A las cinco de la tarde el agua de los tinacos ya había bajado y en los pasillos del Chihuahua olía a jabón de ropa. Una mujer, en el departamento de enfrente, había puesto a secar una sábana en el barandal. Abajo, la Plaza de las Tres Culturas se iba llenando sin prisa, como se llena un mercado cuando todavía no abren todos los puestos. Había estudiantes con el suéter sobre el hombro, madres que no soltaban la mano del hijo, algún obrero que venía de la salida, y el rumor de un mitin que todavía creía poder terminar a tiempo para la cena.
Era miércoles. Faltaban diez días para que se encendiera el pebetero. La ciudad había sido pintada para recibir al mundo, y el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz no estaba dispuesto a que el mundo viera otra cosa. Quien llegaba a esa hora veía la plaza abierta. No lo estaba.
Desde la mañana el dispositivo ya tenía nombre: Operación Galeana, a cargo del general Crisóforo Mazón Pineda. Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa, se había reunido con su Estado Mayor y con Fernando Gutiérrez Barrios, de la Federal de Seguridad, para decidir cómo terminar el movimiento. Pidieron al jefe del Estado Mayor Presidencial, Luis Gutiérrez Oropeza, tres departamentos vacíos del Chihuahua: uno en el tercer piso y dos en el cuarto, con vista a la plaza. Hacia las once ya los tenían. A las tres y media el capitán Careaga estaba acantonado ahí, con orden de aprehender a Sócrates Campos Lemus cuando hablara al micrófono. A las tres cuarenta, el coronel Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle tenía al Batallón Olimpia listo para tapar todas las salidas del edificio. A las cuatro, los oradores del Consejo Nacional de Huelga ya estaban en los balcones del tercero. Subían a un piso que el operativo ocupaba desde antes de que la plaza se llenara.
Ese era el cerco de adentro. El Batallón no esperaba en un cuartel. Iba de civil, con guante o pañuelo blanco en la mano izquierda, no para saludar: para que los suyos se reconocieran cuando empezara lo otro. Estaba mezclado entre los que llegaban y apostado en el Chihuahua. Otros elementos armados ocupaban edificios que daban a la plaza: el propio Chihuahua, el del ISSSTE, 2 de Abril, Molino del Rey, 20 de Noviembre, 5 de Febrero, Aguascalientes y Revolución de 1910. García Barragán diría después que Oropeza había mandado poner oficiales con metralleta en esas azoteas, con orden de disparar sobre la multitud. La frase es suya. Acusa, y no alcanza para cerrar quién tiró primero.
El cerco de afuera todavía no se veía. Unos cinco mil soldados, acaso más, esperaban en los accesos: Monumento a la Raza, Manuel González e Insurgentes, la estación Buenavista, Santa María la Redonda, San Juan de Letrán. De ahí debían cerrar. El Casco de Santo Tomás, a donde el Consejo pensaba marchar, ya estaba tomado desde el 23 de septiembre. Por eso, esa misma mañana, Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla y los demás habían cancelado la marcha y dejado el acto en la plaza. La orden que García Barragán dijo haber dado era ejecutar el cerco con limpieza, sin muertos ni heridos, y detener a los dirigentes en el micrófono. No fue lo que ocurrió.
El mitin empezó cerca de las cinco y media. Desde el tercero se veía la piedra antigua de Tlatelolco, la iglesia de Santiago y los edificios nuevos, puestos uno encima del otro como si el siglo pudiera ordenarse por capas. Dos helicópteros pasaban y volvían a pasar. Se pidió a la gente que se retirara a casa al terminar. Hay quien recuerda risas. Pasadas las seis y diez, por detrás de la iglesia de Santiago, subieron dos bengalas verdes. Unos las vieron salir de un helicóptero. Otros, del lado de Relaciones Exteriores. Oriana Fallaci, abajo, contó dos luces verdes y gritó que en Vietnam eso servía para marcar el sitio. En el tercer piso, González de Alba creyó ver después una roja. El periódico del día siguiente habló de una luz salida del templo, y una crónica de esa misma mañana contó cuatro verdes caídas sobre los espejos de agua. El número no cierra. El color que la plaza vio, sí.
Quien las miró pudo pensar, un segundo, en feria. No lo eran. Abajo, la gente empezó a moverse. El Ejército tenía consignado que la verde ordenaba el avance y la roja anunciaba grupos armados. Al Batallón Olimpia, la roja le significaba cerrar las puertas del Chihuahua y detener a los dirigentes. No hace falta que las dos luces hayan salido. Bastó con que cada quien esperara la suya. Díaz Ordaz, años después, reduciría todo a una sola verde: la orden, según él, de impedir la toma de Relaciones Exteriores. Un agente que declaró haberlas disparado dijo haber usado los dos colores, tres o cuatro veces, y no recordar cuál salió primero. La roja está en el parte y en un libro. Las verdes estuvieron en el cielo.
