La hora que pretende ser siglo

El primero de septiembre tiene en México una liturgia anterior a esta presidenta y anterior a la anterior. No es el día en que el país se conoce: es el día en que el poder se cuenta el cuento de haberse conocido. Cambia el patio, cambia el adjetivo —humanismo, transformación, estabilidad, bienestar— y no cambia el gesto: una hora que quiere valer por un año, un año que quiere valer por una época, una época que quiere valer por la reparación del mundo. En las casas, mientras tanto, el tiempo sigue siendo otro. Hay quien oye el discurso tendiendo la cama. Hay quien lo oye en la peluquería, con el cuello envuelto en esa toalla que no distingue de gobiernos. Hay quien no lo oye: está en el turno, o en la fila, o buscando a alguien cuyo nombre no saldrá entre los aplausos.

Conviene empezar por ahí, por lo pequeño, porque lo pequeño es lo único que no cabe en Palacio. El informe de Claudia Sheinbaum es un artefacto pulido. Tiene cifra, cadencia y una sobriedad que, comparada con el incienso del sexenio que la precede, parece casi una virtud civil. Y lo es, en un sentido menor: el orden no es poca cosa en un país que ha amado demasiado al caudillo. Pero el orden de un relato no es el orden de una nación. El relato elige. La nación sobra.

Elige, primero, el termómetro que baja. Los homicidios dolosos, medidos en promedio diario, han caído de manera ostensible desde aquel otoño de 2024. Hay meses que ya no parecen los de la hecatombe. Quien haya enterrado gente de más sabe que un número que desciende no es propaganda hueca: es menos funerales. Hay que decirlo sin el tic contrario, ese que niega todo lo que sale de la boca oficial por el solo hecho de ser oficial. La verdad no es un partido. La verdad, sin embargo, tampoco es un promedio. Un promedio es una cortesía estadística que se sienta en el centro y deja a los extremos en la calle. Siete u ocho estados siguen cargando la mitad de la sangre. Hay plazas donde el crimen no se ha ido: se ha vuelto administración. El laboratorio se desmonta con fotógrafo y se rehace sin él. La extorsión aprendió modales digitales. Sinaloa no es una nota al pie que se resuelve mudando a un gobernador, aunque mudarlo haya sido, al fin, un acto de gobierno y no de mito.

Y hay una ausencia que el género del informe no soporta bien, porque no se deja convertir en logro. Más de ciento treinta mil personas no están. El Estado, que es diestro para nombrar beneficiarios, se vuelve súbitamente técnico cuando se trata de los que faltan: datos insuficientes, actividad posterior, cruces de padrones, localizaciones que ocurren en el archivo antes que en la tierra. Puede haber, en esa labor, algo de limpieza necesaria. Un registro inflado no sirve a las madres. Pero hay un abismo moral entre ordenar un padrón y pronunciar la palabra dignidad en el mismo patio donde no se pronuncia el nombre. La desaparición es el anti-informe: no tiene hora, no tiene porcentaje redondo, no concluye. Es el tiempo lento que el poder no sabe habitar.

Luego el milagro del ingreso, que es el capítulo más verdadero y, por eso mismo, el más fácilmente ensanchado. El salario mínimo de 2018 a 2026 ha recuperado lo que décadas de contención le habían robado. Eso no es un cuento. Quien viva de un sueldo mínimo hoy no vive como en 2018, y negarlo sería otra forma de liturgia, la del rencor. Lo que el discurso hace con esa verdad es más sutil: la sienta a la mesa de estos veintitrés meses como si el camino no viniera de antes, y la llama primavera. Primavera es una palabra de jardín. El país laboral es un patio de vecindad. Más de la mitad sigue en la informalidad, esa patria paralela donde no hay prestación que no sea un favor. Hay hogares a los que el ingreso alcanza para no morir de hambre y no alcanza para vivir. Reducir la pobreza laboral —esa medida estrecha que pregunta solo si el trabajo compra la canasta de comida— es un alivio. Convertir el alivio en estación del año es poesía de gobierno. La poesía de gobierno, a diferencia de la otra, exige fe.

Alrededor del salario gravitó el resto de la economía moral. Cuarenta y dos millones de personas al cobijo de un programa. Un billón de pesos. Pensiones, becas, apoyos que llegan a la cuenta con la puntualidad que a veces no tiene el agua. Aquí el Estado ha encontrado su teología más eficaz: ya no promete tanto el cielo del desarrollo como el depósito bimestral. No es poco, para quien lo recibe. Es, incluso, una forma de justicia distributiva que el México de las grandes mesas negó con elegancia durante años. El problema no es que se dé. El problema es que se dé como si dar fuera lo mismo que fundar. Un país no se sostiene solo de transferencias, igual que una familia no se sostiene solo de la limosna del padre pródigo. Hace falta el taller, la parcela que rinde, la escuela que enseña algo más que la espera, el hospital que no sea anuncio de abasto. El informe habla de camas, de universidades nuevas, de viviendas, de parques industriales. Habla, como se habla en las buenas intenciones, en futuro del presente. El presente, más terco, sigue preguntando por la cita, por el medicamento, por el maestro que sí está.

Debajo de esa mesa servida está lo que no se sirve: el crecimiento que no llega a ser rumbo y la deuda que sí llega a ser hábito. El año pasado la economía apenas se movió. Este año se espera que camine con la modestia de quien ya no promete milagros y, sin embargo, pronuncia la palabra prosperidad. Un trimestre que sube —aunque lo empuje una fiesta mundial que no se repetirá cada junio— no desmiente la mediocridad de fondo. El producto por habitante sigue rozando aquella línea de 2018 que el relato trata como prehistoria oscura. La inversión se celebra en récord, y una parte de ese récord es dinero que ya estaba y se queda, no semilla que llega. El peso sereno y la inflación más mansa son un bien. Confundir el bien con el destino es el pecadillo clásico de todo gobierno que ha sobrevivido un par de años sin catástrofe.

