La víspera de todos los santos

Antes de las calabazas y los disfraces hubo una vigilia. La palabra Halloween viene del inglés antiguo All Hallows’ Eve, que quiere decir «víspera de todos los santos». Es la noche anterior al 1 de noviembre, el día en que la Iglesia celebra a quienes ya gozan de Dios, tengan o no un nombre en el calendario. En el siglo VIII, el papa Gregorio III dedicó ese día una capilla de la basílica de San Pedro a todos los santos. Un siglo después, Gregorio IV extendió la fiesta a toda la Iglesia. Al día siguiente, desde que San Odilón de Cluny lo instituyó en el año 998, se reza por los fieles difuntos.

Son tres días que forman una sola enseñanza. La víspera prepara, la fiesta de los santos muestra la meta y el día de los difuntos recuerda que aún podemos ayudar a quienes se purifican. La víspera nació para preparar el alma, no para asustarla. Era una noche de vela, de oración y de espera, como se espera la luz antes del amanecer.

De la vigilia al espectáculo del miedo

Hoy esa noche se ha vuelto lo contrario de lo que era. Donde había santos, ahora hay monstruos. Donde había oración, hay gritos. Brujas, demonios, zombis, asesinos de película y cadáveres ensangrentados desfilan por las calles, las escuelas y los centros comerciales, y casi nadie pregunta qué estamos celebrando.

Se disfraza a un niño de diablo y se le aplaude. Se cuelga una bruja en la puerta como si fuera un adorno inocente. Se pintan heridas falsas en la cara de los pequeños y se les toma una foto para las redes. En algunas casas la decoración compite por ver quién muestra el cuerpo más destrozado o la escena más macabra. Las tiendas llenan sus pasillos de calaveras sin rostro, de manos cortadas y de máscaras de horror. Lo que hace no muchos años habría parecido de mal gusto, hoy se presenta como diversión familiar.

No se trata de exagerar ni de ver un peligro en cada calabaza. Se trata de mirar con honestidad lo que la fiesta se ha vuelto y lo que transmite.

Lo que se celebra se vuelve normal

Lo que se celebra se vuelve normal y lo que se vuelve normal deja de inquietar. Una generación que aprende a reírse del demonio termina por no creer que existe. Quien no cree que el mal existe no sabe reconocerlo ni defenderse de él. El mal no siempre llega con cuernos; muchas veces llega disfrazado de juego.

Lo mismo pasa con la muerte. Una cultura que solo ve en ella sangre, gritos y terror pierde la esperanza que la vence. La muerte deja de ser un misterio que se mira con respeto y se vuelve un susto, una broma o un producto. El miedo no educa, la oscuridad no forma y el horror repetido cada año insensibiliza. Un niño que se acostumbra a la violencia como entretenimiento tarda más en conmoverse ante la violencia real y en un país que ha sufrido tanto, eso no es un asunto menor.

Tampoco es casualidad que lo oscuro venda tanto. Detrás de la fiesta «inofensiva» hay una industria que gana millones cada año vendiendo a nuestros hijos la fascinación por lo siniestro: disfraces, películas, series, videojuegos y decoraciones. La pregunta no es si hay que prohibir algo, sino si los padres vamos a dejar que el mercado eduque la imaginación de nuestros hijos.

Lo que México ya tiene

México no necesita importar esa noche. Nuestra tradición mira a la muerte de frente, pero con amor y con fe. El altar recibe a los que se fueron con su comida favorita, su fotografía y una vela encendida. La flor de cempasúchil marca el camino. El agua, la sal y el copal hablan de purificación, de vida y de oración que sube a Dios. La calavera de azúcar sonríe porque la muerte no tiene la última palabra.

En nada de eso hay culto al miedo. Hay memoria, gratitud y esperanza. La familia se reúne, se cuentan historias de los abuelos, se reza por ellos y se les sigue queriendo. Cambiar todo eso por calabazas de plástico y máscaras de demonios es perder mucho a cambio de muy poco.

Por eso hay que recuperar la víspera, y no hace falta mucho para hacerlo.

Que los niños se disfracen, si quieren, pero de santos, de mártires, de ángeles y de héroes de la fe, de quienes vivieron haciendo el bien. Muchos niños se divierten igual y aprenden algo que les servirá toda la vida.

Que en las escuelas se enseñe el sentido de estos días, y que el concurso de disfraces no sea lo único que los niños recuerden.

Que las parroquias, los colegios y los vecinos organicen celebraciones de luz: procesiones, convivios, noches de santos. Donde se hace, la respuesta de las familias suele ser buena.

Y que los padres, sin miedo y sin pena, digan que no a lo que no quieren para sus hijos. Decir que no a un disfraz de demonio no es ser exagerado. Es educar.

La noche de la luz

La víspera de todos los santos no es la noche de los monstruos. Es la noche en que recordamos que la oscuridad no gana, que la muerte fue vencida y que hay una multitud de hombres y mujeres que alcanzaron la meta y nos esperan. Es una noche para encender velas, no para apagar la esperanza.

Vale la pena devolverle su nombre. Y vale la pena empezar este año, en casa.