El milagro que todavía necesita un villano

Si el presente fuera tan maravilloso como se declama, el pasado ya habría merecido el único honor que un tiempo vencido puede pedir: el silencio. No lo tiene. Se lo convoca con una puntualidad que ya no es histórica, sino litúrgica. Cada dificultad del día encuentra su origen en un ayer que, por definición, no puede sentarse a contestar. Esa insistencia delata. Un milagro que aún requiere villano no es milagro. Es un relato que no ha aprendido a respirar sin contrapunto.

En las escuelas de ciertas colonias todavía se enseña el tiempo como si el calendario tuviera dos hojas nada más. Una, oscura, lo explica todo lo que duele. Otra, luminosa, lo explica todo lo que se aplaude. El niño que pregunta por el agua, por el trabajo de su padre, por el bache que no es de este año ni del anterior, recibe una fecha antigua como si las fechas taparan tuberías. No es pedagogía. Es un hechizo barato: reducir el mundo a un antes culpable y un ahora inmaculado. Quien de verdad hubiera inaugurado una era podría permitirse un tercer tiempo —el de los matices, el de lo que se heredó y lo que se echó a perder aquí, ahora, con estas manos.

Hay una costumbre mexicana, más honda que cualquier comunicado, que el poder ha invertido con una precisión casi teológica. El Día de Muertos no se instituyó para procesar a los ausentes. Se instituyó para nombrarlos, alimentarlos un rato y dejarlos en paz. Se les pone flor, no expediente. El régimen hace lo contrario. No reza por los que se fueron: los interroga. No les guarda un sitio en el altar de la casa: les reserva el banquillo. El muerto, que en la costumbre popular es familia, en la costumbre oficial es reo perpetuo. Y como el reo no habla, el fiscal no se cansa.

Esa inversión dice más del presente que del pasado. Un tiempo nuevo que no puede soltar al anterior es un tiempo que aún no nace. Vive de la negación, que es la forma más perezosa de la identidad. No dice “esto somos”. Dice “esto no somos”, y se queda tan satisfecho como quien se cree virtuoso por no parecerse a un retrato. Pero la casa, mientras tanto, es la misma. Se puede renegar del testamento y seguir durmiendo bajo el techo que el testamento dejó. Se puede maldecir al dueño anterior y seguir bebiendo del mismo pozo. La filiación no pide permiso. Quien se niega con demasiada furia a ser hijo suele descubrir, tarde, que tampoco sabe ser padre.

Sin pretender ser un nostálgico de postal, sino un hombre que ama lo que permanece porque lo he mirado de cerca— entiendo la tradición de un modo casi democrático y por eso, casi ofensivo para el espíritu de época: dar voto a la clase más oscura y más numerosa, la de los que ya no están. No para canonizarlos. Para no dejar que los vivos se proclamen único género humano. El truco contemporáneo es el inverso y más vanidoso: se despoja a los muertos de voto y acto seguido, no se les deja callar. Se les destituye y se les cita. Se les borra de la placa y se les necesita en el discurso. Hay calles de esta ciudad que han cambiado de nombre tantas veces que el cartero duda y sin embargo el nombre viejo sigue siendo el único argumento cuando el asfalto nuevo no llega.

La semiótica de esa operación es limpia hasta la crueldad. El pasado deja de ser una secuencia de hechos —con sus crímenes, sus aciertos, sus burocracias y sus oficios— y se vuelve un significante hueco, listo para llenarse con todo lo que el presente no quiere atribuirse. Ya no importa qué año, qué ley, qué hombre. Importa la función. El ayer es el cajón donde se guarda lo que no debe aparecer en la foto de hoy. Cuando un signo absorbe todos los males posibles, deja de significar. Se vuelve incienso. Ya no describe una época. Absuelve a otra.

Por eso la maravilla oficial tiene esa extraña falta de sosiego. Lo pleno no se justifica tanto. Lo pleno no apunta tanto con el dedo. Lo pleno, si lo fuera, podría mirar atrás con la mezcla adulta que cualquier familia decente practica en silencio: esto se hizo mal; esto, a pesar de todo, quedó; esto lo echamos a perder nosotros. Esa frase —la más política de todas, porque admite agencia— casi no se oye. En su lugar se oye una querella con un ausente. Y la querella, de tan repetida, acaba por ser el único contenido del presente. Gobernar se vuelve un litigio. El país, un expediente. El ciudadano, un testigo al que se le pide que odie en la dirección correcta.

Hay otra prueba, más casera que cualquier índice. En la vecindad nadie explica el gotera de este invierno por el inquilino de hace veinte años, salvo el casero que no quiere llamar al albañil. El pretexto envejece. El agua, no. El agua insiste en ser de ahora. Así el crecimiento que no llega, la planta que no se abre, la regla que no se cumple, la calle que no se puede caminar de noche. Se les puede colgar al cuello un año remoto. No por eso dejan de ocurrir bajo este cielo.

Un pueblo serio no está obligado a venerar lo que fue. Está obligado a no usarlo como tapadera. La memoria justa duele porque reparte. Señala al que se fue y al que está. Distingue el abuso de la obra, el saqueo de la institución que, aun coja, todavía sostenía algo. El relato que no distingue no es memoria. Es anestesia con nombre de justicia.

Mientras tanto, el tiempo —menos partidario que sus comentaristas— sigue hacia adelante, con esa descortesía de los calendarios reales, que no admiten solo dos hojas. El milagro, si alguna vez llega a serlo, se reconocerá por un síntoma discreto: el día en que el poder pueda hablar del país sin citar al fantasma. Hasta entonces, cada invocación del ayer como causa universal será menos una lección de historia que una confesión. Confesión de un presente que aún no se atreve a ser presente. Confesión de una maravilla que, para existir, necesita que el villano no se muera del todo.

El cartero, que no asiste a las mañanas de Palacio, ya empezó a hacer la pregunta más antigua de las casas: si esto es lo nuevo, ¿por qué el nombre viejo sigue siendo el único que abre todas las puertas?

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