El Estado laico y su único sospechoso

En la ventanilla tres de la oficina de gobierno, una señora acomoda los papeles con el pulgar. Entre el comprobante de domicilio y la copia del INE asoma una estampa de la Virgen que nadie pidió y nadie confiscó. El empleado la ve, no la nombra, sigue sellando. La fila avanza. Nadie predica. Nadie convierte a nadie. Y, sin embargo, el Estado que se dice laico ya tiene un método para esa estampa: no la prohíbe del todo. La vuelve sospechosa.

Ayer, en el Elíseo en París, León XIV dijo lo que esa ventanilla sabía sin palabras. El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria. Una justa laicidad no consiste en excluir la religión del espacio público. Lo dijo ante un país que convirtió la separación en temperamento. La frase llega a México con retraso y con urgencia. Aquí el problema no es tanto la doctrina de la separación. Es el uso que se le da.

Porque el Estado laico mexicano, en demasiadas ocasiones, no es un árbitro. Es un ánimo. Distingue con lucidez cuando le conviene y se vuelve miope cuando el signo es católico. Tolera en la plaza lo que llama cultura, identidad, sabiduría ancestral o avance. Se pone solemne, en cambio, cuando aparece un rosario, una doctrina sobre la vida, una escuela con crucifijo o un ciudadano que no acepta dejar la fe en el perchero. Entonces descubre de pronto su vocación de aduana. No pregunta qué se ha hecho. Pregunta de qué altar se viene.

Esa no es neutralidad. Es una fe que no se atreve a llamarse por su nombre. Una fe en que el espacio público debe quedar limpio de la Iglesia que bautizó a este país, educó a sus pobres, enterró a sus muertos y todavía sostiene comedores cuando el discurso se acaba. Limpio, sí; vacío, no. El vacío se llena solo. Lo llena el mesianismo de tribuna, el moralismo de moda, el culto al poder que se presenta como pueblo. El Estado que expulsa al católico no queda laico. Queda ocupado por otra liturgia.

El vocabulario ya está listo. “Proselitista” ya no nombra al que fuerza una conversión. Nombra al que entra entero. “Amenaza para la patria” ya no señala al que conspira. Señala al que vota, legisla, enseña o pide la palabra sin amputarse el alma. “Antecedentes con la Iglesia” se pronuncia como si fuera un tatuaje comprometedor. En un país de mayoría bautizada, tener Iglesia se volvió expediente. Tener otra militancia, casi nunca.

Lo contemporáneo no está en París. Está en el puño alzado de un legislador que anuncia, frente a ciudadanos que piden, que se le cerrará la puerta a la Iglesia Católica porque es “adversaria de los avances”. Eso no es laicidad. Es hostilidad con membrete institucional. El artículo 130 separa al Estado de las iglesias. No autoriza a tratar al creyente como intruso. No convierte el recinto en territorio vedado a una fe. Quien jura la Constitución y luego amenaza con el desalojo confesional no defiende la República. La usa.

Hay un laicismo posible: el Estado no confiesa, la Iglesia no gobierna, el ciudadano no se parte en dos. Y hay el que padecemos: un laicismo de combate, selectivo, de memoria corta, que solo tropieza con un altar. No le incomoda el rito si el rito es suyo. Le incomoda el católico porque el católico recuerda que hay una ley que no legisla el Congreso y una dignidad que no concede el gobierno. Esa memoria es lo que se quiere volver contrabando.

León XIV no pidió un Estado confesional. Pidió algo que aquí se ha vuelto casi insolente: que no se trate como peligro al hombre entero. El político no es un funcionario de lunes a sábado y un fiel el domingo. Es uno solo. Esa unidad no atenta contra la patria. Atenta, eso sí, contra la ficción de que la plaza ya tiene dueño y que el dueño se llama neutralidad.

La señora guarda de nuevo la estampa. El sello de la ventanilla ya secó. Nadie filmó la escena. No hace falta. Un país se reconoce en lo que decide sospechar. El nuestro, con demasiada frecuencia, no sospecha del poder que se diviniza. Sospecha del que todavía se persigna antes de firmar. Queda por ver cuántas puertas habrán de cerrarse para que algunos crean que han defendido la laicidad. Y cuánto tiempo más se llamará Estado laico a un Estado que ya eligió a su único adversario tolerable: el católico que no se esconde.

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