El Ejército salió entonces de aquellas posiciones y entró con la bayoneta calada, con tropas y vehículos blindados. Al mismo tiempo, los del guante blanco tomaron el tercer piso. Los primeros disparos salieron de ahí y de las azoteas. En la tribuna apareció un hombre con la mano blanca, o vendada, y tiró al aire. La gente corrió hacia los pasillos, hacia la iglesia, hacia las escaleras que ya no daban a ninguna parte. En el piso de los oradores, los propios agentes se tiraron al suelo y gritaron, a coro, que eran el Batallón Olimpia, que no les dispararan. Nadie con mando les contestó. El Ejército, que no los distinguía, les respondió con ráfagas. Entonces ellos también dispararon. La multitud, para ese momento, ya huía. El anillo acabó cerrando la zona de Insurgentes a Reforma, y de Nonoalco a Manuel González.
Duró. Un parte militar habló de unos noventa minutos de fuego. Más tarde, cerca de las once, volvió otra refriega. Las balas entraron a los departamentos. Rompieron tuberías. El agua corrió por los pasillos mientras afuera empezaba a llover. En la plaza quedaron zapatos, pancartas y cuerpos. En los edificios, vecinos que habían asomado la cara y ya no pudieron retirarla. El general José Hernández Toledo cayó herido por una descarga que venía de varios frentes. Hay quien sitúa esos disparos en la azotea del templo de Santiago, donde esa tarde se celebraba una boda y unos hombres de pelo corto, con guante blanco, habían subido al coro antes de que sonara el primer cohete. También cayeron soldados. También cayeron muchachos que no traían arma, y mujeres, y quienes habían ido solo a ver.
Después vino el orden que sí sabe organizar un gobierno cuando ya disparó. Los hospitales quedaron bajo vigilancia. En la Cruz Roja, en el Rubén Leñero, en la Cruz Verde, se contaron muertos y heridos, y a varios heridos se los llevaron antes de que el parte cerrara. Los detenidos —cerca de dos mil, según los cómputos que luego no se negaron; otras cuentas suben la cifra— fueron sacados de la unidad. A los dirigentes los condujeron al Campo Militar Número Uno. Por la noche, camiones se llevaron lo que no convenía que amaneciera en la piedra. García Barragán llamaría a eso el éxito completo de su plan: el Consejo, descabezado.
Al día siguiente el periódico pudo hablar de francotiradores y de unos cuantos muertos. La cifra oficial se quedó en unas pocas decenas. Años después, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y la fiscalía del pasado dirían lo único que ya sabían los del barandal: no hay número exacto. Se habló de cientos. Se consignaron listas incompletas. Lo que no volvió fue el nombre de todos. Un Estado que recoge los cuerpos antes que las actas no pierde la cuenta por descuido. La esconde porque la cuenta lo acusa.
Diez días después se inauguraron los Juegos. El pebetero funcionó. Esa es la paradoja que ninguna consigna alcanza: la misma mano que no pudo tolerar un mitin en una plaza supo, a la semana y media, sonreírle a una bandera extranjera. El orden que se invoca para salvar una fiesta y se paga con una plaza no es orden. Es miedo con horario.
Cada octubre la fecha regresa hecha lema. Hace bien en no irse. Hace mal cuando se vuelve estandarte de quien hoy gobierna y prefiere el calendario al expediente. Los muertos de Tlatelolco no fundaron un partido. No redimieron al país. Eran estudiantes, madres, vecinos, algún soldado que tampoco eligió la luz. Quedaron entre tres culturas que tampoco se pusieron de acuerdo: la piedra mexica, la nave colonial y el concreto que prometía vida moderna con elevador. Encima de las tres cayó el mismo plomo.
La sábana del barandal, si es que seguía ahí al amanecer, ya no estaba blanca. El guante tampoco había saludado a nadie. Y la ciudad, al día siguiente, abrió las panaderías. No por olvido. Porque los vivos, incluso después de una plaza así, tienen que comer. La memoria exacta no está en el grito de cada aniversario. Está en el departamento vacío del cuarto piso, ocupado desde las once de la mañana, en el pañuelo, en las dos verdes que la plaza sí vio, en la roja que cada cuerpo esperaba sin que el cielo tuviera que confirmarla, y en la cifra que el parte nunca se atrevió a cerrar.
