprochar, ni desfile que observar con respeto o con recelo.
Quizá la reflexión más sobria no sea si “hay algo que celebrar”, sino si estamos dispuestos a admitir que la fecha no nos pide credencial de satisfacción política. El plástico de la bandera es pobre. El rito es repetido. El país es imperfecto. Y sin embargo, hoy vuelven a marchar hombres que no eligieron el discurso del balcón, y arriba cruzan aviones que no le pertenecen a una administración. Mañana la bandera seguirá en rejas que no son de Palacio. Esa modestia obstinada es, todavía, una forma de independencia.
