El Veneno Invisible que Convierten al Mexicano en un Extraño de Sí Mismo

No es necesario dramatizar, basta con mirar los hechos que hoy marcan la agenda cotidiana de nuestra capital para entender que algo profundo se está desgarrando en el tejido de la Ciudad de México, feminicidios que han aumentado un 57 por ciento, según las cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el caso de Carolina Flores Gómez, exreina de belleza o el de Edith Guadalupe, cuyo proceso judicial ha revelado omisiones graves en la Fiscalía, no son excepciones aisladas, se suman a la riña que dejó a un hombre apuñalado a las puertas del Hospital La Raza en Azcapotzalco —donde falleció en plena calle, a metros de la atención médica que nunca llegó a tiempo— y al incendio que consumió puestos ambulantes junto al Mercado de Sonora en el Centro Histórico, todo ello, junto a la persistente percepción de inseguridad que, a pesar de algunas estadísticas oficiales de baja en ciertos delitos, sigue cobrando vidas y erosionando la confianza diaria de millones de familias, no son meros incidentes; son síntomas visibles de una contradicción que merece ser nombrada con claridad y respeto: se nos ofrece una narrativa de “transformación” y progreso, mientras la calle, los mercados y los hogares cuentan otra historia, una donde la vida sigue siendo vulnerable y donde el desorden urbano y social cobra un precio que pagan primero los más cercanos.

Como empresario que ha generado empleos en esta ciudad y como político que ha recorrido sus colonias sin más escolta que la palabra y el ejemplo, afirmo lo que muchos piensan en silencio: la CDMX no merece este contraste entre cifras y realidad cotidiana, amo esta ciudad porque es el motor económico y cultural de México, el lugar donde late el corazón de un país que ha resistido invasiones, revoluciones y crisis, precisamente porque sus familias han sido el primer dique de contención, cuando una mujer es asesinada, cuando un hombre muere apuñalado frente a un hospital o cuando el fuego devora el sustento de familias enteras, no solo se atenta contra vidas concretas; se hiere el tejido mismo que sostiene la economía familiar, el pequeño negocio, la escuela y la comunidad, la libertad responsable no consiste en dejar que cada quien haga lo que quiera; consiste en garantizar que nadie tenga que elegir entre salir a trabajar y temer por su integridad, la vida humana no es un valor negociable y el orden social no es un lujo conservador, sino la condición indispensable para que la dignidad de cada persona pueda florecer.

Pero hay que ir más hondo, estos síntomas de inseguridad no son meros fallos operativos; son el fruto visible de un ataque sistemático, más sutil y persistente, contra la familia misma y contra los valores que la sostienen, el Estado, a través de políticas que priorizan el individuo aislado por encima del núcleo familiar —con subsidios que reemplazan roles de cuidado y con marcos legales que diluyen la autoridad parental—, las ideologías antifamilia que redefinen la naturaleza humana como construcción arbitraria, fluida y las agendas importadas que llegan envueltas en banderas de progreso pero erosionan las raíces más profundas de nuestra identidad, ideologías que se presentan como liberadoras, promueven en realidad una erosión deliberada de los valores que han forjado a México: el respeto incondicional a la vida desde su concepción hasta su fin natural, la complementariedad natural entre hombre y mujer como base de la sociedad, la autoridad responsable de los padres, el sacrificio cotidiano por los hijos y el sentido de deber hacia la comunidad. En su lugar se instalan narrativas que reducen la familia a una opción más entre muchas, que equiparan el matrimonio con cualquier contrato temporal y que convierten la educación en un espacio donde se desconecta al niño de su herencia cultural, biológica y moral, este desprecio por la vida en cualquier etapa —del no nacido al anciano, del enfermo al discapacitado— se ha vuelto el hilo conductor invisible: se normaliza la eliminación del débil como supuesta solución a problemas sociales, se celebra la “autonomía” que en realidad es abandono y se presenta el descarte como acto de compasión, el mismo desprecio que permite que una mujer muera violentamente o que un hombre se desangre frente a las puertas de un hospital: cuando la vida pierde su valor absoluto, cualquier vida se vuelve prescindible.

