En estos días miles de mexicanos hablan en redes de la «ley sahira» sin saber siquiera cómo se escribe. Se llama sharía. Antes de opinar sobre ella con ligereza, a quienes nos decimos conservadores nos conviene entenderla, porque el debate no es lejano. Es una prueba de si nuestros principios valen para todos o solo cuando nos conviene.
Qué es la sharía
La sharía es la ley islámica: el conjunto de normas religiosas y morales que, según el islam, provienen de Dios. Se basa en el Corán y en la sunna, que son los dichos y hechos atribuidos a Mahoma, y la completan el consenso y el razonamiento de los juristas musulmanes. No es un código único y escrito. Existen varias escuelas de interpretación, y cada país la aplica a su manera.
Regula el culto, como la oración, el ayuno y la limosna. Regula también la familia matrimonio, divorcio, herencia, los contratos y en sus versiones más duras, el ámbito penal, con castigos como los azotes, la amputación o la lapidación.
Conviene no caer en la caricatura. La mayoría de los musulmanes la viven como norma de fe y de moral personal, y su aplicación extrema en Irán o con los talibanes es la excepción. Pero el problema de fondo no se puede ocultar. Cuando una norma religiosa se convierte en ley del Estado, la mujer hereda la mitad que el varón, su testimonio vale menos y cambiar de religión se castiga.
Por qué debe importarnos
Porque la dignidad de la persona es universal. Si sostenemos que la dignidad viene de ser persona y no del sexo ni del credo, no podemos aceptar ningún sistema que trate a la mujer como menos ni que castigue a quien cambia de fe. Callar ahí sería traicionar nuestros propios principios.
Porque la libertad religiosa es nuestra causa. Los creyentes en México lucharon por ella durante décadas, desde la Cristiada hasta las reformas de 1992. Y hoy continuamos. Defenderla para el musulmán es defenderla para el católico. Y defender la libertad de conciencia significa también rechazar cualquier ley que castigue la apostasía, venga de donde venga.
Porque la ley debe ser una sola para todos. El Estado de derecho exige que nadie tenga un fuero propio por su religión. Europa muestra lo que ocurre cuando se toleran tribunales religiosos paralelos o barrios donde la ley civil no entra. Se rompe la comunidad política y las primeras víctimas son las mujeres de esas mismas comunidades.
Porque no podemos dejarle el tema a otros. Si la derecha no lo trata con seriedad, el debate queda entre una izquierda que justifica todo en nombre de la diversidad y un discurso de odio que ataca a las personas en lugar de discutir las ideas. Nos corresponde la posición sensata: respeto a la persona y firmeza en los principios.
Porque quien no conoce su raíz no sabe defenderla. México tiene una raíz cristiana y occidental que dio forma a las ideas de persona, libertad e igualdad. Quien no sabe de dónde vienen sus principios no sabrá sostenerlos cuando otro modelo los ponga en duda.
Libertad sí, ley paralela no
En México cualquiera puede vivir su fe con plena libertad. Si una mujer decide cubrirse la cabeza, es su decisión y merece respeto. Lo que no cabe es que una norma religiosa se ponga por encima de la Constitución o le quite derechos a una mujer.
La libertad religiosa y la igualdad ante la ley no se contradicen. Las dos nacen de los mismos principios y defender una sin la otra es no haber entendido ninguna.
