El rey de paso y los pueblos que se quedan

El jueves 25 de junio, por la tarde, el rey Felipe VI entrará un rato al Palacio Nacional, será una visita breve, casi de tránsito: viene a México porque al día siguiente su selección juega contra Uruguay en Guadalajara, dentro de ese Mundial que agita la ciudad con banderas y conversaciones de sobremesa, la presidenta ha dicho que el encuentro durará poco, que no habrá conferencia de prensa y que, entre los asuntos que pondrá sobre la mesa, estará siempre el de los pueblos originarios.

Es un gesto de distensión después de años de cartas, rechazos y enfriamientos, bienvenido sea cualquier puente que se tienda sin histrionismo entre México y España, pero uno se pregunta, mientras la CDMX sigue su ritmo de siempre —el Metro que traga gente a las siete de la mañana, los changarros que abren antes de que claree, las madres que calculan el camión y la comida—, si esta conversación de horas alcanzará para algo más que una fotografía y una declaración de buenas intenciones.

Porque hablar de los pueblos originarios se ha vuelto cómodo cuando se trata de invocar su grandeza anterior a 1519 o de celebrar que alguien, al otro lado del Atlántico, reconozca “abusos” de la Conquista, más incómodo resulta hablar de lo que hoy viven millones de mexicanos que llevan en la sangre esas raíces y que como todos los demás, padecen la extorsión que no distingue etnias, la escuela que a veces solo entretiene, la inseguridad que vuelve peligroso el regreso a casa y la informalidad que devora el tiempo de las familias.

La historia de México no es un pleito binario entre victimarios eternos y víctimas eternas, es un encuentro áspero y fecundo de mundos, los mexicas también conquistaban y exigían tributo; muchos pueblos originarios se aliaron con Cortés contra el imperio que los sometía, la Nueva España levantó catedrales sobre pirámides, pero también universidades, hospitales, imprentas y un orden jurídico que, con todas sus sombras, articuló un continente, el español se volvió la lengua común que hoy permite a un oaxaqueño y a un regiomontano leerse sin traductor, la fe católica, llegada con la espada pero también con frailes que defendieron a los indios ante la Corona, se incrustó en el alma popular y sigue siendo, para millones, el último refugio de sentido y comunidad cuando las instituciones flaquean.

Reducir todo eso a una lista de agravios del siglo XVI es empobrecer la memoria y empobrecernos a nosotros, honrar de verdad a los pueblos originarios no consiste en congelarlos en el año 1520 ni en convertirlos en argumento de política exterior, consiste en que sus descendientes —que somos la inmensa mayoría de los mexicanos— podamos vivir con dignidad en el presente: con calles donde no haya que pagar piso, con escuelas que enseñen a leer y a pensar con rigor, con propiedades que se puedan heredar sin miedo al despojo y con comunidades que conserven sus tradiciones sin que nadie las use como pretexto para mantenerlas al margen de la ley o como clientela permanente.

El rey se irá pronto, el Mundial pasará, quedará la ciudad de siempre, esa que camina uno palmo a palmo y que sigue siendo, a pesar de todo, una síntesis viva: tianguis donde se habla náhuatl y español en la misma frase, procesiones que mezclan santos y danzas ancestrales, familias que rezan y que trabajan, que sufren y que esperan, esa síntesis no es una traición a los orígenes; es lo que los orígenes, con todas sus violencias y sus dones, acabaron produciendo.

Quizá el mejor reconocimiento que México y España se puedan hacer mutuamente no sea una disculpa por el siglo XVI, sino una alianza concreta por el XXI: inversión que genere empleos de verdad y no solo programas asistenciales, cooperación efectiva contra el crimen organizado que no respeta fronteras ni linajes y un diálogo cultural que celebre la complejidad de lo que somos en lugar de mantener abierta, cinco siglos después, una herida que sirve más a la escenografía que a la reconciliación real.

Los pueblos originarios no necesitan que se hable de ellos en una reunión breve, necesitan que el Estado cumpla con lo más elemental: orden, justicia, educación que integre sin borrar y la certeza de que sus hijos no tendrán que elegir entre la miseria o la violencia, eso sí sería conservar lo esencial, lo demás, mientras el rey viene y se va, sigue siendo sobre todo, una larga conversación que México tiene pendiente consigo mismo.

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