El gran circo vacío que nos devora

En estos días de polarización tóxica y visceral, donde cada palabra se convierte en bala digital, cada gesto en provocación y cada encuentro en capítulo de un reality show interminable, surge una verdad incómoda, casi dolorosa, que ya no podemos seguir evadiendo: la política se ha vuelto hueca, vacía por dentro, sin raíces profundas, sin ideales templados en la historia, el sacrificio y la reflexión seria; sin proyectos de nación que trasciendan el próximo conteo de votos, el siguiente like o el trending topic de la semana, solo postureo barato, chispazos mediáticos calculados, egos hipertrofiados y tribus atrincheradas que repiten consignas como loros mientras el país se desangra en violencia, estancamiento y desesperanza.

Lo estamos presenciando en tiempo real con la gira de Isabel Díaz Ayuso por México, una visita que comenzó con un acto en la Basílica de Guadalupe, continuó con encuentros políticos y empresariales en la CDMX, Monterrey, Aguascalientes y la Riviera Maya, incluyó un polémico homenaje al mestizaje y la figura de Hernán Cortés y con un discurso libertario incendiario en la Universidad de la Libertad, posiciones sin ambages —defensa férrea de la libertad individual, el libre mercado, la crítica al modelo estatista y una visión sin complejos de la historia hispanoamericana— han actuado como un detonador en un polvorín ya cargado.

Del lado oficialista, la respuesta ha sido un vendaval predecible de indignación y acusaciones, Clara Brugada, jefa de Gobierno de la CDMX, ha calificado la gira de injerencia descarada de la “ultraderecha internacional”, ha sentenciado que la derecha mexicana está “democrática y moralmente derrotada” y ha atacado duramente la visión de Ayuso sobre la Conquista como “racista y clasista”, Citlalli Hernández, senadora de Morena, ha alertado sobre el riesgo de importar agendas extranjeras que atentan contra la soberanía, Ariadna Montiel, dirigente nacional de Morena, junto a figuras como Gerardo Fernández Noroña —quien la ha tildado de “súper fascista” y se ha ensañado con correcciones ortográficas y cuestionamientos personales—, han elevado el tono hasta denunciar colonialismo, injerencia y una supuesta conspiración contra la Cuarta Transformación, el aparato morenista completo ha convertido el episodio en prueba irrefutable de que el enemigo externo acecha.

En el lado opositor, el recibimiento ha sido efusivo y oportuno. Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa de Cuauhtémoc, la acogió con una carta formal de amistad y cooperación, el empresario Ricardo Salinas Pliego le abrió generosamente las puertas de su Universidad de la Libertad para amplificar su mensaje ante un auditorio afín, dirigentes del PAN, el PRI y otros actores de la oposición han sostenido encuentros estratégicos, viendo en esta visita un respaldo simbólico y mediático a su narrativa anti-morenista y por supuesto, el ejército de “gilguerillos” digitales —trolls, militantes y bots de ambos bandos— ha transformado todo en un circo viral: trending topics, memes hirientes, hilos interminables y declaraciones cada vez más extremas que generan clics, indignación y nada más.

Esta política hueca es un mal biposturista, transnacional y sin escrúpulos, la izquierda se envuelve en la manta sagrada del “pueblo”, la “transformación” y la “justicia social”, pero cuando se rasga la tela solo queda vacío y contradicción: tolerancia sistemática a la corrupción, concentración obscena del poder, clientelismo masivo que compra conciencias con tarjetas y programas y un discurso supuestamente colectivista que en los hechos ha acelerado brutalmente la atomización social, promesas de fraternidad y comunidad, pero entregan una sociedad fragmentada donde el “yo” es el único dios: jóvenes sin horizonte ni empleo digno, familias desintegradas, barrios convertidos en rebaños electorales dependientes de dádivas y una cultura del “sálvese quien pueda” que ha destruido cualquier noción genuina de bien común.

La derecha a su vez, se arropa en la bandera reluciente de la “libertad”, el “mérito” y la “propiedad privada”, pero detrás viene el resto del espectáculo: defensa selectiva y conveniente de las reglas, abrazos oportunistas al corporativismo y al clientelismo empresarial cuando hay contratos, subsidios o favores que repartir y una incoherencia crónica que reduce la libertad a un eslogan vacío mientras ignora las condiciones materiales —educación de calidad, seguridad, movilidad social— que permitirían a la mayoría ejercerla de verdad, ambas posturas terminan abonando el mismo terreno envenenado: un individualismo salvaje, egoísta y despiadado disfrazado de ideología grandilocuente, el “yo primero” triunfa siempre, ya sea con retórica progresista o liberal-derechista.

