Hay una frase de José Alfredo Jiménez que no se cansa de volver. No es solo un lamento de cantina ni un simple despecho de amores incompletos. Es casi una revelación disfrazada de ranchera, una de esas verdades que el pueblo reconoce al instante porque las ha vivido en carne propia: «Porque estás que te vas y te vas y te vas… y no te has ido». Uno la oye y cree primero que habla de un amor que se resiste a morir, de una despedida que se alarga como los atardeceres de agosto. Pero las palabras verdaderas siempre tienen más habitaciones de las que muestran a simple vista. Hablan también del poder. Del poder que anuncia su partida con solemnidad y, sin embargo, sigue ocupando el aire. Del poder que se va y regresa y se vuelve a ir sin terminar nunca de partir del todo.
Esta semana lo vimos otra vez, con una claridad casi coreográfica, en Sinaloa. Rubén Rocha Moya, después de ciento doce días de licencia, regresó un viernes proclamando que volvía con la frente limpia y en alto. Dijo que era su deber cumplir el mandato de quienes lo eligieron, que no existían los mínimos elementos de prueba en su contra, que la Fiscalía misma lo había confirmado. Habló como quien regresa a una casa que nunca dejó de ser suya. Y al día siguiente, ante el deslinde inequívoco de la presidenta y de su propio partido, volvió a pedir licencia. Esta vez indefinida. Estás que te vas y te vas y no te has ido. El gesto tuvo la precisión de un espejo: la misma estructura de la canción, repetida en la escena política con una fidelidad casi cruel.
La presidenta Claudia Sheinbaum no necesitaba nombrar a nadie. Bastó una frase serena y cortante, dicha con la calma de quien ya no necesita alzar la voz: ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación. El poder sin principios se vuelve arrogancia. El poder sin límites, abuso. El poder que olvida al pueblo termina enfrentándose a la historia. Fue un posicionamiento de autoridad. No de ruptura estridente ni de ajuste de cuentas público, sino de límite. Como quien cierra una puerta que otros creían que seguiría abierta por inercia o por lealtad de grupo. En ese gesto hay algo que trasciende el caso particular: la afirmación de que el movimiento no puede seguir funcionando como una extensión de voluntades personales, por más que esas voluntades se hayan forjado en la misma trinchera.
Porque lo que está en juego no es solo un gobernador ni una crisis local de Sinaloa. Es la forma misma en que el poder se despide… o finge despedirse. López Obrador entregó la banda, se fue a su tierra y dijo, con esa convicción que tanto le caracterizó, que no sería caudillo ni jefe supremo ni cacique. Y todavía su sombra atraviesa las conversaciones como quien regresa a una casa cuya llave nunca entregó del todo. El movimiento que nació anunciando el fin de una época y la llegada de una transformación profunda sigue cargando, en algunos de sus hombres, la tentación de la continuidad personal. Se va y no se ha ido. Se va y regresa. Se va otra vez y deja la puerta entreabierta, como si el cargo pudiera tomarse y dejarse según la conveniencia del momento, sin que la estructura misma del poder se vea realmente alterada.
José Alfredo lo sabía con esa sabiduría de los que han perdido demasiado y, por eso mismo, han aprendido a mirar sin adornos. Sabía que hay ausencias más densas que las presencias. Sabía que a veces el que se va sigue sentado a la mesa porque nadie se atreve a retirar su plato, o porque el vacío que deja resulta más inquietante que su regreso. Y entonces el presente se vuelve una espera. Se espera su palabra. Se espera su regreso. Se espera incluso su silencio, que ya es una forma de gobierno. Esa espera es, en el fondo, una forma de subordinación. Mientras el poder anterior no termina de partir, el poder actual no termina de instalarse del todo.
Hay una diferencia sagrada entre abandonar el cargo y abandonar el poder. El primero es un acto de protocolo, un trámite, una firma. El segundo exige una muerte interior que pocos hombres se permiten. Porque el poder, cuando se ha vivido como destino y no como servicio temporal, no se entrega como se entrega un documento. Se queda respirando en la habitación. Se queda esperando ser llamado. Se convierte en una presencia residual que condiciona las decisiones de quienes vienen después, aunque ya no ocupe el escritorio principal.
Y mientras tanto la canción sigue sonando, con esa voz que parece salir del pecho más que de la garganta. No es nostalgia. Es diagnóstico. Estás que te vas… y no te has ido. En esa frase cabe toda una forma de ejercer y de no soltar el poder en México. Una forma que se repite, con distintas caras y distintos acentos, a lo largo de décadas. Y que, cada vez que regresa, nos recuerda que la verdadera transformación no comienza cuando alguien llega, sino cuando alguien se va de verdad.
