Clara Brugada asumió la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México prometiendo profundizar la “transformación”, pero a escasas semanas de iniciado 2026 su imagen ya se ha convertido en sinónimo de confrontación mediática, minimización de crisis y obsesión por la percepción por encima de la realidad, en lugar de entregar resultados que hablen por sí solos en seguridad, salud, movilidad o servicios básicos, Brugada ha elegido el camino de reprochar a la prensa, pedir acuerdos para “bajarle” a la nota roja y evitar que se destaquen problemas específicos, esto no es liderazgo; es una administración atrapada en el narcisismo de la narrativa oficial, donde lo que importa no es gobernar, sino lucirse.
El punto más bajo llegó el 3 de febrero de 2026, cuando propuso un “gran acuerdo con todos los medios de comunicación para que le bajáramos a la nota roja”, argumentando que la cobertura constante de violencia eleva la percepción de inseguridad aunque algunos datos oficiales muestren bajas en ciertos delitos, la respuesta fue un rechazo masivo: organizaciones defensoras de la libertad de expresión la acusaron de revivir tácticas autoritarias, de normalizar la violencia en vez de combatirla y de culpar al mensajero por el mensaje fallido, Brugada retrocedió al día siguiente negando “pactos de silencio” o censura, pero el video original circula como evidencia irrefutable de cinismo: pretender que la violencia baje porque se hable menos de ella equivale a admitir fracaso en políticas de fondo y optar por el maquillaje en lugar de la cirugía.
Como he señalado continuamente en mis entradas, este enfoque revela una profunda desconexión con la realidad que viven los capitalinos, la entrada “Nadie sabe, nadie supo” (publicada el 2 de abril de 2025, https://valorconservador.blog/2025/04/02/nadie-sabe-nadie-supo), critiqué la opacidad total en temas básicos: «¿cuántos autobuses hay en operación?, ¿cuántos andan parados?, ¿cuánto combustible se gasta sin control en RTP, Metrobús y concesionados?, ¿cuántas patrullas, motos o bicicletas para los 26,000 policías de calle?, ¿cuánto combustible les meten sin que nadie lo anote?, ¿cuántas armas, fusiles, chalecos y radios hay en la SSC y cuántas se han extraviado?», esta oscuridad no es un «detallito»: es «un robo gigantesco, un atraco que nos deja con las manos vacías mientras se llevan nuestros recursos y millones de pesos», facilitando el saqueo, poniendo armas en manos del crimen y dejando a la ciudad vulnerable, Brugada no ha cambiado nada de esto; administra una metrópoli compleja como si fuera una alcaldía grandota, limitándose a posar en preparativos para el Mundial o anuncios simbólicos, mientras evade las grietas estructurales que afectan la vida diaria de millones, la opacidad «nos está matando poco a poco» y exige administradores de verdad que quiten «esta opacidad asquerosa y pongan orden de una vez».
Señaló la profundización de este patrón en mi post del 4 de febrero de 2026, “Pactos de percepción, pactos de sombra: ¿qué gobierno nos gobierna realmente?” (https://valorconservador.blog/2026/02/04/pactos-de-percepcion-pactos-de-sombra-que-gobierno-nos-gobierna-realmente/). Allí analizo cómo la propuesta de Brugada expone una tentación recurrente: al no poder erradicar del todo el mal, se negocia su imagen. “Se convoca a los cronistas para que callen o atenúen la crónica de la plaga, como si el silencio colectivo pudiera conjurar la peste en vez de permitir que se propague en lo oculto”, distingo entre las estadísticas oficiales curvas descendentes en homicidios dolosos, robos de alto impacto y el “sentir colectivo” marcado por extorsión semanal, narcomenudeo rutinario y ejecuciones en callejones de Iztapalapa o mercados de Gustavo A. Madero, la percepción no es “un bien administrable por decreto”, sino “el residuo acumulado de experiencias vividas en la carne propia y en la de los vecinos”, la verdadera seguridad surge de lo concreto —familia, comunidades que patrullan por responsabilidad, propiedad que arraiga, Estado que protege— y no de consensos mediáticos que “domestican el espejo en lugar de limpiar lo que el espejo refleja”, lo cual genera sospecha de “pactos disueltos en cal y ácido” con el crimen organizado, donde se delimitan plazas, horarios y cuotas de impunidad en habitaciones sin ventanas, mientras el gobierno invita a dormir con la ilusión de que el silencio mediático equivale a la paz, la pregunta final es demoledora: “¿queremos un gobierno que nos invite a dormir con la ilusión de que el silencio mediático equivale a la paz o uno que nos exija despertar, mirar de frente la herida tal como es y exigir que los pactos que importan sean los que disuelvan al crimen organizado en vez de disolver su reflejo en las pantallas?”.
El mismo enfoque se repite en otros frentes, ante el brote de sarampión con cientos de casos, pidió no especificar alcaldías afectadas para “evitar estigmatización”, sacrificando información útil para la prevención en aras de una imagen limpia, en lo ambiental, presume recuperación de hectáreas de suelo de conservación mientras su trayectoria pasada —vinculada a invasiones irregulares en zonas protegidas durante su gestión en Iztapalapa— genera acusaciones de hipocresía flagrante, la inseguridad persiste seis de cada diez capitalinos se sienten inseguros según encuestas recientes, el Metro sigue en crisis recurrente, los baches y el ambulantaje descontrolado son pan de cada día y los feminicidios no ceden; sin embargo, el enfoque se desvía a criticar cómo se informa en vez de transparentar por qué las estrategias no funcionan.
Su aprobación ronda el 63% según las encuestas, pero se sostiene más por la maquinaria partidista de Morena que por logros visibles, en redes y en la calle, el veredicto es demoledor: “no gobierna, administra imagen”, “oculta su incompetencia”, “CDMX merece más que espejismos”, usuarios y analistas la ven como una figura limitada, más hábil en conferencias y redes que en resolver la crisis urbana real.
Gobernar la Ciudad de México no consiste en decretar que los problemas desaparezcan porque se hable menos de ellos, ni en culpar a la prensa por no amplificar solo lo positivo, requiere resultados concretos: calles seguras sin excusas, transporte eficiente sin opacidad, salud preventiva sin filtros, transparencia sin reproches, hasta ahora, Clara Brugada ha fallado en demostrar que prioriza la realidad sobre el reflector, si persiste en esta línea de confrontación y maquillaje —como los “pactos de percepción” y la opacidad que critiqué en mis entradas de blog—, su imagen no se fortalecerá; se erosionará irreversiblemente, la capital no necesita una jefa de gobierno obsesionada con cómo se ve; necesita una que enfrente lo que es, sin filtros ni acuerdos para callar voces, por que los capitalinos ya no aguantamos más poses: queremos progreso real, no otro espejismo guinda.
