Un lienzo morado que pregunta por el sentido de lo común

En esta capital que respira historia en cada grieta de su pavimento, donde el Zócalo ha visto desfilar desde virreyes hasta multitudes que reclaman un mañana menos áspero, hoy las calles se tiñen de morado y verde, de consignas pintadas a mano y de pasos que avanzan con la determinación de quien ya no acepta esperar, porque el Día Internacional de la Mujer, en esta Ciudad de México que amo con la terquedad de quien nació entre sus ruidos y sus campanas, nos obliga a mirar de frente lo que duele y lo que une.

Miles de mujeres caminan desde Reforma hacia el corazón de la ciudad, pasando por Juárez, por el Eje Central, rumbo al mismo lugar donde hace siglos se firmaron independencias y donde hoy se exige justicia por las que no volvieron a casa, por las que cargan dobles jornadas sin que el salario lo reconozca, por las que han visto cómo la violencia de género se convierte en estadística fría mientras el miedo se vuelve rutina, no es un desfile ornamental; es un recordatorio encarnado de que la dignidad no se negocia en cuotas ni en discursos, sino que se defiende en lo cotidiano, en la calle que se transita sin temor, en el hogar que protege en lugar de amenazar.

Y sin embargo, en medio de esa marea legítima de reclamos, uno no puede evitar notar cómo ciertas consignas se endurecen hasta rozar la contradicción, cómo la demanda de una vida libre de violencia a veces se mezcla con gestos que rompen vidrios o pintan monumentos con consignas que hieren la memoria colectiva de todos, no se trata de negar el derecho a la protesta —que es sagrado en una sociedad que se pretende libre—, sino de preguntarse si la furia ciega no termina por desviar la mirada de lo esencial: la construcción de un orden donde la familia, como primer círculo de afecto y responsabilidad, no sea vista como cárcel sino como refugio, donde la vida se proteja desde su inicio hasta su ocaso natural, donde la libertad responsable no se confunda con el capricho ilimitado ni con la disolución de todo vínculo.

Porque en esta CDMX que genera riqueza para el país entero, que atrae inversiones por su vitalidad cultural y su posición geográfica, pero que pierde competitividad cuando las mujeres —madres, hijas, trabajadoras— viven con el peso constante de la inseguridad o la exclusión, el verdadero progreso no vendrá de narrativas que prometen redención absoluta mediante la ruptura total, sino de medidas que fortalezcan lo que permanece: comunidades de escala humana, hogares donde se eduque en el respeto mutuo, economías que premien el esfuerzo sin asfixiarlo con burocracia o clientelismo.

Pienso en las madres solteras que cruzan la ciudad en transporte público abarrotado para llegar a un empleo precario, en las abuelas que cuidan nietos mientras los padres emigran por trabajo, en las jóvenes que sueñan con emprender sin que el miedo o la falta de redes las detenga, para ellas propongo, sin grandilocuencia, sin promesas de paraíso inmediato: incentivos fiscales concretos para hogares con hijos pequeños, guarderías accesibles en zonas de alta densidad laboral como Iztapalapa o Iztacalco, programas de capacitación que combinen habilidades técnicas con formación en valores de convivencia, políticas de proximidad policial que prioricen la prevención sobre la mera reacción, y sobre todo, mesas de diálogo donde conservadores y progresistas, empresarios y activistas, podamos coincidir en que la violencia contra las mujeres es inaceptable y que la familia fuerte multiplica el bien común en lugar de obstaculizarlo.

Si en el fragor de la marcha alguien alza la voz contra instituciones que han sido sostén moral para millones —la Iglesia, con sus albergues discretos, sus comedores para familias en crisis, su presencia callada en barrios olvidados—, recordemos que defender su aporte no es defender privilegios, sino reconocer que en una sociedad fracturada por el individualismo y el Estado omnipotente, aún quedan espacios donde lo humano se cuida sin esperar aplausos ni subsidios, no es dogma; es constatación de que la caridad organizada desde abajo ha salvado más vidas que muchos programas quinquenales.

Al final del día, cuando el sol caiga sobre el Zócalo y las pancartas se recojan, quedará la pregunta flotando en el aire húmedo de marzo: ¿queremos una ciudad donde la lucha por la dignidad de las mujeres se convierta en excusa para erosionar lo poco que nos une o preferimos tejer, con paciencia casi monacal, un orden donde libertad y responsabilidad caminen de la mano, donde la familia sea el primer laboratorio de lo justo, donde la vida se defienda sin excepciones y el bien común no sea un eslogan sino una práctica diaria?

La marcha termina, pero la conversación apenas empieza y en esta Ciudad de México, que ha sobrevivido terremotos, invasiones y modas ideológicas, aún confío en que sabremos escuchar el eco de lo permanente entre tanto ruido pasajero.

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