Lo que une a todos los actores de este circo es la sustitución total de la sustancia por el espectáculo, el éxito político ya no se mide en la realidad del mexicano de a pie —en empleos dignos creados, en homicidios reducidos, en niños que realmente aprenden en la escuela, en familias que pueden vivir sin miedo, en calles seguras o en un futuro esperanzador—, sino en encuestas casi siempre “cuchareadas”, manipuladas o convenientemente interpretadas para fabricar victorias ficticias y justificar el statu quo, el político, el empresario-político o el influencer con curul se convierten en protagonistas de su propia serie de streaming, su métrica de éxito son los likes, los retuits, los momentos virales, las encuestas infladas y la capacidad de humillar al adversario en un post o conferencia de prensa, las grandes ideas se degradan a emociones primitivas y manipulables: el miedo al fascismo, al comunismo, la nostalgia de un pasado mitificado o la promesa de un futuro utópico que jamás llega, falta coherencia interna, falta coraje para asumir costos políticos por principios verdaderos, falta visión de largo plazo, todo vale —absolutamente todo— si sirve para conquistar o retener el poder, incluso convertir una gira en un ring de boxeo mediático.

El saldo de esta degradación es devastador y se palpa en el hartazgo colectivo, en México, en España y en gran parte de Occidente, millones de ciudadanos observan con repulsión creciente cómo sus supuestos líderes priorizan el relato, el ego y la polarización artificial sobre los problemas que realmente los están ahogando: una violencia que desangra familias y comunidades enteras, una economía que estanca sueños y genera emigración desesperada, un sistema educativo en ruinas que condena a generaciones enteras, la inseguridad cotidiana que pudre la vida diaria y una desigualdad que se reproduce generación tras generación, estas crisis titánicas exigen seriedad intelectual, conocimiento técnico profundo, humildad para reconocer errores y capacidad real de diálogo, lo que recibimos, en cambio, es puro teatro degradante.

Las redes sociales han sido el catalizador perfecto y letal de esta decadencia, los algoritmos no buscan verdad, ni complejidad, ni soluciones; premian la rabia, la simplificación extrema y el enfrentamiento tribal, los moderados, los que piensan con rigor, los que intentan construir puentes, quedan sepultados en el olvido, prosperan los polemistas profesionales, los que dominan el arte del insulto y la victimización, “gilguerillos” de izquierda y derecha se sienten héroes de una cruzada épica cuando en realidad, solo son piezas desechables de una máquina que genera distracción, polarización y ganancias para unos pocos.

La democracia auténtica exige infinitamente más de todos nosotros, requiere convicciones forjadas en el estudio serio, la experiencia real y el servicio desinteresado, no en encuestas diarias ni focus groups, necesita líderes con el valor de perder popularidad por defender principios y valores incómodos, pero sobre todo, necesita ciudadanos exigentes, conscientes y activos que se nieguen a ser público pasivo de este circo: que pregunten sin descanso por resultados concretos, que señalen sin piedad las incoherencias y que exijan saber quién paga realmente el costo de cada promesa hueca.

Y así estaremos, atrapados en este loop infinito, hasta que otro personaje de izquierda o de derecha pise México y volvamos al nuevo espectáculo del día: otro round de declaraciones incendiarias, otro trending topic, otro coro de aplausos y abucheos digitales, mientras los problemas estructurales siguen pudriéndose en silencio.

Mientras sigamos aplaudiendo o tolerando esta política hueca, solo cosecharemos mediocridad, frustración y decadencia, sin importar qué color o sigla ocupe el Palacio Nacional, ni la izquierda se redime por proclamarse “del pueblo”, ni la derecha se salva por declararse “defensora de la libertad”, ambos bandos están en gran medida, vacíos de proyectos serios de nación y han contribuido activamente a erosionar el tejido social, dejando un páramo de individuos aislados, ansiosos y solos que solo importan como votos, consumidores o carne de cañón para la siguiente batalla digital.

Es hora de rebelarnos con inteligencia y firmeza contra este espectáculo degradante, rechazar con contundencia la transformación de giras institucionales, debates públicos y cualquier asunto de interés nacional en mero circo mediático. Exigir —exigir de verdad— ideas con peso histórico, compromisos reales y verificables, coherencia personal y líderes que antepongan el bien común profundo —el de las familias, las comunidades y las generaciones futuras— a sus egos, sus cuentas de redes y sus narrativas tribales.

De lo contrario, seguiremos condenados a este vaivén interminable, agotador y estéril de chispas, escándalos efímeros, decepciones acumuladas y promesas rotas, mientras los problemas de fondo —los que duelen de verdad— se pudren lenta y silenciosamente bajo el brillo tóxico y efímero de las pantallas.

La política no puede seguir siendo un reality show barato y destructivo, México, su gente, su historia y su futuro merecen algo mucho más profundo, mucho más serio, mucho más honesto y sobre todo, mucho más verdadero, el momento de exigirlo es ahora.

Descubre más desde Valor Conservador

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo