Ayer, miles de capitalinos vivieron una escena que ya no sorprende, pero que sigue dejando boquiabiertos a cualquiera con un mínimo de sentido común: usuarios de la Línea 3 del Metro desalojados de un tren detenido en medio del túnel, obligados a caminar sobre las vías alumbrándose únicamente con la luz temblorosa de sus celulares, entre Indios Verdes y Coyoacán en plena hora pico vespertina, el “disturbio eléctrico externo” que afectó la subestación entre Universidad y Copilco paralizó el servicio, no hubo heridos graves reportados, pero sí una imagen que se volvió viral: familias, trabajadores, estudiantes y adultos mayores avanzando a tientas en la penumbra subterránea, con mochilas al hombro y la incertidumbre en el rostro, el Sistema de Transporte Colectivo ofreció servicio provisional hasta Miguel Ángel de Quevedo y apoyo con RTP en el tramo restante, solución de emergencia que en el fondo, no resuelve nada.
Y aquí viene la pregunta que no deja de retumbar: ¿cómo es posible que un evento externo provoque este caos en un sistema que mueve a más de cuatro millones de personas al día? Es sencillamente increíble, después de décadas de operación y de múltiples promesas de modernización, ¿un “disturbio eléctrico ajeno” basta para dejar varada a toda una línea? ¿Dónde están las redundancias energéticas, los sistemas de respaldo automáticos, los generadores de emergencia o las protecciones que cualquier infraestructura crítica del siglo XXI debería tener como mínimo? No se trata de un terremoto, ni de un atentado, ni siquiera de un accidente interno, fue algo “externo” y el Metro, que se supone es el pulmón del transporte público de la capital, colapsó como si fuera un aparato obsoleto de los años setenta.
Esto no es un problema de hoy, es la bola de nieve que se ha formado durante los últimos treinta años bajo gobiernos de izquierda socialista y comunista trasnochada que hacen todo menos gobernar con eficiencia, desde que la izquierda tomó el control de la Ciudad de México a finales de los noventa —y especialmente desde que Morena consolidó su dominio absoluto—, el Metro ha sido tratado como un botín político, una bandera ideológica y un tema de discurso, pero jamás como la prioridad de ingeniería y mantenimiento que merece, promesas, inauguraciones con bombo y platillo, recortes presupuestales disfrazados de “austeridad republicana”, clientelismo y una gestión que prioriza la narrativa por encima de la prevención y la excelencia técnica, el resultado es este: un sistema que se cae a pedazos ante el menor imprevisto, mientras Morena sigue jugando a la ruleta rusa con nuestras vidas.
La Línea 3 no es nueva en esto, acumula fallas eléctricas, retrasos, cierres parciales y problemas de hundimiento con una regularidad exasperante y lo más grave es que ya hemos visto las consecuencias mortales de esta misma negligencia acumulada: la tragedia de la Línea 12 en 2021, donde el tambor giró una vez y el disparo se oyó con decenas de muertos y heridos bajo escombros que nadie quiso ver venir, colapso que no fue un accidente aislado; fue el anuncio de que la ruleta rusa sigue en marcha, hoy el Metro es una bomba de tiempo para los millones de usuarios que día con día, se suben a un tren sabiendo que pueden perder la apuesta con la vida.
Caminar sobre las vías es según el protocolo, una medida de seguridad establecida, pero eso no lo hace menos indignante ni menos peligroso, un túnel oscuro, con miles de personas nerviosas, el riesgo de tropiezos, pánico colectivo o cualquier imprevisto es latente y la pregunta incómoda persiste: ¿por qué seguimos aceptando que esto sea “normal”? ¿Cómo es posible que en una de las ciudades más grandes del mundo, con un presupuesto millonario y con gobiernos que se autodenominan progresistas y preocupados por la movilidad, el principal medio de transporte público siga operando al filo de la navaja, dependiendo de la “suerte” de que no ocurra ningún disturbio externo?
No se trata solo de una línea, es sintomático de un problema estructural más profundo: décadas de mantenimiento diferido, inversión insuficiente en tecnología de respaldo y una prioridad política que parece poner los anuncios y las inauguraciones por encima de la prevención y la resiliencia real, los capitalinos no pedimos milagros, pedimos un sistema que funcione, que no nos obligue a convertirnos en improvisados espeleólogos cada vez que hay un fallo, que respete el tiempo y la dignidad de quienes lo usan a diario porque no tienen otra opción.
Morena juega a la ruleta rusa con nuestras vidas, ¿Hasta cuándo seguiremos permitiéndolo? Es hora de exigir cuentas claras y acciones concretas, no más excusas sobre factores externos, no más plazos que se estiran hasta 2028 mientras la gente sigue caminando en la oscuridad, la Jefa de Gobierno y el director del Metro tienen la responsabilidad de romper con tres décadas de ineficiencia ideológica, acelerar las inversiones urgentes, instalar redundancias energéticas inmediatas y transparentar un calendario real de obras que no dependa de calendarios electorales o eventos internacionales.
Los que usamos el Metro cada día ya estamos hartos de cruzar los dedos, la incredulidad se está convirtiendo en indignación y la indignación, tarde o temprano, se convierte en exigencia, la Ciudad de México merece un transporte público que esté a la altura de sus habitantes, no un sistema que nos recuerde a cada rato lo frágil que es, basta ya de caos subterráneo fabricado por treinta años de mala gestión, es momento de que el Metro deje de ser problema y vuelva a ser solución, seguir así no es sostenible y sobre todo, no es aceptable.
