En Donceles, antes de que se abrieran las puertas, el papel de colores ya volaba sobre la acera. Mariachi y banda sonaban con fuerza, botargas y chinelos se movían entre mandos policiales, y los papelitos caían como en una feria de colonia. Quien pasaba por ahí podía detenerse un momento y preguntarse si aquello era el recibimiento de un funcionario que va a rendir cuentas o el de alguien a quien se celebra por llegar. A unos metros, en el mismo recinto, se hablaba de seguridad.
Adentro, el secretario de Seguridad Ciudadana, Pablo Vázquez Camacho, presentó ante el Pleno del Congreso capitalino los resultados de la estrategia de seguridad: una reducción cercana al 19% en delitos de alto impacto desde 2024, una baja de más de 18% en homicidio doloso, cuadrantes de vigilancia que pasaron de 847 a mil 22, 3 mil 500 patrullas nuevas, 40 mil cámaras y un programa de proximidad con millones de visitas a viviendas, negocios y escuelas. También reportó 424 detenidos por extorsión entre octubre de 2024 y septiembre de este año y una baja de 8.6% en ese delito. Nada de eso es irrelevante. Si se sostiene, merece que se le mire de frente.
Pero afuera, mientras caía el confeti, había quien podía imaginar otra escena. La de la familia que esa misma semana enterró a alguien asesinado y todavía no entiende por qué. La del tendero que sigue pagando el cobro de piso y calcula, cada lunes, si ese mes le alcanza para no cerrar. La de quien sale de casa con el miedo ya puesto, sin saber si el transporte, la esquina o el regreso serán el día en que le toque. Esas personas no estaban en la acera de Donceles. No lanzaban papelitos. No aplaudían al son de la banda. Si hubieran pasado por ahí, la música y la lluvia de colores les habrían resultado lejanas, casi de otro día. No porque nieguen los avances que se reportan, sino porque la extorsión, el asesinato y la incertidumbre que cargan no se resuelven con ambientación de festejo.
Y en esa distancia caben preguntas que el confeti tampoco responde. ¿Cuándo dejaremos de custodiar bancos y grandes empresas mientras el changarro de la esquina sigue pagando piso? ¿Cuándo simplificaremos la estructura para dejar de tener un laberinto burocrático que diluye la responsabilidad y multiplica los trámites? ¿Cuándo tendremos una policía de tránsito que no sean extorsionistas con placa? ¿Cuándo se reformarán los sueldos, las prestaciones, la capacitación, los protocolos, el armamento y la instrucción de quienes sí están en la calle todos los días? Son preguntas de quien vive la ciudad, y de quien viste el uniforme sin que le pongan mariachi.
Hasta el propio informe deja ver dónde está la deuda. Según las cifras que presentó la Secretaría, el robo de autopartes bajó solo 6%, el robo a casa habitación 10% y la extorsión 8.6%. Son justo los delitos que se sufren en la esquina, en el negocio y en el hogar, los que más se parecen a la vida diaria de la gente. Una cifra que baja en el informe no siempre baja en la calle.
Una comparecencia no es una serenata ni el día de la policía. Cuando se despliegan grupos musicales y papel de colores frente al Congreso, el acto deja de ser solo un ejercicio de rendición de cuentas. Se convierte en una demostración de que la institución sabe cómo acompañar a su titular y de que el titular sabe que puede llegar así. Los papelitos no contradicen las cifras: las envuelven. Y al envolverlas, cambian su peso para quien todavía carga con lo que esas cifras no alcanzan a nombrar.
No se discute el derecho de los policías a sentirse respaldados. Se discute el escenario que se eligió para decir que hay resultados. Quien enfrenta la muerte de un familiar, el cobro semanal en su negocio, el miedo diario o la extorsión de quien debería cuidar el tránsito no necesita que le anuncien los logros con la misma música y la misma lluvia de papel con que se celebra una fiesta de pueblo. Necesita que quien pregunta lo haga por lo que falta, y que la respuesta no llegue precedida de confeti.
Hoy, entre el sonido de la banda en Donceles y las cifras que se leyeron dentro, quedó una distancia concreta: la de quien celebra lo que ya se logró y la de quien todavía no ha logrado que le dejen de pasar. El confeti cayó sobre la banqueta. No sobre esa distancia.