Cuando se infiltran en las escuelas contenidos que niegan la realidad biológica o que presentan la familia tradicional como estructura opresora, se está rompiendo el primer lazo que nos ata a lo concreto y a lo permanente, la familia es el lugar donde se aprende el amor al prójimo no como abstracción sentimental ni como eslogan ideológico, sino como deber cotidiano: cuidar al anciano, educar al hijo, sostener al cónyuge en la enfermedad y en la salud, asumir la responsabilidad de los propios actos, al debilitarla, se crea una desafección generalizada: el individuo se vuelve extraño a sí mismo, flotando en un mar de derechos sin responsabilidades, incapaz de reconocerse en el rostro del otro porque ha perdido el espejo natural de su humanidad, ya no ve en el prójimo a un hermano con quien compartir un destino común, sino a un competidor o a un objeto de consumo, se interrumpe así la conexión directa con el amor real, con la responsabilidad social y con esa capacidad de sacrificio que ha permitido a generaciones de mexicanos reconstruir barrios enteros, levantar negocios familiares y mantener viva la esperanza incluso en las peores crisis, el ser humano, convertido en un átomo aislado ya no se reconoce a sí mismo porque ha perdido precisamente su humanidad: esa que solo se realiza plenamente en el vínculo familiar, en la entrega generosa y en el orden que nace del amor ordenado.

Esta erosión de valores no es un accidente cultural; es el resultado previsible de ideologías que bajo el pretexto de inclusión o de igualdad, atomizan la sociedad y la entregan al poder del Estado o del mercado, la CDMX, con su rico tapiz de barrios, tradiciones y familias que han sostenido generaciones, sufre particularmente este desarraigo, sin familias fuertes, no hay orden social verdadero, ni responsabilidad cívica, ni economía que se sostenga sobre bases sólidas de confianza y esfuerzo compartido. La narrativa dominante insiste en que los problemas se resuelven con más gasto clientelar o con discursos que estigmatizan cualquier llamada al orden como “represión”, ahí radica la contradicción más grave: se celebran avances estadísticos mientras las familias siguen enterrando hijas, mientras los comerciantes pierden mercancía y futuro en incendios evitables y mientras el tráfico y las protestas bloquean avenidas sin que se ofrezcan alternativas reales de movilidad. ¿Dónde queda la dignidad humana cuando se reduce la seguridad a números y no a rostros concretos?

No se trata de desconocer avances, cuando la Secretaría de Seguridad Ciudadana detiene a extorsionadores o desarticula células de robo, hay que reconocerlo, pero el bien común exige más que operativos reactivos; exige una visión integral que coloque a la familia en el centro, la CDMX, como capital económica de México, genera riqueza que se derrama al interior del país, su cultura, su historia y su capacidad de innovación dependen de un orden social que respete la vida y la propiedad, cuando el desorden se normaliza, no solo perdemos turistas o inversión extranjera; perdemos el alma de lo que nos hace mexicanos, por eso defiendo, sin agresividad pero con firmeza, que el diálogo plural no puede excluir la voz de quienes creemos que el orden no es opresión, sino condición para la libertad verdadera, invito a todos los actores —gobierno, oposición, sociedad civil— a dejar atrás la polarización estéril y construir propuestas concretas que respeten la dignidad humana y el bien común: fortalecer la inteligencia y la prevención con videovigilancia inteligente y patrullaje de proximidad; apoyar directamente a las familias con incentivos fiscales y crediticios para microempresas familiares, guarderías de calidad y educación que forme en responsabilidad; regular el espacio público protegiendo tanto al comercio establecido como al informal sin clientelismo; y mejorar la movilidad con mantenimiento serio de drenaje, semáforos y vialidades que eviten que una lluvia o una protesta paralice la economía de millones.

Estas no son recetas importadas ni extremismos, son sentido común, probado en generaciones que levantaron esta ciudad de las cenizas, sé que muchos capitalinos, independientemente de su afiliación política, comparten esta preocupación, por eso llamo al diálogo sin descalificaciones: la verdad no tiene partido, la CDMX que queremos para nuestros hijos no se construye negando los problemas ni culpando siempre al pasado, se construye reconociendo la dignidad de cada persona, protegiendo la vida y restableciendo el orden que permite la libertad responsable, hoy más que nunca, la capital necesita líderes que no teman decir lo evidente: el desorden no es progreso, el bien común exige hechos, no solo relatos y los hechos nos llaman a reconstruir, desde la familia y la responsabilidad individual, una ciudad donde cada habitante pueda caminar seguro, trabajar con dignidad y soñar con un México más grande, esa es la CDMX que amo y por la que seguiré trabajando: no perfecta, pero digna, ordenada y viva, porque México no se rinde y su capital tampoco.

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