Los tres verbos que aprendieron a ausentarse

Hay mañanas en que la frase llega antes que el café. Sale de la radio de la cocina, de la pantalla del teléfono, de la voz que aún conserva el tono de quien cree estar ofreciendo una lección moral. “No mentir, no robar, no traicionar.” Tres verbos limpios, casi domésticos, que un niño puede aprender sin esfuerzo y que un adulto, si ha caminado lo suficiente por esta ciudad, oye ya con una mezcla de cansancio y vigilancia. Porque los verbos, cuando se repiten demasiado, terminan por delatar la distancia entre lo que nombran y lo que realmente ocurre. Se posan sobre la mesa como un objeto familiar y, al mismo tiempo, extraño: algo que todos reconocen y que, sin embargo, ya nadie parece tomar del todo en serio.

No se trata de una simple promesa incumplida. Se trata de algo más grave y más sutil: la transformación de una exigencia ética en un talismán. Un talismán que se lleva al pecho, se muestra en público y se utiliza para absolver de antemano. Mientras el lema circule, el hecho puede esperar. Mientras la frase se pronuncie con la debida solemnidad, la contradicción se vuelve anecdótica, casi maliciosa por parte de quien la señala. El poder descubre, una vez más, que las palabras graves pueden servir tanto para elevar el estándar como para protegerse de él. Y la sociedad, cansada o distraída, termina por aceptar el intercambio: a cambio de la repetición ritual de los tres verbos, se tolera que la realidad se deslice por debajo de ellos.

Mentir, en este nuevo registro, dejó de ser un acto deliberado y se convirtió en atmósfera. Ya no es necesario falsear un dato aislado con la torpeza de quien teme ser descubierto. Basta con construir un clima en el que la verdad se vuelve relativa, contextual, “de clase”, “de momento histórico”, “de correlaciones de fuerza”. Se presume lo que no se tiene. Se niega lo que millones observan cada mañana al salir de casa: la escasez que no se resuelve, la violencia que se gestiona en vez de combatirse, el trámite que se eterniza, la promesa que se diluye en explicaciones técnicas. Se edita el pasado con la misma naturalidad con que se recorta un video. El resultado no es solo la mentira puntual; es la erosión lenta de la posibilidad misma de decir “esto es” o “esto no es”. Cuando todo se vuelve relato, la realidad se vuelve sospechosa. Y quien insiste en nombrar lo que ve se convierte, casi automáticamente, en el que “no entiende”, en el que “está del otro lado”, en el que “quiere regresar al pasado”.

Hay una forma más profunda de mentira que no necesita palabras falsas. Es la mentira del sujeto que se presenta a sí mismo como moralmente superior por el solo hecho de haber enunciado los tres verbos. Esa superioridad funciona como escudo y como identidad. Permite que la incompetencia se disfrace de austeridad, que la improvisación se presente como ruptura con el pasado, que el desorden se celebre como “voluntad popular”. La mentira ya no está solo en lo que se dice; está en la postura desde la cual se dice. Y esa postura, una vez instalada, resulta extraordinariamente difícil de desmontar, porque quien la cuestiona parece estar atacando no un error concreto, sino una virtud proclamada. El que miente desde la superioridad moral no solo falsea un hecho: falsea el terreno mismo en el que se discute el hecho. Deja al interlocutor sin suelo.

Robar, por su parte, adquirió una dignidad semántica que no merecía. El robo antiguo al menos sabía su nombre y, en el fondo, temía ser descubierto. El nuevo se disfraza de redistribución, de justicia social, de “atención al pueblo”, de “prioridad a los más necesitados”. El dinero que falta en el hospital, en la calle, en la escuela, en el mantenimiento mínimo de lo común, no desaparece: se transforma en discurso. El sobreprecio se justifica con la urgencia. La obra que no se termina se celebra como avance. El desfalco documentado se diluye en comisiones, en explicaciones técnicas, en la promesa de que “se está investigando”. Y, lo más inquietante, una parte de la sociedad ha aprendido a mirar hacia otro lado porque el robo ahora viene envuelto en una causa superior. Robar en nombre de los pobres se ha convertido, para algunos, en una forma aceptable de robar. El resultado es que el pobre sigue esperando y el botín, de un modo u otro, encuentra su camino. La causa superior no solo no detiene el robo: lo protege.

Pero hay un robo más profundo que el de los recursos. Es el robo del tiempo. El tiempo de las familias que esperan un medicamento que no llega, un trámite que no se resuelve, una seguridad que no se ofrece, una respuesta que nunca llega. El tiempo de los hijos que crecen aprendiendo que las promesas públicas son un género literario aparte, algo que se escucha pero no se toma del todo en serio. El tiempo de los vecinos que ya no confían en que la palabra de quien gobierna tenga alguna relación estable con lo que luego ocurre. Ese robo no aparece en las auditorías. No genera titulares espectaculares. Simplemente se acumula, día tras día, hasta que la gente deja de esperar y empieza a organizarse en silencio, o a resignarse, o a endurecerse. El tiempo robado no se recupera. Se hereda como desconfianza.

