Cuando la fuerza de la retórica es mayor que la fuerza de la verdad

En el mercado de ciertas colonias de esta ciudad todavía existe un trato que no se firma. El vendedor sostiene la báscula, mira a los ojos y dice, sin alzar la voz, que si la fruta no está buena se la cambia. Nadie graba la frase. Nadie la convierte en consigna. Pesa exactamente lo que pesa el hombre que la pronuncia y que estará ahí la semana siguiente, con la misma báscula y la misma cara. Esa palabra no viaja lejos. Por eso, extrañamente, todavía se le cree.

A poca distancia —o a mil kilómetros, que para el caso es lo mismo— otra voz ocupa más aire. Habla de pueblo, de historia, de un destino que ya está escrito y solo falta celebrar. Las palabras salen redondas, ensayadas, y el aparato las recibe como si fueran hechos. Se oyen en el taxi, en la cocina mientras se pega el arroz, en el teléfono del hijo que ya no pregunta si lo dicho ocurrió de verdad. Tienen más volumen que aquello que uno acaba de palpar: el precio del kilo, el bache que nadie tapa, la hora en que el puesto de la esquina cerró porque ya no era prudente quedarse.

Así se instala el desequilibrio. No es que la verdad haya desaparecido. Es que ha quedado más lenta, más local, más vulnerable a la contradicción inmediata. La retórica, en cambio, aprendió a estar en todas partes a la vez. Ya no necesita al orador presente. Se reproduce, se adelanta, se adelgaza hasta convertirse en atmósfera. Uno no la discute: la inhala.

Hay en esto una paradoja antigua y persistente. Vivimos una época que invoca sin cesar los datos, la evidencia y la transparencia, y sin embargo se mueve por la cadencia, por el enemigo bien nombrado, por la frase que cierra el argumento antes de haberlo abierto. El signo se ha desprendido de lo que pretendía señalar con una elegancia casi profesional. Ya no describe; instituiye. El “pueblo” puede significar a quienes votaron, a quienes no votaron, a quienes deberían haber votado y a quienes, en rigor, no existen más que como destinatarios del discurso. La “transformación” no necesita mostrar el antes y el después; le basta con pronunciarse otra vez.

En México esta vieja vocación por la elocuencia —la del púlpito, la tribuna y la sobremesa— ha sido industrializada. Ya no es el don de un hombre que habla bien. Es una tecnología de presencia. El que controla el tono controla, por un rato, la percepción de lo real. Por eso el mesianismo político no necesita milagros comprobables: le basta con una liturgia verbal lo suficientemente densa para que la ausencia de resultado parezca una etapa necesaria. El progresismo moralista sustituye la descripción por la acusación y llama “claridad” a la imposibilidad de réplica. El liberalismo que solo sabe vender estilos de vida convierte el deseo en evidencia y el consumo en destino. Los tres coinciden en una sola operación: hacer que la palabra llegue antes que la cosa y que, llegado el caso, la reemplace.

Lo extraño no es que esto ocurra. Lo extraño es que todavía nos sorprenda. La verdad, la de carne y no la de comunicado, exige memoria, presencia y la posibilidad humillante de que mañana el mismo interlocutor te recuerde lo que dijiste. La retórica no. Puede contradecirse a sí misma con una sonrisa y llamar a eso evolución del relato. Puede ocupar el silencio familiar, el receso escolar, la sobremesa, hasta que el niño deja de preguntar “¿y eso es cierto?” porque ha aprendido que la pregunta estorba el ritmo.

Queda, sin embargo, lo que no viaja tan bien: la palabra dada en voz baja, el trato que se cumple porque el que lo hizo no puede desaparecer detrás de una pantalla, la corrección que se hace en la misma mesa donde se exageró. Eso no gana elecciones. No genera trending. No consuela con la sensación de estar del lado correcto de la historia. Solo sostiene, con una terquedad casi provinciana, la posibilidad de que las cosas todavía se llamen por su nombre.

Uno apaga el aparato. Por un instante la cocina recupera sus ruidos menores: la cuchara contra el plato, el agua que no llega con la presión de siempre, el comentario de quien comparte la mesa y no necesita un eslogan para ser creído. Entonces asoma la pregunta que no cierra del todo: ¿cuánto tiempo puede un pueblo preferir la elocuencia a la correspondencia entre lo dicho y lo que ocurre al doblar la esquina? El mercado, al final de la tarde, recoge las cajas. La voz, en cambio, no se recoge. Sigue sonando, limpia, convincente, como si el mundo tuviera la obligación de parecerse a ella.

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