La lealtad al Papa que se evapora en cuanto Trump toca la trompeta de la guerra

Uno se detiene, con esa piedad fatigada y ese sarcasmo casi compasivo que brota de haber hojeado demasiados breviarios junto a crónicas de cruzadas que terminaron en cenizas, ante un texto tan rotundo en su proclamación de lealtad al Papa León XIV y a Cristo Rey; porque el escrito que circula en círculos seudo católicos, seudo patriotas, seudo nuevo derechistas, seudo contrarrevolucionarios, no es mero desahogo patriótico, sino un ejercicio sutil de obediencia selectiva donde la paz evangélica se torna bandera de conveniencia, la Doctrina Social en coartada para bendecir lo que el Vicario de Cristo ha condenado con claridad meridiana y todo ello envuelto en el lenguaje ardiente de una contrarrevolución que, paradójicamente, acaba por colocar la cruz al servicio del misil y la voluntad de Washington por encima de la voz serena de Pedro.

En primer lugar, se proclama con el pecho henchido que «somos católicos, amamos a Dios y trabajamos para Cristo Rey», que «somos leales a Dios, al Papa y a la Iglesia» y que todos debemos apoyar la paz «pero en condiciones de justicia»; sin embargo, esa justicia que se invoca como condición previa resulta ser en la práctica, la justicia según Trump: la que exige la caída inmediata de regímenes enteros por la vía de la fuerza externa, como si León XIV hubiera olvidado su propio llamado a la paz sin condiciones previas de decapitación institucional, tras la captura de Maduro, el Papa no celebró el trofeo como victoria de la contrarrevolución, sino que exigió «garantizar la soberanía» del pueblo venezolano para que la transición no fuera mera sustitución de un opresor por otro disfrazado de libertador; aquí la ironía duele como una espina clavada en la carne: el texto celebra esa misma intervención como modelo glorioso mientras ignora que el Pontífice ha visto en ella, precisamente, el riesgo de males mayores que la legítima defensa nunca autoriza, reduciendo la fe a un mero sello de aprobación para la política de derrocamientos selectivos.

Luego se enumeran, con detalle casi pornográfico, las miserias de Cuba, Venezuela, Nicaragua e Irán para concluir que «con el narcosocialismo no puede haber paz», como si el Papa hubiera callado ante el hambre y la persecución; pero León XIV no ha callado, simplemente se ha negado a convertir ese drama en casus belli universal que justifique el bombardeo preventivo como acto de piedad cristiana, la paz que invoca el Vicario de Cristo no espera a que caigan todos los regímenes para comenzar; comienza precisamente cuando se rechaza la lógica perversa de que sólo la espada americana puede curar lo que la conversión, la paciencia evangélica y la soberanía respetada han de sanar desde dentro, el autor revela su verdadera naturaleza: no es defensa de la fe, sino fe puesta al servicio de una agenda geopolítica concreta que el Papa ha calificado de «ilusión de omnipotencia», convirtiendo a Cristo Rey en un mero accesorio de campaña.

En el caso de Irán la disyuntiva se vuelve casi burda y ofensiva: se afirma que «no se trata de elegir entre el Papa o Trump», que esa oposición es «falsa y absurda», y que «Trump tiene razón al actuar contra la amenaza real» porque el régimen de los ayatolás amenaza con armas nucleares y financia terrorismo desde hace cincuenta años, sin embargo, precisamente aquí León XIV ha sido más claro y más duro que nunca: ha calificado de «verdaderamente inaceptable» la amenaza de borrar «toda una civilización» en una sola noche si Irán no cedía, ha hablado de «escalada nuclear» que aviva la guerra en lugar de apagarla y ha recordado, con la autoridad que le es propia, que «Dios no bendice la guerra», cuando el texto cita la legítima defensa del Catecismo para justificar la acción, comete el pecado más grave de quien instrumentaliza la doctrina: olvida que esa misma legítima defensa exige, entre otras condiciones rigurosas, que el empleo de la fuerza no entrañe males y desórdenes gravísimos superiores al mal que pretende eliminar y el Papa ha juzgado, sin miedo y sin ambigüedad, que en este caso la destrucción masiva supera con creces cualquier cálculo de seguridad. ¿Cómo puede entonces afirmarse que Trump «tiene razón» cuando el sucesor de Pedro ha dicho lo contrario con voz de pastor y no de político de turno?

Se añade, con el fervor de quien ya ve el paraíso terrenal al alcance de un misil, que «esta guerra es necesaria» para impedir el desastre nuclear y la infiltración terrorista en América Latina; aquí asoma, desnudo ya de todo terciopelo, el mesianismo político que la vieja cristiandad siempre ha mirado con la más profunda desconfianza: la fe ciega en que un solo hombre fuerte, con su dedo en el gatillo, resolverá lo que siglos de diplomacia, misión y paciencia no han podido, León XIV no ha negado el peligro; simplemente se ha negado a convertirlo en pretexto para que la fe católica se ponga al servicio de una administración que confunde poderío militar con providencia divina, su respuesta a Trump fue lapidaria: «No tengo miedo de la administración Trump ni de hablar en voz alta del mensaje del Evangelio», esa frase no es debilidad; es la misma serenidad con que Pedro resistió a los emperadores y Francisco de Asís se plantó ante el sultán, el texto, en cambio, convierte al Papa en aliado táctico al que se cita cuando conviene y se corrige cuando estorba, reduciendo la lealtad a una mera cortesía de sobremesa.

Y aquí radica la disonancia más grave, la que recorre todo el escrito como una grieta fina pero insalvable que amenaza con derrumbar el edificio entero de su supuesta lealtad: se quiere ser a la vez leal al Papa y entusiasta del proyecto de derrocamientos selectivos, se invoca la Doctrina Social para justificar la guerra mientras se ignora que el propio León XIV ha juzgado esa guerra contraria al mensaje de los pacificadores bienaventurados, la contrarrevolución que se grita al final, con su «¡oración y acción!», corre el riesgo trágico de convertirse en mera acción sin oración, en ideología armada que usa a Cristo Rey como mascarón de proa para lo que en el fondo, es un proyecto político que el Papa ha rechazado con claridad meridiana.

Al cerrar esta revisión, uno no siente satisfacción sino una melancolía profunda, casi compasiva: ¿y si este ardor que se presenta como contrarrevolución no es el regreso de Dios a la política que tanto se pregona, sino una nueva forma de idolatría que confunde la voluntad divina con el dedo en el gatillo de Washington?

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