
Sobre mí
Soy Fernando S. Sánchez Campos, católico sin reservas, empresario que aún cree que la propiedad no es mero papel especulativo sino raíz de responsabilidad y libertad, político que ama esta Ciudad de México hasta el último adoquín agrietado y el último aliento de sus mercados.
Y llevo en la biografía, como un exvoto que no se borra, aquella petición agustiniana: “Da mihi, Domine, quod iubes, et iube quod vis” —dame, Señor, lo que mandas, y manda lo que quieras—, porque he aprendido, a golpes de realidad y lecturas nocturnas, que la verdadera obediencia no es sumisión ciega sino entrega lúcida a lo que trasciende nuestras pequeñas soberanías diarias.
Me presento ante ustedes, los que aún buscan en la derecha mexicana algo más que consignas importadas, poses virales o el eco complaciente de narrativas anglosajonas que ignoran nuestras heridas propias, porque intuyo que muchos ya sospechan lo mismo que yo llevo años murmurando en hilos y conversaciones: que la derecha auténtica no se edifica sobre el rechazo histérico al presente ni sobre la imitación servil de modas libertarias que confunden libertad con consumo ilimitado, sino sobre la defensa tenaz de lo próximo, lo concreto, lo que se toca y se nombra.
La familia como célula primera donde se traduce lo universal en lo cotidiano, la comunidad de escala humana que resiste la abstracción devoradora del Estado central o del mercado sin rostro, la caridad que llega sin intermediarios burocráticos, la subsidiaridad que desconfía de todo mesianismo sexenal disfrazado de voluntad popular infalible.
Por eso denuncio con ira serena —esa que no grita pero corta— la inhumanidad organizada: el abuelo que muere esperando cuatro horas bajo el sol porque le falta un sello, el vendedor ambulante extorsionado por el inspector que cobra su “piso” semanal mientras el discurso oficial truena contra dictaduras lejanas, el vecino multado por podar su propio árbol mientras las tranzas inmobiliarias avanzan con permisos flexibles para los conectados.
Contra el culto carismático que convierte la crítica en pecado y la disidencia en traición, contra el populismo sentimental que grita “el pueblo” mientras silencia a las personas reales, contra esa Nueva Derecha que diluye lo conservador en corrección política y malabares electorales para no incomodar a nadie y terminar sin convicción propia.
No vengo a consolar con paliativos ni a ofrecer la comodidad de las grandes narrativas redentoras que prometen todo y entregan migajas envueltas en propaganda, vengo a recordar, con la elegancia afilada de quien ha leído a Santo Tomás junto a los cronistas de la crueldad contemporánea, que México aún puede salvarse, pero solo si dejamos de aplaudir a los verdugos que se disfrazan de salvadores y volvemos a lo permanente: tres hectáreas bien trabajadas, una biblioteca modesta, una familia que educa en la doctrina sin asteriscos, una fe que no negocia su rosario por votos ni por likes.
Si buscas una voz que no se arrodille ante las modas ni ante el líder de turno, que nombre la hipocresía cuando la ve aunque duela, que aún crea que la solidaridad orgánica y la propiedad responsable valen más que cualquier plan quinquenal o cualquier coalición de conveniencia…
Aquí estoy.
Sígueme si quieres caminar por esa senda estrecha, la que no promete paraísos inmediatos pero al menos no miente sobre el precio de la coherencia.
El combate lúcido espera. No por heroísmo, sino por simple decencia.