La deuda, esa parienta que no se invita a las fotografías, ha crecido como crecen las cosas que no se miran: de una casa a casi dos, si se compara el gran saldo de 2018 con el de ahora. Se recorta lo visible —el auto, el viaje, el sueldo del de arriba— y se sostiene lo que compra adhesión y lo que no rinde. Pemex sigue siendo el pariente ruinoso al que se le echa dinero para que no haga ruido en la sala. El costo de los intereses ya codea a partidas que el discurso ama nombrar. Llamar austeridad a esa algebra es un uso legítimo del lenguaje y un abuso del sentido común. Austeridad no es el arte de no comprarse el coche mientras se pide prestado para la fiesta. Austeridad, en la vieja acepción que todavía entiende cualquier ama de casa, es no gastar lo que el hijo de mañana tendrá que pagar sin haber bailado.

Hay, más honda que las cifras, una parcialidad de marco. El informe no dialoga con el mundo: dialoga con un enemigo ya disecado, el “periodo neoliberal”, esa bestia de museo a la que se le echa la culpa de las camas que no se construyeron, de los hospitales a medio hacer, de la desigualdad y hasta del mal humor nacional. El recurso es viejo y eficaz. Todo presente necesita un pasado inhabitable para no tener que medirse con lo posible. No se pregunta qué habría podido ser un país con este trato comercial, estas remesas, esta gente y este bono que se acaba. No se pregunta por los pares. No se pregunta por la productividad, esa palabra fea que no cabe en un mitin y sin la cual los salarios, tarde o temprano, se vuelven promesa inflacionaria. El 154 por ciento se ofrece como fruto de la hora presente. La recaudación que sube sin crear impuestos nuevos se ofrece como milagro de honradez, sin el tedioso paréntesis de los precios, la inflación o el miedo a no estar en regla. El marco no es un error de cálculo. Es una poética.

En esa poética brilla la soberanía. “México no es piñata de nadie.” La frase tiene el metal de las buenas sentencias y el destino de las sentencias: se recuerda más que se cumple. La soberanía verdadera es prosaica. Está en la aduana, en el tratado que se revisa, en la visa que se retira o se otorga, en la droga que cruza y en el arma que baja, en la capacidad de un Estado de imponer la ley en su propio suelo sin convertirlo en teatro. Decir que no se negocia la soberanía mientras se depende del ciclo norteamericano —del consumo, de la política arancelaria, del humor de un presidente ajeno— no es traición. Es el desajuste clásico entre el himno y el inventario. Se puede cantar de pie y firmar sentado. Los países serios lo hacen todo el tiempo. Lo que no hacen es pretender que el canto baste.

Cierra el rito la frase que debía cerrarlo: que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos. Se afirma la unidad cuando el movimiento ha sentido el tirón —el gobernador que sobra, el apellido que ya no abre puertas afuera, la lista de 2027 que habrá que vigilar para que la fe no se disperse. Quien dice “no hay grieta” ha oído ya el yeso. Chesterton notaba que ciertas verdades se proclaman con tanta fuerza solo cuando han dejado de ser evidentes. Eco habría sonreído ante el signo: la palabra unidad, colocada al final, no describe un estado; realiza un conjuro. Los conjuros, en política, duran lo que dura la hora. Después vuelve el siglo, que es más largo y menos obediente.

¿Qué queda, entonces, si no se quiere la estridencia del “todo es mentira” ni la comunión del “por fin el pueblo”? Queda una tarea más lenta y menos fotogénica. Distinguir el alivio del rumbo. Conceder el homicidio que baja sin ocultar el nombre que no vuelve. Celebrar el salario que recupera sin llamar jardín al solar. Recibir el programa que llega a la cuenta y preguntar, sin ingratitud, qué se está dejando de construir para que esa cuenta no se seque. Mirar la deuda como se mira el gotera de la casa propia: no para hacer de ella una ideología, sino para no fingir que el techo está nuevo. Desconfiar de las narrativas que redimen el presente a costa de volver inhabitable todo lo anterior. Y recordar —esto es lo más conservador y lo menos espectacular— que el Estado es un instrumento, no un padre eterno, y que los pueblos duran más que las horas en que se les habla.

En la peluquería, cuando acaba el discurso, el muchacho sacude la toalla y pregunta si va a querer gel. Nadie responde con la palabra prosperidad. Alguien pregunta la hora, que ya no es la de Palacio. Afuera, septiembre sigue siendo el mes en que el agua y el sol se disputan la calle, el mes en que empiezan las clases y los informes, el mes en que México, otra vez, confunde el inventario con el destino. El siglo, que no cabe en sesenta minutos, sigue ahí: en la cita que no sale, en el primo que no marca, en el taller que abre aunque no haya comunicado, en la abuela que revisa el depósito y, sin teología alguna, da gracias y cuenta si alcanza.

Esa es la única glosa que el patio nacional sabe hacer. No niega lo que mejoró. No se arrodilla ante lo que se nombró. Espera, con esa paciencia un poco triste y un poco sabia de las casas que han oído muchos primeros de septiembre, que algún día el poder hable también de lo que no le sirve. Hasta entonces, la hora seguirá pretendiendo ser siglo. Y el siglo, más educado, seguirá sin interrumpir.

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