Hay domingos en que la ciudad se despierta con dos pulsos distintos y finge, por un rato, que no se oyen juntos. Antes de que el café termine de sentarse en la taza, por Insurgentes ya corre un rumor de silbatos, zapatillas y vallas. El XLIII Maratón de la Ciudad de México ha salido de Ciudad Universitaria hacia el Zócalo: treinta mil cuerpos midiendo 42.195 kilómetros como si el asfalto pudiera, por una mañana, volverse promesa. Más tarde, desde el Ángel, otra columna camina la misma dirección con otro reloj. No lleva chip ni hidratación oficial. Lleva fotografías. El lema de esa marcha es casi un reproche teológico disfrazado de consigna: «Nosotros somos la voz de ellos».
Uno no necesita una teoría del Estado para advertir el signo. Las dos procesiones van al mismo recinto. Una llega. La otra no sabe si llega nunca.
La meta de este año se instaló, por primera vez, sobre la plancha del Zócalo, frente al asta bandera. Es un detalle de escenografía y, como casi toda escenografía mexicana, también una confesión. El poder ama las llegadas visibles. Le gustan el cronómetro, la medalla, el cuerpo que cruza una cinta y puede ser aplaudido sin resto. Hay algo verdadero en eso: el esfuerzo concreto, la disciplina que no pide permiso a la queja, el padre que entrena de madrugada porque todavía cree que el cuerpo obedece cuando se le pide con constancia. No hay que despreciar esa escena. En una ciudad que tantas veces se disculpa de sí misma, ver a alguien terminar lo que empezó a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana es, todavía, una forma menor de esperanza.
Pero el signo no es la cosa. El Zócalo puede recibir una carrera y, a la misma hora, servir de altar improvisado a lo que no aparece. En la Glorieta que unos llaman del Ahuehuete y otros, con más exactitud dolorosa, de las y los desaparecidos, las familias han vuelto a pegar fichas: rostros, fechas, un número de teléfono que alguien sigue contestando como si el aparato pudiera enmendar el mundo. Se habla de más de dos mil trescientas en esa jornada. El registro nacional, con todas las trampas que un registro admite, habla de más de ciento treinta mil personas desaparecidas o no localizadas. La cifra es tan grande que ya no corta. Se ha vuelto clima. Y el clima, en esta ciudad, se soporta o se denuncia; rara vez se piensa.
Hay que decirlo con cuidado, porque el cuidado es lo primero que se pierde cuando un dolor se vuelve bandera. No toda ausencia es el mismo delito. No toda carpeta es una sentencia. No todo gobierno es el autor de lo que no encuentra, ni toda oposición es la viuda legítima de lo que falta. El Estado mexicano ha practicado la desaparición; también la ha heredado, disimulado, burocratizado y, en no pocos casos, padecido como incompetencia más que como plan. El crimen organizado no necesita un oficio de por medio para borrar a alguien. La frontera entre el secuestro, la trata, la venganza y la omisión oficial se vuelve, para la madre que busca, una sutileza de juristas. Ella no discute tipificaciones. Busca un cuerpo o una noticia que le permita, al fin, darle un lugar a lo que ama.
Esa es la herida que el domingo pone junto a la cinta de llegada. México celebra con facilidad el cuerpo que rinde cuentas al reloj y tolera, con una paciencia casi litúrgica, el cuerpo que no rinde cuentas a nadie. Una civilización se reconoce menos por sus récords que por lo que hace con los nombres que no vuelven. Si el nombre se vuelve solamente cartel, el dolor se administra. Si se vuelve solamente estadística, se evapora. Si se vuelve solamente acusación contra el adversario de esta semana, se falsea. Lo que permanece —y aquí la ciudad todavía enseña algo que Palacio no improvisa— es la casa que no convierte la ausencia en contenido. La silla que no se retira. El santo que no se guarda. La misa de las diez, donde alguien menciona un nombre sin alzar la voz, como se menciona lo sagrado cuando ya no se espera aplauso.
La tentación de este día es doble y, por eso, simétrica. De un lado, la liturgia deportiva de la ciudad saludable: corremos, somos resilientes, el Centro Histórico late, México avanza. Del otro, la liturgia de la denuncia total: si no marchaste, eres cómplice; si no adoptaste el vocabulario entero, no has entendido nada. Las dos liturgias se parecen más de lo que admiten. Ambas prefieren el signo al trabajo lento. Ambas quieren un Zócalo que absuelva. Ambas desconfían de la escala pequeña, que es precisamente donde se guarda o se pierde una vida: la denuncia que sí se integra, el policía que sí conoce la cuadra, el juez que no espera instrucción, el vecino que avisa, la parroquia que acompaña sin convertir el altar en tribuna, la familia que no entrega la memoria al algoritmo.
No se pide indiferencia. Se pide otra cosa, más antigua y menos fotogénica: que el orden sea medible donde la ausencia empieza, no solo donde se conmemora. Buscar no es un eslogan. Es un oficio de pico, de archivo, de fosa, de pregunta repetida ante un mostrador que ya aprendió a no oír. Justicia no es el tono de la marcha ni el silencio de quien cruza de acera para no ver las fotos. Es que el mismo criterio sobreviva el lunes, cuando ya no hay vallas ni medallas ni lonas. Una República que solo sabe honrar a los desaparecidos un 30 de agosto y solo sabe celebrarse un domingo de maratón no ha entendido ni el duelo ni la fiesta. Ha entendido el calendario.
Mientras tanto, la ciudad sigue siendo ciudad. Hay quien oye pasar a los élites por Reforma y calcula si podrá cruzar a misa. Hay quien vende agua a dos pesos más porque el operativo lo permite. Hay un niño que pregunta por qué tantas fotos en la reja y recibe una respuesta que no cabe en una frase. Hay también —y esto no debe olvidarse por corrección emocional— quien corre porque puede, porque el cuerpo todavía le responde, porque terminar una carrera es una de las pocas victorias que no requieren permiso de nadie. Esa alegría no ofende a los que buscan. La ofensa empieza cuando una alegría se usa para tapar una pregunta, o cuando una pregunta se usa para prohibir cualquier alegría.
Uno puede amar esta capital hasta el último adoquín y precisamente por eso, negarse a elegir entre el corredor que llega y el nombre que no vuelve. Los dos habitan el mismo suelo. El primero demuestra que la voluntad todavía organiza el tiempo. El segundo recuerda que hay tiempos que ninguna voluntad devuelve. Entre esos dos hechos se juega, sin épica, lo que queda de decencia pública: no convertir el Zócalo en única meta, ni la ausencia en único relato, ni al próximo hombre fuerte en el que por fin va a encontrar a todos.
La cinta se corta. El último corredor, si el día no se tuerce, llegará cuando la plaza ya huela a sol y a elote. Las fichas, en cambio, seguirán donde el viento las deje. La pregunta con la que uno vuelve a su colonia no es quién ganó la mañana. Es más casera y por eso más grave: qué nombre, de todos los que hoy se pronunciaron en voz alta o se guardaron en silencio, tendrá mañana un lugar que no sea una reja.
