Cuando lo elemental se vuelve subversivo

Hay mañanas en esta ciudad en las que uno sale a la calle y advierte, sin necesidad de grandes teorías, que algo se ha roto en el trato, no es solo la inseguridad ni el tráfico ni la basura acumulada en la esquina de siempre, es un tono, una manera de dirigirse al otro que ya no reconoce límites, el funcionario que eleva la voz porque puede, el político que convierte la mentira en herramienta rutinaria y hasta en virtud de combate, el ciudadano que, cansado de ser tratado como cliente o como enemigo, responde con el mismo desprecio que recibe, la decencia, esa vieja palabra casi avergonzada, ha pasado de ser el suelo mínimo de la convivencia a convertirse en una exigencia que suena casi revolucionaria.

No se trata de buenos modales ni de una moralina de salón, la decencia política es más austera y más grave, consiste en aceptar que el poder no absuelve, que quien manda sigue estando obligado a la verdad, a la contención y al respeto de las formas, incluso cuando tiene la fuerza para ignorarlas, es la negativa a convertir la autoridad en licencia para humillar, mentir o usar las instituciones como botín personal, en un país donde el cinismo se ha vuelto método de gobierno, reclamar decencia ya no es un gesto conservador blando, es una forma de resistencia.

Lo sorprendente es que una exigencia tan elemental haya llegado a parecer radical, durante generaciones se dio por sentado que el poder, por imperfecto que fuera, debía guardar ciertas formas, no porque los gobernantes fueran santos, sino porque la forma protege, la forma impide que la voluntad se vuelva absoluta, la forma recuerda que el otro —el adversario, el ciudadano, el que no piensa igual— no es material desechable de la contienda, cuando esa forma se pierde, lo que queda no es una política más auténtica ni más cercana al pueblo, lo que queda es la voluntad desnuda y la voluntad desnuda, tarde o temprano, termina por devorar aquello que decía proteger.

México conoce bien este proceso, hemos visto cómo el lenguaje público se envilece hasta volverse irreconocible, cómo las instituciones se doblan hasta perder su función, cómo el ciudadano es tratado unas veces como menor de edad al que hay que redimir y otras como enemigo al que hay que doblegar, en ambos casos se niega la misma cosa: la dignidad mínima de quien no detenta el poder y cuando esa dignidad se niega de manera sistemática, la confianza se agrieta, sin confianza no hay formalidad económica que resista, ni seguridad que se sostenga, ni vida familiar que no se sienta permanentemente asediada.

La restauración que el país necesita no empezará por grandes designios ni por caudillos providenciales, empezará, más bien, por la recuperación de lo elemental, que las reglas valgan para todos y no solo para los adversarios, que el lenguaje público no se envilezca por sistema, que el ciudadano no sea reducido a instrumento o a amenaza, la exigencia de decencia no sustituye la necesidad de capacidad estatal, de monopolio legítimo de la fuerza ni de formalidad económica, pero sin ella, cualquier intento de reconstrucción nace ya cojo, un Estado puede ser fuerte y al mismo tiempo indecente: arbitrario, selectivo, degradante, ese tipo de fuerza no produce orden, produce temor o clientela y el temor y la clientela, por eficaces que parezcan en el corto plazo, corroen la posibilidad misma de una vida en común.

Hay quienes confunden firmeza con vulgaridad y contención con debilidad, creen que la política seria debe hablar con el tono del agravio permanente, como si la humillación del otro fuera prueba de convicción, se equivocan, la verdadera firmeza no necesita degradar para afirmarse, la autoridad que se respeta a sí misma no requiere convertir cada desacuerdo en una guerra moral y el poder que entiende sus límites es, precisamente por eso, más duradero que el que se cree absuelto de toda forma.

Quizá por eso la decencia se ha vuelto subversiva, porque recuerda algo que el poder absoluto prefiere olvidar: que no todo lo que se puede hacer se debe hacer, que la política, si quiere ser algo más que la administración del resentimiento o del botín, necesita un suelo moral mínimo, ese suelo no garantiza la virtud de los gobernantes, solo impide que la falta de virtud se convierta en sistema.

Uno camina por las calles de esta ciudad y ve, en los detalles más pequeños, las consecuencias de haber perdido ese suelo, familias que ya no confían en que las reglas valdrán mañana igual que hoy, jóvenes que aprenden pronto que el cinismo es más rentable que la coherencia, comerciantes que calculan no solo costos e impuestos, sino el precio invisible de la arbitrariedad, la decencia no resolverá sola ninguno de estos problemas, pero sin ella, ninguno de ellos podrá resolverse de manera durable.

Restaurar no es volver a un pasado idealizado, es recuperar la posibilidad de vivir juntos sin que el poder se convierta en amenaza permanente y esa posibilidad empieza, de manera casi humilde, por exigir que quienes mandan no olviden que siguen siendo hombres entre hombres, sujetos a las mismas exigencias mínimas de verdad, contención y respeto, cuando eso deja de ser obvio, la política ha perdido ya algo esencial y recuperarlo no es un lujo, es la condición de cualquier orden que pretenda durar.

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