El oficio que vive de no llegar

En muchas casas el nombre ya no altera la sobremesa. Alguien dice “el PAN” y la gente asiente con esa mezcla de fastidio y costumbre con que se habla del vecino que nunca arregla la bardita. No se espera un gobierno. Se espera un comunicado, una foto bien tomada y que la conversación vuelva a lo inmediato: la sopa, el tráfico, la escuela del día siguiente. Esa tibieza no es indiferencia pura. Es el modo en que una ciudad registra, sin teoría, que un partido ha dejado de ser promesa o amenaza y se ha vuelto hábito.

Hay oficios que se sostienen porque entregan algo. El que suelda una reja un sábado, el maestro que todavía enseña a leer, el médico que llega al quirófano aunque el turno ya se haya vencido: viven de lo que hacen. Hay otros que se sostienen porque pagan aunque ya no produzcan. La oposición profesional corre siempre ese segundo riesgo. Conserva financiamiento público, plurinominales, oficinas, cargos y el privilegio raro de hablar del país sin cargarlo. No responde por el hoyo en la calle. No explica el hospital sin medicamento. No se sienta frente al padre que ya no sabe a qué hora vuelve el hijo. Puede permitirse la frase limpia precisamente porque no tiene que traducirla en obra.

Eso no es un detalle de contabilidad. Es una tentación. Quien no gobierna no ensucia las manos con el barro de las decisiones concretas. Quien no gobierna puede convertir la derrota en una forma de estabilidad: el Estado le paga por existir como contrapeso, aunque el contrapeso se haya vuelto adorno. Así aparece una paradoja bastante mexicana. Un partido puede vivir mejor administrando su ausencia que arriesgando una presencia de verdad. El comunicado reemplaza al plan. La foto reemplaza a la calle. La estructura se cuida como se cuida un patrimonio. Y un patrimonio, por definición, se preserva; no se expone.

Para millones de personas sacar a Morena no es un asunto de relato. Es urgencia. Se nota en la inseguridad que ya tiene horario, en la escuela que no alcanza, en el trabajo que no formaliza, en esa sensación cotidiana de que el poder se concentra y el resto se adapta. Esa urgencia pide una oposición que dispute el terreno, no una que lo comente. Pide, sobre todo, gente dispuesta a lo que viene después de una victoria. Porque ganar no es una noche. Es aceptar el peso de gobernar un país irregular, resentido y difícil, donde cada sí le quita el sueño a alguien y cada no deja una herida visible.

Cierta dirigencia da otra impresión. Da la impresión de que el pequeño espacio ya les basta. Reuniones, viajes, comunicados, una agenda que se parece más a la conservación de una estructura que a la preparación de un gobierno. No hace falta imaginar una conspiración. Basta con mirar el incentivo. Si perder también rinde —si hay presupuesto, visibilidad y cargos sin la responsabilidad de la obra ni de la seguridad—, ganar deja de ser necesidad y se vuelve opción. Las opciones se postergan. Se explican. Se envuelven en la frase de que “aún no hay condiciones”. Mientras tanto, las condiciones las siguen poniendo otros.

Conviene no confundir a la militancia con la cúpula. Hay panistas que sí están hasta el cuello de esa mediocridad. Los hay en colonias, en municipios, en mesas que todavía creen que un partido sirve para algo más que para durar. El problema no es la ausencia de gente decente. El problema es que la dirigencia puede acomodarse en un modelo donde la oposición inútil no se paga con fracaso, sino con permanencia. Eso corrompe el oficio desde adentro. Convierte la política en renta. Y la renta enseña una lección silenciosa: no hay que llegar, basta con no desaparecer.

Un partido nació, en su mejor hora, para impedir que el poder se eternizara. Hay algo casi cómico —y por eso más triste— en ver cómo puede acabar eternizando su propia minoría. No por una derrota heroica. Por una comodidad administrada. El signo se vacía. La oposición ya no señala hacia el gobierno; se señala a sí misma. Habla de contrapesos y, al mismo tiempo, se instala en el único contrapeso que no incomoda: el de existir sin gobernar. El país, que no vive de signos, sigue pagando las consecuencias de esa sustitución.

Morena avanza, entre otras razones, porque ocupa el espacio de la voluntad. Aunque esa voluntad sea tosca, clientelar o mesiánica, está ahí: mueve presupuesto, mueve lealtades, mueve el relato del día. Una oposición que se especializa en la forma deja vacío el otro espacio, el de la decisión. El país no se queda entonces sin crítica. Se queda sin alternativa creíble. Y cuando no hay alternativa creíble, el oficialismo no necesita ser brillante. Le basta con ser el único que parece dispuesto a mandar.

No es que no sepan hacer oposición. Eso sería casi un consuelo. La sospecha más grave es otra: que la oposición inútil les resulta demasiado rentable. Saber y no querer no es lo mismo que no saber. Lo segundo se corrige con relevo. Lo primero se instala. Se vuelve costumbre. Se defiende con el tablero, con el árbitro, con el clima, con cualquier causa que permita seguir cobrando el oficio de no llegar.

Gobernar obliga a elegir. Obliga a medirse por resultados y no por intenciones. Quedarse a medias permite hablar con limpieza y cobrar con puntualidad. Por eso da esa impresión doméstica, casi de vecindario: no están desesperados por llegar. Están acomodados en no llegar. Como quien mantiene abierta una tienda que ya no vende, pero todavía da para el recibo de la luz.

Queda el país, que no se reconstruye con rentas. Se reconstruye, si se reconstruye, con gente dispuesta a ensuciarse por algo más que por conservar el lugar. Y queda por ver si esa dirigencia entiende la diferencia. Porque la pregunta fea ya no es si pueden ganar. Es si todavía les conviene. Hay oficios que, una vez convertidos en renta, ya no quieren esa molestia.

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