La chispa que aún no tiene nombre

En la esquina, el semáforo sigue en verde y el camión no arranca. Alguien en la radio dice que todo está bajo control, que los números mejoran, que las cifras de tal o cual cosa ya bajaron. El conductor mira el tablero, no el semáforo. Afuera, una mujer ajusta el toldo de su puesto porque el viento se mete y mueve los vasos. No hay gritos. No hay humo. Solo el ruido de siempre y la sensación de que algo se está acomodando para no acomodarse.

Francia ardió con vitrinas rotas y alcaldías tocadas. Un ayuntamiento de más de un siglo quedó en ruinas en una sola noche, y el mundo miró con sorpresa algo que, visto de cerca, se venía cocinando desde hacía años. Aquí el fuego todavía no tiene forma. Se acumula en lo que no se nombra del todo: en el despojo que ya no sorprende, en la renta que ya no alcanza, en la calle que se cierra por una marcha que nadie convocó del todo y nadie detuvo del todo, en el vecino que aprendió a no esperar respuesta. Cada cosa por separado se explica. Juntas no se explican tan fácilmente. El gobierno las presenta una por una, con su comunicado y su cifra. La ciudad las vive todas a la vez, sin comunicado.

Se nos dice que los homicidios bajan, y quizá en el papel sea cierto. Pero la misma estadística oficial cuenta otra historia cuando se lee completa: la Ciudad de México tiene hoy la tasa de víctimas de delito más alta del país, y más de nueve de cada diez delitos no se denuncian o no se investigan. La extorsión creció más de 70% en el primer trimestre del año. Y de los delitos que sí llegan a una carpeta, casi todos se quedan sin castigo: la impunidad ronda el 96%. Lo que baja en el comunicado no siempre baja en la banqueta.

Se nos dice que el agua está garantizada porque las presas están casi llenas. Y sin embargo una de cada cinco viviendas no recibe agua todos los días, casi la mitad del líquido se pierde en fugas y del subsuelo se extrae mucho más de lo que se recarga. La abundancia en la presa no llega a la llave. El vecino que espera la pipa no lee el porcentaje de almacenamiento; mide el agua en cubetas.

Se nos dice que el programa metropolitano es solo orientador, que no obliga a nada, que no subirá el predial. Pero el mismo documento propone volverse una herramienta de aplicación obligatoria, pide reformas constitucionales y contempla gravámenes y venta forzosa para los predios que la autoridad considere subutilizados. Se nos dice que la nueva ley de arrendamiento protege al inquilino, cuando el tope a los aumentos ya existía y lo que se agrega son permisos, registros y multas. Ninguna de esas reglas construye una sola vivienda.

La tibieza no es solo un estilo francés. Aquí también hay quien gobierna «al mismo tiempo»: al mismo tiempo que se anuncia orden y se deja pasar el desorden; al mismo tiempo que se promete que no subirá el predial y se abre consulta sobre lo que sí puede subirlo; al mismo tiempo que se habla de seguridad y se cuenta lo que baja en papel mientras lo que duele en la calle sigue igual; al mismo tiempo que se presume la ciudad de los grandes proyectos y una mujer muere de madrugada en la banqueta de una parroquia sin que nadie la nombre. El equilibrio se administra. El calor se acumula.

Lo más peligroso no es el enojo, sino el cansancio. El enojo grita y exige; el cansancio se calla y se retira. El ciudadano que deja de denunciar porque sabe que no pasará nada, el comerciante que paga la cuota porque nadie lo va a defender, el vecino que ya no va a la consulta porque sabe que la decisión está tomada: todos ellos están diciendo algo que ninguna encuesta de aprobación recoge. Una ciudad no se quiebra el día del estallido. Se quiebra antes, cuando la gente deja de creer que su voz cambia algo.

Nadie sabe todavía cuál será la chispa. Puede ser pequeña. Puede ser una esquina, un despojo de más, una marcha que no se detiene, un número que ya no se cree. Un bosque no arde por el cerillo; arde porque ya estaba seco. Y la responsabilidad de quien gobierna no es apagar incendios cuando aparecen, sino evitar que la tierra se seque: hacer que la ley se cumpla para todos, que el agua llegue, que el delito tenga consecuencia, que la propiedad de las familias se respete y que la palabra del gobierno vuelva a valer lo que dice.

El semáforo cambia. El camión arranca. La mujer termina de ajustar el toldo. En la radio siguen las cifras. Afuera, el viento no ha cesado.

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