La cuenta que vive de no cerrarse

El domingo entra a las casas sin permiso y sin himno. Entra con el café que ya no quema, con una radio baja, con el golpe suave de un cajón que alguien cierra de más. En una cocina de la ciudad alguien paga el recibo de la luz con el pulgar, como quien apaga una preocupación pequeña. En otra, una madre anota en un cuaderno rayado lo que falta para la colegiatura. En otra más, un hombre mira el saldo de la tarjeta y decide no comprar lo que sí quería. Nadie llama a eso heroísmo. Es apenas el modo antiguo de habitar el mundo: lo que se debe se atiende, y si se atiende de verdad, el número se mueve.

Una deuda que se paga de verdad tiene esa modestia. Duele. Baja. Un día, si se insiste, deja de aparecer.

Esta semana, desde una plaza de Colima, se oyó otra manera de deber. Cada dos años el presupuesto entrega al IPAB —el nombre técnico que heredó al Fobaproa— unos cincuenta mil millones de pesos. Alcanzan apenas para una parte de los intereses. El capital, y lo que falta de intereses, se cubre emitiendo más deuda. La presidenta lo dijo con una claridad poco habitual: cuando uno adquiere una deuda, va pagando capital e intereses para ir disminuyéndola; aquí no. Por eso sostiene que, increíblemente, el Fobaproa jamás se acabará de pagar.

La frase suena a destino. No lo es. Suena a imposibilidad. Tampoco lo es. Es, más bien, la confesión de una voluntad.

Hay que empezar por lo que no conviene maquillar. En los años noventa se sostuvo a bancos y a grandes deudores con dinero de todos. Quien debía un tractor, una casa, un local, una herramienta de trabajo, vio cómo su tasa se le iba al cielo y nadie le alcanzó la misma mano. Se socializó hacia abajo lo que había sido riesgo privado. Esa herida no se vuelve virtud porque hayan pasado treinta años, ni porque ahora se pronuncie con el tono justo. El tiempo no lava lo que se cargó sobre quien no firmó el consejo de administración.

Pero una injusticia vieja no basta para volver eterna una cifra. La cifra se vuelve eterna cuando resulta más útil abierta que cerrada.

Los papeles del propio Instituto son menos teatrales que la tribuna. A mediados de 2026, la deuda neta del IPAB rondaba un billón diez mil millones de pesos. En 1999 pesaba más de diez por ciento del producto; hoy, cerca de dos y medio. En términos reales ha menguado. Eso no absuelve el origen. Solo desmiente la física del “jamás”. Lo que no mengua con la misma prisa es el relato. Y el relato necesita que la cuenta siga viva.

Porque una cuenta cerrada ya no explica nada. No cabe en la gira. No sirve para contrastar el presente con un pecador inmóvil. Una cuenta cerrada es un número que se fue, y los números que se van no sostienen una liturgia.

Aquí está lo simple, que por simple se esconde: el Fobaproa no se acaba de pagar porque no se quiere acabar de pagarlo.

No se quiere en el sentido más concreto y menos metafísico. Acabar de pagarlo exigiría tratarlo como se trata, en las casas, lo que de veras importa no perder: el techo, la luz, la escuela, la medicina que no puede esperar. Exigiría bajar a capital de manera visible, aceptar que una porción del presupuesto deje de ser discurso y se vuelva extinción. Exigiría, sobre todo, perder un nombre cómodo. Y los nombres cómodos son más escasos que los pesos.

Un Estado encuentra dinero para aquello que ama o para aquello que le conviene amar en voz alta. Encuentra recursos para el acto que se ve, para el depósito que se fotografía, para la obra que se corta con listón. Lo que no encuentra —o finge no encontrar— es la disciplina opaca de reducir un saldo que ya no produce aplauso. Amortizar de verdad es un gesto sin escenario. No hay plaza que se llene para celebrar que un pasivo bajó en silencio.

Por eso el camino actual es tan revelador. Se denuncia el rescate de ayer con razón histórica y, al mismo tiempo, se administra con el mismo método que se finge execrar: una rebanada de intereses, el resto a refinanciar, y el pasado como coartada del presente. El Fobaproa deja de ser solo una herencia. Se vuelve un estilo. Un modo de habitar la deuda pública entera, esa que ya no cabe en un fideicomiso de los noventa y se mide en una suma mucho más ancha, más diaria, más difícil de señalar con un solo apellido.

En las casas se distingue, sin teoría, la diferencia entre no poder y no querer. No poder tiene el rostro del salario que no alcanza, del imprevisto, de la enfermedad, del mes en que todo se junta. No querer tiene otro rostro: el de seguir comprando lo que no es urgente mientras se declara impagable lo que sí lo es. Las familias también se engañan, claro. También ruedan saldos. También viven un tiempo de la tarjeta como si el mañana no cobrara. Pero en la cocina el engaño dura menos, porque el corte de luz no acepta relatos.

El país, en cambio, puede sostener el relato más tiempo. Puede llamar irresponsabilidad ajena a lo que en la propia tesorería se ha vuelto costumbre. Puede decir “nunca se va a acabar” como quien describe un clima, cuando en realidad describe una preferencia. Preferir el pecador antiguo es más fácil que preferir el cierre. El pecador antiguo ya no discute. El cierre sí: obliga a elegir entre lo que se reparte hoy y lo que se extingue para que mañana pese menos.

No hace falta canonizar a nadie de 1998 para verlo. Tampoco hace falta fingir que todo gasto presente es vanidad. Hay transferencias que alivian una mesa esta semana. Hay salarios que recuperan un poco de aire. Hay obras que se ven y se usan. Todo eso existe. Lo que no existe —o existe poco— es la valentía de decir que una parte de ese aire se toma del mañana, y que el mañana no es una abstracción: es el hijo que aún no vota, el camino que no se abre, la clínica que se queda en promesa, la inversión que no llega porque el Estado ya comprometió el margen en sostener cuentas que se recitan.

La realidad no se paga porque no se quiere pagar. Se quiere nombrar. Se quiere señalar. Se quiere convertir en origen de todos los males posteriores, como si el solo acto de acusar amortizara. Pero acusar no baja capital. La palabra “impagable” consuela al que habla: lo releva de la tarea opaca de ir quitando. Lo que no se quiere quitar se declara imposibilidad, y la imposibilidad, una vez pronunciada, se vuelve permiso.

Hay deudas que se pagan para terminar. Tienen la forma humilde del recibo. Hay deudas que se pagan para seguir teniendo de qué hablar. Tienen la forma de la plaza. Las primeras cansan y, un día, callan. Las segundas se vuelven mueble: esa cubeta bajo la gotera a la que ya nadie llama plomero porque la cubeta, de tan familiar, parece parte de la casa.

Si seguimos este camino —abonar sin extinguir, denunciar sin cerrar, usar el nombre de un rescate viejo para no examinar el rollover nuevo—, el Fobaproa no se acabará de pagar. No por magia de aquellos años. Porque habremos preferido la cuenta abierta. Porque una herida que se muestra todavía sirve, y una herida que cicatriza obliga a mirar el cuerpo tal como está.

Mientras tanto, en las casas, el domingo sigue siendo más honesto que la tribuna. Alguien paga lo que puede. Alguien deja de comprar lo que quería. Alguien anota en un cuaderno lo que falta. Nadie llama a eso transformación. Es apenas la realidad, que no pide ser amada: pide ser atendida. Y la realidad, cuando se atiende de verdad, un día deja de golpear la misma puerta.

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