A la salida de misa los volantes ya están en el piso. Nadie los pisa con furia. Nadie los guarda para el debate de la tarde. El viento de la avenida hace el único trabajo político de la mañana: los junta contra la reja, consignas de un lado y del otro en el mismo montón húmedo, como si el papel hubiera entendido antes que las personas que el enemigo también se moja. Un niño pisa uno sin leerlo. La abuela guarda el misal. El organista apaga la luz del coro. El domingo, que no pide permiso al calendario electoral, sigue su curso antiguo.
Se nos ha enseñado a habitar un país de dos mitades. Quien no toma la una debe, por higiene mental, tomar la otra. El que duda es tibio. El que se retrasa es cómplice. El que nombra lo concreto —el recibo, el oficio, el hijo, la esquina— es sospechoso de no haber entendido el siglo. Así se fabrica un eje que ya no describe el mundo: lo sustituye. Izquierda y derecha, en el uso mexicano de estos años, se han vuelto signos que apuntan el uno al otro y casi nunca a la cosa. El relato necesita del contrario como el milagro necesita del villano, aunque aquí no hace falta repetir esa música. Basta ver el montón de la reja.
Todo lo contrario no es el centro. El centro, entre nosotros, suele ser la silla de quien espera a que escampe para saber de quién es la sombra. Tampoco es la síntesis elegante, esa que pretenden los comunicados cuando ya no queda nada que conservar salvo el adjetivo. Todo lo contrario es otra geometría. Es volver a los nombres que no caben en una fila: esta calle, esta deuda, esta misa, este hombre que paga el lunes aunque el discurso haya sido otro. Es preferir el sustantivo al lema. La persona al coro. El límite a la redención por temporada.
Hay una fe política —da igual el color del volante— que no soporta lo que no puede administrar. Por eso le estorba la familia que no pide permiso para educar. Le estorba el oficio que no aparece en el padrón de beneficiarios ni en el de empresarios iluminados. Le estorba la parroquia que estaba antes del movimiento y seguirá, si Dios quiere, cuando el movimiento sea nota al pie. Le estorba, sobre todo, el tiempo lento: el que no cabe en un sexenio ni en un trending topic. Izquierda y derecha, cuando se vuelven religiones de la prisa, coinciden en eso con una puntualidad que daría risa si no costara tanto. Las dos prometen un país nuevo. Las dos desconfían del país que ya está, con sus adoquines rotos y sus virtudes sin slogan.
No se trata de una superioridad moral. Quien se crea por encima del eje suele estar, simplemente, sentado en otra tribuna. Se trata de una fidelidad más opaca. Conservar, en su sentido menos teatral, no es elegir bando: es no entregar lo próximo a cambio de una abstracción que nunca llega a la sopa. El domingo todavía enseña esa lección a quien no va a misa a recolectar argumentos. Hay un rato, entre el último himno y el primer claxon, en que la ciudad no es proyecto. Es vecindad. Se oye un radio lejano. Se vende gelatina en la banqueta. Alguien discute el futbol con la seriedad que ya no se concede a las instituciones. Ese rato no aparece en los diagnósticos. Y sin embargo es el único México que no necesita ser salvado para existir.
Me preguntarán, porque el hábito es fuerte, si eso no es una forma vergonzante de derecha o una izquierda que no se atreve a decir su nombre. La pregunta ya viene con el mapa equivocado. El mapa dice que todo lo humano debe poder alinearse. La vida dice que lo más decisorio —nacer, enterrar, perdonar, enseñar un oficio, no robar al que trabaja al lado— ocurre en un plano que los volantes no alcanzan. Se puede gobernar desde ese plano. Se debe. Pero no se puede reducir a una playera.
El viento sigue contra la reja. Dentro de una hora alguien barrerá. Los papeles no habrán convertido a nadie. El niño que los pisó estará comiendo. La abuela habrá puesto la mesa sin consultar el eje. Queda, como siempre en este oficio que no es de palacio, una pregunta que no cierra el día: si el país se nos volvió ilegible de tanto leerlo en dos columnas, ¿cuántos domingos hacen falta para recordar que el texto verdadero cabe en una cuadra, en un apellido y en una hora que no pretende ser siglo? No lo sé. Sé que esa hora existe. Y que, mientras exista, izquierda y derecha podrán seguir gritando su parte. El contrario de ambas no grita. Atiende. Y a veces, solo a veces, alcanza a oír el órgano cuando ya nadie pide que tome partido.