Y traicionar… esa es la operación más refinada y, por eso mismo, la más difícil de nombrar sin que suene a exageración. Se traiciona no solo al electorado que creyó. Se traiciona la palabra misma. Se traiciona cuando se promete paz y se gestiona, con mayor o menor destreza, la expansión del crimen. Cuando se invoca a las madres y se deja a las buscadoras caminando solas. Cuando se eleva la honestidad a catecismo y luego se exige silencio ante la evidencia. Cuando se habla de soberanía mientras se importa lo esencial. Cuando se usa el lenguaje de la dignidad para cubrir la renuncia a proteger lo más básico. La traición moderna ya no necesita puñal ni escena dramática. Solo necesita coherencia narrativa. Mientras el relato se sostenga, el hecho puede esperar su turno. Y muchas veces ese turno nunca llega, porque el relato se renueva, se ajusta, se reinventa, y el hecho queda archivado bajo el peso de la siguiente emergencia discursiva.

Hay una traición todavía más silenciosa: la que se comete contra la posibilidad de educar. Un padre o una madre que corrige a su hijo por una mentira pequeña, por un objeto tomado sin permiso, por una promesa incumplida, se encuentra de pronto en una posición extraña y solitaria. Tiene que explicar por qué en casa esas cosas importan, mientras afuera se celebran como astucia, como “habilidad política”, como “entendimiento del momento”, como “realismo”. La educación moral de los hijos se vuelve, sin querer, un acto de resistencia. No necesariamente contra un gobierno concreto, sino contra un clima en el que las palabras más graves han perdido peso y en el que la coherencia se presenta casi como una ingenuidad. Cuando el espacio público degrada el valor de no mentir, no robar y no traicionar, la casa se convierte en el último lugar donde esas palabras todavía pueden significar algo. Y esa carga, para muchas familias, es pesada.

Lo sorprendente no es que estos tres verbos hayan sido incumplidos. Lo sorprendente es que sigan funcionando como amuleto. Se pronuncian con la solemnidad de quien todavía cree —o necesita creer— que las palabras poseen un poder mágico independiente de las acciones. Como si repetir “no mentir” borrara la mentira ya dicha. Como si invocar “no robar” neutralizara el robo ya consumado. Como si decir “no traicionar” reescribiera la historia de las promesas rotas. El amuleto no exige conversión. Solo exige repetición. Y la repetición, cuando se vuelve ritual vacío, termina por vaciar también a quienes la practican.

Y aquí aparece el espejo, ineludible y sin contemplaciones. Porque quienes señalan con mayor vehemencia el incumplimiento de estos tres verbos no siempre están a salvo de ellos. También hay quienes mienten cuando les conviene el relato, quienes ajustan los hechos a la narrativa que necesitan, quienes omiten lo que estorba y exageran lo que favorece. También hay quienes roban con el disfraz de la “necesidad política”, de la “defensa de valores”, del “mal menor”, del “hay que llegar para poder hacer algo”. También hay quienes traicionan alianzas, principios, electores y hasta su propia biografía en cuanto el costo de la coherencia se vuelve demasiado alto. El lema de unos se convierte en el alibi de otros. La denuncia se transforma, con demasiada facilidad, en un nuevo talismán: basta con acusar al contrario de mentir, robar y traicionar para quedar, por contraste, absuelto de las mismas faltas. El espejo no distingue colores ni banderas. Solo refleja, con una frialdad casi doméstica, que la ausencia de los tres verbos no es patrimonio de un solo bando. Es una costumbre que se ha instalado dondequiera que el poder —o la aspiración al poder— prefiere la narrativa a la verdad, el botín al servicio y la conveniencia a la lealtad. Criticar el talismán ajeno mientras se construye el propio no es lucidez: es otra forma de la misma ausencia.

La ética no es un letrero. No es un eslogan de campaña. No es un recurso retórico que se activa cuando conviene y se apaga cuando estorba. No es un arma que se usa contra el adversario y se guarda cuando se llega al poder. Es una costumbre que se sostiene cuando nadie mira, cuando el micrófono se apaga, cuando el costo personal aparece y no hay aplauso que lo compense. Es lo que se hace cuando no hay cámara, cuando no hay ventaja electoral inmediata, cuando la coherencia duele. Y esa costumbre, en estos años, ha preferido ausentarse de casi todas partes. No solo de quienes la proclamaron con mayor ruido. También de quienes la reclamaron con mayor indignación. El resultado es una ciudad —y un país— donde las palabras más graves circulan todavía, pero ya casi nadie las habita.

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